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Tribuna:

La pérdida de los usos rituales

La pérdida de la ritualidad es uno de los caracteres más perceptibles estudiados y denunciados de la transformación actual de la cultura europea y, de un modo u otro, de todos los sectores culturales más o menos occidentalizados del mundo.Hay, en este sentido, una frontera bastante definida que puede servir de hipótesis de trabajo suficiente para reflexionar sobre la pérdida de la ritualidad y sus consecuencias. Me refiero a la literatura inicialmente posterior a la época victoriana, en la que, como en el caso de Virginia Wolf, aparece evidente la protesta contra la ritualidad y el temor a perderla. Los sociólogos británicos han señalado Noche y día como una novela ejemplar en relación con lo que estoy diciendo.

Los usos sociales con cierto contenido o forma ritual, a los que particularmente me refiero, aparecen como convenciones firmemente asentadas, cuya ruptura provoca un estado de conciencia de indefensión. La esencia de lo ritual está en que defiende y, de un modo u otro, autoafirma la propia personalidad y la coherencia del grupo al que la ritualidad pertenece. Al romper un rito social, junto con la indefensión suele aparecer la libertad, pues la libertad implica, expresa o tácitamente, cierto grado de indefensión. En cualquier caso, hay ritos, propiamente dichos, que al perder virtualidad, así suele ocurrir con los religiosos, dejan en el puro desvalimiento, mientras que en el caso de los usos sociales ritualizados la ruptura recubre la conciencia de indefensión con el gozo del, extremo de una nueva libertad. Quien se atreve (la ruptura del rito implica ignorancia o atrevimiento) a asistir a una reunión, en la que los demás van ceremonialmente vestidos, con un atuendo claramente discrepante, como ocurre en nuestros días en los casos de duelo mortuorio en zonas subdesarrolladas, ha de sentir, si sabe lo que hace, a la vez que desconcierto y desvalimiento, cierta gloriosa vivencia de autoafirmación y libertad.

Ocurre, pues, que hay usos, más o menos ritualizados, cuya ruptura confirma la coherencia del grupo y aniquila o merma la afirmación de la propia personalidad, en tanto que otros, al romperlos, producen debilitamiento del grupo y la vivencia, a veces gloriosa de asentamiento personal.

Durante un período de tiempo relativamente breve, los europeos hemos ido rompiendo los usos tradicionales ritualizados, por la protesta, que suele ser la actitud inicial; el descuido, que, por lo común, la sigue, para acabar en la despreocupación, resultado éste sobre el que no se ha reflexionado bastante, pues la libertad no ha servido para llenar cumplidamente el vacío que deja el uso ritual. Fundamentalmente ocurre que la libertad no está produciendo usos compensadores de la ausencia de los desaparecidos. Puede percibirle una tendencia por sí misma patente, que podría expresarse así: según el desarrollo aumenta, los usos ritualizados desaparecen sin producir una sustitución equivalente en cualidad y universalidad.

En algunos otros momentos históricos ha ocurrido algo parecido, de manera que no estamos huérfanos de experiencias documentales a este respecto en los escritores romanos, desde Séneca y Petronio en particular, ni en los renacentistas, como es bien sabido y se ha estudiado en el caso de Petrarca. Pero en los momentos actuales cabe la duda de si el propio proceso del desarrollo económico y tecnológico del mundo occidental no contradice esencialmente la aparición de usos ritualizados con tendencia a la universalidad y la permanencia. Hay razones para inducir que esto es así, de modo que al vacío de las ritualidades que desaparecen le sustituirán simples fetichismos ocasionales de grupo, como hace ya tiempo que en Estados Unidos de Norteamérica ocurre. Pues bien, la conclusión parece obvia: uno de los signos más claros e inequívocos de desconcierto y perplejidad social es la desaparición de usos rituales, a la vez que síntoma de entrada en una nueva red de convenciones internas a los diferentes grupos, que indudablemente darán un nuevo sentido a la convivencia. Estas internas convenciones han de estar regidas por supersticiones y fetichismos superficiales, que se viven sin conciencia de la necesidad de su acatamiento.

Supuesta una convivencia de esta clase, cuya articulación se debería en parte a nimios fetichismos de grupo, cabe preguntarse si ciertamente el destino del desarrollo occidental exige una larga época de indefensión provocada por las ritualidades que desaparecen y la superficial aceptación, para encubrirla o compensarla, de cambiantes usos particulares, concluyendo a la larga en una sociedad sin ritualidades colectivas. Supuesto que la respuesta fuera afirmativa, cabe esta otra pregunta: ¿Qué sentido moral tiene una sociedad sin usos rituales?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 31 de enero de 1985