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Los inmateriales

Están llegando los inmateriales y apenas nos percatamos. Créese, con la cachaza habitual de un pensamiento megalítico, que cualquier cambio, pero en serio, no a la española, requerirá mucho tiempo. Se nos ha avisado en demasía sobre que estamos viviendo una auténtica transición hacia el abismo del 2000. Y así, mientras todo se modifica, hay quien prefiere no enterarse. Bueno. Nosotros, que levemente fuimos modernos, aún no hemos cogido el tren de los posmodernos, y resulta que éste ya lleva camino de adelantarse a sí mismo y perderse en el túnel de una nueva nada. Allí andan los inmateriales.Nos rodean. En algunos países su acecho es incumbente. En la reciente Trienal de Milán se han exhibido una serie de objetos, la neomerce, de los que sólo se puede decir que son nuevos. Pero ¿cómo se piensan?, o como diríamos en España, ¿cómo se comen? En España no ha sido mala esa vía directa de conocimiento que es a través de la degustación: ¿Con qué se come esto? ¿Con qué se come la tarjeta postal parlante, el impermeable con rayos y truenos incluidos, el traje de cristales líquidos que cambia de color según las variaciones térmicas, el reloj digital orgánico que saca su energía enchufándolo a una pifia tropical?

En la Trienal de Milán ya lo están viendo: a los visitantes dan canapés (de tomate azul y atún verde, pero qué más da, si no se sabe cómo se come), y el que quiera puede ir pensando en comprarse un criogametóforo al azoto líquido, para conservar en casa óvulos y espermatozoides, pues, indudablemente, nunca se sabe.

Los nuevos diseñadores son muy ínfidos. El subtítulo de la Trienal milanesa ha sido: "El design de la invención y del éxtasis artificial". Es posible. Ellos predican, por ejemplo, que la pantalla del ordenador ha de salir del angosto marco del monitor, debe ocupar una pared, como en breve lo hará la propia televisión. Daniel Weil, inventor del calculador de pared, ha dicho que "Ia verdadera decoración es la electrónica".

Para Roberto di Caro, de L'Espresso, la Trienal de Milán es sólo un aperitivo de cuanto realmente se palpa en Estados Unidos. Ahí sí que la vida cotidiana ya se asemeja cada vez más "a las palpitaciones del vídeo, del ordenador, de la luz". En una autopista de ocho carriles obviamente puede nacer la nueva figuración de películas como París-Texas, de Wim Wenders.

Y las máquinas de escribir inminentes ya no necesitarán ni siquiera el enguatado tecleo del ordenador, sino el speech system: se les hablará. No teman, distinguirán varias pronunciaciones del inglés. En España, ¿cuándo podrán disponer de una los poetas en bable? Antes de lo que se piensa, si alguien se atreve a pensar que la estética de La regenta ya ha caducado.

He ahí la duda servida. Somos no ya de una estética, sino de una ética atávica. Somos, muchos de nosotros, de la ética de la mesa de pino, los guantes de lana, la cazuela de barro. Apenas se han redescubierto, al hilo ecológico, los buenos materiales de siempre, cuando las novísimas tendencias destruyen esa ética profundamente. Es así como nacen los inmateriales.

Una revista como Newsweek anuncia semanalmente "nuevos productos y procesos", y aquí parece que nos cuesta trabajo desarraigarnos de la felpa y la bota de vino. Por ejemplo, en tejidos ya se va por los Bion II, membranas de las que se puede decir que han alcanzado la impermeabilidad total, como si dijéramos la omnipotencia. Más que una tela es una película intransitable por la nieve y el agua, es más, capaz al mismo tiempo de que el sudor se evapore.

Pero para calor se superó el borrego. Con Thinsulate B, nombre generico de los no tejidos, otros inmateriales. Telas no tejidas, fibras que contienen millo

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nes de minúsculos bolsillos que " atrapan sorprendentemente una gran cantidad de aire caliente".

No extrañará que vamos a vivir, incluso en la España precomunitaria y posotánica, un mundo más feliz. Ya se pueden comprar coches que hablan, y hasta despertadores que se callan precisamente si les dices: "Calla". Quien no se lo pueda decir a su pareja, al menos tendrá ese consuelo.

No chocará tampoco que Jean François Lyotard, el del conocido panfleto La condición posmoderna, sea el organizador de la actual muestra Los inmateriales, que es, por supuesto, una no exposición en el Beaubourg parisiense. Hologramas, dibujos de computadoras, sonidos sintéticos... El sentido es que "cuanto más se desmaterializan los objetos con el software, menos puede el hombre definir su propia identidad". Tal es, pero en serio, la condición posmoderna: el sujeto, evanescente tanto como el objeto. De hecho, yo proponía antes que no es sólo cuestión de nueva estética: la ficción, el gadget, el consumismo divertido de los no-objetos, hechos con inmateriales, son ámbito de nueva ética. ¿Qué somos? ¿A dónde vamos? Sólo sabemos de dónde venimos, de esa vieja ética del roble y la lana que no queremos eliminar, cuando, en cambio, el planeta se va poblando de todos los sueños en contra de la vieja ética y la vieja lógica.

Para Mendini, el paraíso es sin cosas. Los objetos son pura comunicación, una inmaterialidad, "un cero dimensional y conceptual". En la Trienal de Milán, otro ideólogo del diseño, Santachiara, se declara próximo al dadaísmo epistemológico, de Feyerabend, y da doctrina: el confín entre utensilio y juego es ya irreconocible; los objetos son ya multifuncionales o funcionoides, o sea, sin funciones precisas, se hacen rebote para regar flores o para apretar tornillos. Es un mundo de comic, tan real como una viñeta. Y de hecho iremos a hacer viñetas dentro de nada. Branzi, de la Domus Academy de Milán, "la única posuniversidad italiana de diseño y moda", habla de reinventar todo el sistema de objetos, todo el catálogo de las formas. Tiene en qué apoyarse: en plásticos increíbles, hasta capaces de conducir electricidad; en ligas metálicas dotadas de memoria; en fibras, como las kevIar, más duras que el acero. Materiales taylor made, matériaux à la carte: el designer posmoderno ha conseguido superar el sueño de los relojes blandos de Dalí. El diseñador exige y se le da el inmaterial, o si no, se lo inventan. No viceversa. Es una libertad de expresión sin límites.

También Magritte lo intuyó, pero aún benévolamente: ceci n"est pas una pipe. Una pipa no es una pipa, era el cuadro de una pipa, era el signo de una pipa. Pero aún había lógica acostumbrada, materialidad reconocible, en el hombre de bombín cuya cara era una manzana, o en los pies con botas, o mejor aún, en las botas con pies humanos. O en ese otro bello cuadro, El castillo de los Pirineos, que es un pedrusco que flota en el aire sobre las olas.

El superrealismo, cree uno, sí que había intuido los inmateriales, pero aún guardaba cortas distancias con la ética vieja, con el objeto que servía al hombre. Ahora, el hombre sirve al objeto. Recuerden: al actual despertador le gusta que le digan: "Cállate". Igual que al ordenador le encanta sugerirnos un trazo o una palabra: sutil designio el de apuntarnos, en definitiva, un pensamiento.

Y nosotros, aún con el pelo de la dehesa, preguntándonos en nuestro inmenso país perplejo y luminoso, España, donde todo es tan obvio y tan recio: ¿con qué se come esto?

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 20 de mayo de 1985.

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