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Tribuna:

Los 'siete magníficos'

El autor concede este título al grupo de intelectuales que, a pesar de encontrarse dentro de la zona franquista durante la guerra civil y de colaborar, en cierto modo, con el nuevo Régimen, nunca se identificaron con la dictadura y no dejaron de expresar sus deseos de reconciliación con la España vencida y su creciente preocupación por la conculcación de los derechos humanos por parte de Franco. Como recuerda el articulista, se trata de Dionisio Ridruejo, Gonzalo Torrente Ballester, Antonio Tovar, Luis Rosales, Luis Felipe Vivanco, Luis Rosales y R. Uría.

Con el correr de los años se desdibujan, se difuminan recuerdos importantes de la actuación de las gentes, que van quedando en un segundo o lejano plano, mientras pasan al primero otros menos significativos o de actualidad; ello cuando no se borran por olvido. Esto ocurre hasta con los hechos de las más violentas guerras, y sucedió a todos los españoles (afortunadamente) después de la guerra civil 1936-1939. Unas veces, porque se procura y se logra olvidar, y otras, porque la bondad innata impide el rencor y perdona el mal. Pero la remembranza depende de muchos factores, y sobre todo, de la educación social y de la formación espiritual de los hombres. Paz, piedad y perdón (con mayúsculas en el texto escrito) pidió a los españoles como consigna para cuando la guerra terminara el presidente Azaña, aunque en su pensamiento quizá lo considerase irrealizable, y no lo hizo al final de ella, cuando la República, a se había perdido, sino cuando estaba caliente y bien mediada. En el bando vencedor se preconizó lo contrario, como se lee en los discursos de Franco: recordar agravios, conservar el rencor como pauta precautoria para castigar a los vencidos, que así "purgarían sus errores".En otras situaciones morales y materiales nos veríamos los españoles si desde 1939 se hubiera puesto en práctica ese tricípete consejo del presidente de la República. Pudieron cultivarlo algunos que supieron mantener amistades honestas al margen de las ideologías. Esto fue lo que unió a los siete hombres de la fotografía que acompaña estas líneas, todos en el campo franquista y cada uno con sus propias ideas, que nunca usaron para enfrentarlas con las del otro.

En aquella parte de la España dúplex que después resultó triunfante (Salamanca, Pamplona, Burgos, etcétera), los acopló un denominador común de honestidad y hermandad, como reunió a otros grupos similares en la zona opuesta. No había entre ellos antecedentes de conocimiento, pero se hicieron amigos a través de sentires y pensares comunes que descubrían en la convivencia, en equivalentes aconteceres de la realidad, en una ausencia de doblez entre el pensamiento y la conducta y en una condescendencia para las diferencias de opinión.

El encuentro de los siete

De esa juvenil septarquía de la amistad compartida formaban parte tres poetas, un joven aficionado al teatro, un hombre de leyes, un médico psiquiatra con madera de filósofo y de historiador y un filólogo ya entonces maestro en estudios clásicos. Uno de los poetas, granadino, había sido testigo de lo sucedido a otro inmortal amigo, al que no pudo salvar porque el odio ambiental no admitía ni siquiera la compasión. Otro, madrileño, se adentró en la poesía por el camino de la arquitectura, temblándole el alma por lo que veía. El tercero, burgués de Burgo de Osma, sintió vergüenza ante la mala sangre de sus mandos y espanto por el porvenir de su patria. Los demás eran un asturiano de estirpe liberal atenazado por el carácter antijurídico de las acciones que le rodeaban; un ferrolano con ilusiones de ser escritor desde su infancia, que se lanzó a la literatura para aislarse de los denigrantes alrededores, y dos hombres nacidos para el más refinado cultivo de la inteligencia, que comprendieron pronto la imposibilidad de realizar en aquel clímax la obra que sus proyectos vocacionales les pedían.

Dos de los poetas han muerto, el soriano (en quien la espléndida salud de conciencia haría contraste con la poca salud de su corazón) falleció cuando más le hubiera necesitado su país, tras padecer persecución por la injusticia. Este hombre de buen ser, de bien hacer y de bello decir fue algo así como el abanderado del grupo, y empezó por los años cincuenta a organizar una agrupación antifranquista, no revanchista -era incapaz para la venganza-, amalgama de los seres honrados de uno y otro lado (se le llamó el hombre de la mano tendida), que hubiera podido ser el verdadero fiel de la balanza de nuestros vaivenes. Ninguno de los políticos que después de su muerte intervinieron en la transición posdictatorial le llegaba a la suela de los talones en instinto político, en temperamento equilibrado, en tolerancia, en capacidad de comprensión para el rival y en afán de entrega para la salvación de España. Sólo el rey Juan Carlos I. ¡Y qué insuperable colaborador perdió éste en aquellos difíciles momentos! Dios se lo llevó a los luceros que él inconscientemente había cantado para evitarle desengaños inmerecidos. Pero esos siete fueron los primeros en desligarse del contubernio.

Todavía recordamos la saña con que un ministro de Franco, hoy impulsivo dirigente de la oposición, pretendió poner en dificultades y desprestigiar a varios de los retratados, con la grotesca y mal intencionada publicación de un libelo, del que supongo estará avergonzado si de verdad es demócrata. Y a su lado se están moviendo algunos de los que participaron en las filas de aquel núcleo neodemocrático.

En las posturas y los gestos que recoge esa magnífica instantánea de Nicolás Müller parece palparse la calidad moral de cada uno de los siete, y la sincera y sana amistad que los enlazó. Dos emigraron al cielo de los justos antes de haber alcanzado la cumbre de sus posibilidades de acción humana; otros han llegado a las más altas cimas de la cultura. Salvo uno de los primeros, que después se retractó con creces y le costó la vida, ninguno se sintió ligado a la política del franquismo; actuaron en función de sus respectivos saberes y profesiones. Con buena intención semántica podría concedérseles la pertenencia a una España nacional, dignificando el adjetivo calificativo, es decir, sin exclusiones-persecutorias. ¿Qué mejor ejemplo de paz que el sustentado en la concordia?

He considerado conveniente recordarlos en grupo, aprovechando el hallazgo de este insuperable documento gráfico, para que sus actitudes no se desdibujen en el espacio, ni su ejemplaridad humana se difumine en la memoria, ni su espíritu constructor se borre en el olvido; porque, pese a quien pese, esos siete magníficos han sido los pioneros en la gestación de la democracia que ya vivimos. Ninguno de los supervivientes es político en activo ni aspira a serlo. Son hombres entregados a la tarea de lograr que la España que durante muchos años no pudo ser, sea. Es hora también de que quienes hubimos de militar en el campo opuesto en aquella malhadada guerra civil y que de ellos recibimos alientos, ayudas y atenciones en los más críticos períodos de nuestras existencias, demostremos públicamente nuestras gratitudes.

Francisco Vega Díaz es cardiólogo y escritor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 12 de febrero de 1984