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Editorial:

El debate escolar

"EL QUE juega con la escuela juega con la sociedad". Este lema del encuentro que acaba de celebrarse en la Sorbona de París, los días 11 y 12, organizado por el grupo Escuela- Sociedad, sirve para revelar el giro que está produciéndose en el debate escolar francés. El mismo discurso retro del ministro Jean Pierre Chevénement, con su vuelta a la Marsellesa y a describir la misión de la escuela como transmisión de saberes, "aprender a leer, escribir y hacer cuentas", suscita importantes adhesiones entre la izquierda de los sindicatos de profesores. ¿Será verdad que asistimos a la clausura de un ciclo de 20 años, en el que prevaleció el pedagogismo y la alegre apertura de la escuela a la personalidad del niño, en el espíritu de 1968? Ni la complejidad del asunto ni sus rasgos más significativos autorizan una respuesta global. Nada ha fracasado rotundamente, pero todo comienza de nuevo.Lo que no se puede ya hacer en Francia es lo que se sigue intentando en España: disfrazar los problemas reales de la escuela, jugar con ella como objeto de intereses políticos, religiosos o económicos. Un libro de apariencia panfletaria, como el de J. C. Milner De Vécole, ha puesto el dedo en la llaga. Este panfleto brillante ha logrado centrar el debate en los contenidos de la enseñanza; ha puesto de manifiesto el resentimiento del fracaso de los métodos y la falacia de asociar a los manipuladores del sistema escolar con determinados modelos de sociedad, siempre contingentes, limitados y cambiantes.

La izquierda y la derecha políticas, obnubiladas por la fronda del pedagogismo, practican la misma política de la instrumentalización de la escuela. Se quedan en un debate externo a las aulas. Hacen discusiones interminables sobre los derechos y libertades públicas de profesores, padres y grupos intermedios, sin llegar a enfrentarse con el problema interno de la enseñanza: transmitir saberes. ¿Y qué saberes?

¿Se puede hablar, por ejemplo, de elevar la calidad de la enseñanza sin saber cuál es la misión o la meta de la misma enseñanza? ¿Se puede hablar del camino sin conocer el destino? Doce millones de niños franceses y sus padres han sido engañados, tanto por el neutralismo ideológico como por el educacionismo dirigido. A fin de cuentas, el resultado es la ignorancia, y un ignorante es el ser más manejable. Sobre todo en esa red tupida de burócratas, empresarios y sindicados, en una sociedad de instalados en el poder.

Un informe del Colegio de Francia (véase EL PAÍS del pasado 9 de abril) ha venido a sancionar el rechazo de cualquier jerarquización, sutil o burda, entre saberes teóricos y prácticos, entre conocimiento puro y conocimiento aplicado, entre teoría y práctica. Recomendar la unificación de los saberes transmitidos, conciliar la unidad de la ciencia y el pluralismo de culturas, luchar contra la diversificación de los honores académicos, utilizar las nuevas técnicas de difusión impedir que los éxitos escolares tengan un tinte consagrador y que los fracasos se asimilen a una condena perpetua. La libertad democrática se hace en cada individuo, en la capacitación de su sentido crítico y de sus facultades para el ejercicio de la libertad, informándole seriamente sobré el mundo en el que ha de moverse.

El problema de la escuela vuelve a la escuela misma. Hay que iluminarlo desde dentro, y no sólo desde posicionamientos sociales, religiosos o políticos, externos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 27 de mayo de 1985