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Crítica:

El 'Mickey Rooney' del Tercer Mundo

Sabú era un Mickey Rooney del Tercer Mundo, bastante desnudo en líneas generales, que hablaba troceando las frases en infinitivos, y encarnaba una, versión genuinamente americana del continente asiático, en una amplia gama que iba desde el califato árabe hasta el Gran Mogol al sur del Himalaya.Como puede verse estaba lejos de ser un precursor de Alan Watts en materia de orientalismo.

Como actor -ni bueno ni malo, sino simplemente apropiado- era de la especie Peter Pan; aquellos que permanecen encasillados en una edad cinematográfica -en este caso entre los 12 y los 18 años- aunque hayan cumplido bastantes más en el calendario, y que, en cuanto las arrugas y el estómago hacen imposible la continuación de la ortopedia, tienen que esfumarse de la escena.

Sabú resistió como pudo hasta pasados los 30 y aún se le pudo ver, casi póstumamente, en una película con Vittorio de Sica, Buenos días, señor elefante, en la que interpretaba el papel de un conductor de paquidermos extraviado con montura y todo en un celuloide del neorrealismo italiano, y en otra cinta, más en su ambiente, haciendo de nativo que sirve de ojeador para la caza de una gran fiera. En El tigre de Kumaon, sin embargo, Sabú era sólo una coartada local en una película seria que trataba de los traumas soporíferos del hombre blanco, un demacradísimo Wendell Corey.

Sus mejores años fueron los cuarenta, en los que solía interpretar al príncipe indígena fiel al ocupante británico, que vivía en la clandestinidad para escapar a los designios del usurpador del trono, al estilo de Revuelta en la India; al joven protagonista de aquellos relatos de Kipling o de alguno de sus epígonos, aventurero de las tierras vírgenes, como en El libro de la selva; o al pillastre, auxiliar inapreciable del monarca perseguido por su malvado visir, en El ladrón de Bagdad, que es la película que hoy se proyecta.

Eran historias con serpientes de pitón, que custodiaban un tesoro digno del rescate de un rey; hijas de sultanes a las que su padre se veía obligado a casar contra su voluntad, no digamos ya la de la muchacha; mesnadas de cipayos al servicio de la emperatriz blanca; traiciones de ojos rasgados y perilla hirsuta; y un final estentóreamente feliz en el que la pitón era pasada al arma blanca, el tesoro servía para rescatar a quien hiciera falta, la hija se casaba por amor, y los cip ayos musulmanes vencían su escrúpulo a morder los cartuchos suministrados por Su Majestad, supuestamente ungidos con grasa de cerdo. Sabú no daba la talla ni el color de piel para quedarse con la chica, pero no desaparecía jamás de la pantalla, retozando alrededor de los presuntos protagonistas.

Eran películas en las que el máximo lujo permitido se ceñía al llamado color by technicolor, apreciables superproducciones para la época, en las que el que no se lo pasaba bien era porque no quería. Y la mayoría, sí que queríamos.

El ladrón de Bagdad se emite hoy a las 16.05 en la primera cadena.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 31 de diciembre de 1983