Tribuna:Viajar
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Copenhague, en los mares del Norte

Dinamarca es una península con vocación de isla, con más costas que tierra firme

Es el más sureño de los países nórdicos, el más marítimo también, con su capital en el extremo más oriental, en esa porción de terreno rodeada de agua por todas partes, Sjaelland, Selandia.La autopista que de Hamburgo, pasando por la preciosa ciudad hanseática de Lübeck, se dirige hacia Dinamarca, desaparece en Puttgarden, en el mismo mar Báltico.

Comienza entonces el dominio del mar, que no desaparece de ahora en adelante. Nada tieneque ver éste, sin embargo, con los mares del Sur, con los colores brillantes y los tonos azules que conocen los países mediterráneos.

Sus aguas, quietas y encerradas, nada muestran sino una superficie dura y plomiza, aparenternente irrompible, que la pesada proa.del transbordador abre con dificultad.

A este país de evocación lejana, todos lo conocemos por el nombre de sus aguas, por el mito dé los navegantes -los vikingos- que la! poblaron, por los infinitos estrechos que dividen sus tierras, aprovechadas hasta el último extremo por unos cultivos que han convertido la agricultura y su industria derivada en la principal fuente de riqueza del país.

Copenhague es una ciudad tranquila, más volcada a los canales que al mar abierto, civilizada, profundamente urbana. Su pasado se encuentra perfectamente ordenado en museos pára todo y para todos y sus calles llenas de una vida que nunca llega a ser desbordante, en una permanente actividad controlada. El centro-centro, como en toda ciudad que se precie, se sitúa en la Radhuspladsen, la plaza del Ayuntamiento, un gran rectángulo trazado en tiempos ya modernos que tiene en primer término el edificio municipal, una obra de finales de siglo, y que acoge una estatua del gran Andersen, quien vivió en una de las hermosas casas que bordean el canalde Nyhavn.

A la sombra del castillo

Muy cerca de la plaza, el palacio de Christiansborg marca el lugar donde nació la primitiva Copenhague. Allá por, la mitad del siglo XII, estando el reino amenazado por la progresiva expansión de la poderosa Liga Hanseática, Valdemar I el Grande, inaugurador de dinastía, apoyado por el influyente obispo Absalón, fundó la nueva capital en torno a la protección de este estratégico castillo.

Destruido luego por las guerras y los siglos, a comienzos de esta centuria el arquitecto Thorvald Jorgensen -lo construyó de nuevo, transformándolo en un curioso palacio rococó. En él, y en sus dependencias, se encuentran no sólo la sede de las instituciones estatales, sino los grandes museos.

El recorrido que todo turista que se precie debe hacer en Copenhague se continúa con una visita a la Torre Redonda, construida en el siglo XVII como observatorio astronómico.

La vista desde lo alto es inmejorable, aun cuando el viajero de hoy no podrá subir en carroza, como lo hiciera en su tiempo la zarina Catalina, según cuentan, a través de la gran rampa helicoida¡ que se. construyó para comodidad de visitantes reales. Se seguirá por la Ostergade, una calle peatonal con tentadores comercios, que va a dar a la plaza de Kongens Nytorv, junto a los canales de Nyhavn, a cuyas orillas se encuentran algunas de las casas más antiguas, y desde luego de las más hermosas, de la ciudad. Más al norte queda la residencia real de Amalienborg, una gran construcción rococó compuesta de cuatro palacios que forman una plaza de indudable destino oficial.

La sirenita

En sus puertas tiene lugar la ceremonia de la Vagtparade, para regocijo y satisfacción del turista entregado, que espera infatigable el momento en que -a mediodía- la banda de música se forma y lleva a cabo su cotidiana parada.

Aún hay que dirigirse más al norte para dar con esa pequeña estattia que se ha convertido en el símbolo de la ciudad, la célebre Sirenita. Apartada del centro, apoyada sobre una roca pulida, la sirenita mira fijamente ese mar gris y quieto que tanta prosperidad trajo a Copenhague, convirtiéndola en uno de los más poderosos centros comerciales del norte.

Hermosos anticuarios

Y cumplido ya el recorrido histórico y sentimental (que puede tener muchas otras ramificaciones, tal y como marcan lasguías al uso), el viajero puede empezar a disfrutar realmente de Copenhague.

El aficionado a los museos, los tiene todos. De la larga y completa lista, el mejor es, sin duda, la Ny CarIsberg Glyptotek, que guarda las colecciones -luego enriquecidas- donadas por el famoso cervecero Carl Jacobsen: arte asirio, egipcio, griego, etrusco, romano y buena pintura moderna y contemporánea.

Los paseantes urbanos descubrirán esas zonas peatonales con comercios antiguos y exceliIntes anticuarios que para mí son lo más hermoso de toda la ciudad.

Y las mejores tiendas de objetos para la casa, vajillas de porcelana y cristalerías tan delgadas como el agua, ideadas por espléndidos diseñadores que han convertido el hogar en que viven encerrados los daneses durante los largos meses del invierno en una auténtica jaula de oro.

Y por la noche, el Tívolí. En el mismo corazón de la ciudad, junto a la plaza del Ayuntamiento, el Tívoli es mucho más que un parque de atracciones.

Sala de conciertos, teatro de mimo, restaurantes al aire libre y cerrados, pistas de bailes con farolillos chinos, puestos de azúcar hiladoco, montañas rusas que pare cordilleras, túneles atravesados por trenes de espanto, caballitos, actuaciones de espontáneos, casetas de tiro y hasta fuegos artificiales.

Algunas indicaciones

En los días de verano los habitantes de la ciudad invaden el Tívoli y el parque se convierte en un poblado fantástico, la fiesta permanente.

Dinamarca es un país caro para nuestra peseta. Los hoteles, en consecuencia, también lo son. Más accesibles resultan los albergues para estudiantes y, desde luego, los campings. Para una estancia más prolongada es mejor encontrar alojamiento en una casa particular o en una granja.

Para comer, lo más barato es arreglarse con los variadísimos smorrebrod, grandes rebanadas de pan con mantequilla y embutido, ahumados, quesos, etcétera, según el gusto. Se venden también en puestos callejeros.

Para los adictos a la literatura, dos peregrinaciones de rigor, la primera, en la isla de Fiora, a Odense -que debe su nombre al dios Odino-, la antigua ciudad, hoy totalmente modernizada, en que nació Hans Christian Andersen. La segunda, a Helsingor, a 45 kilometros de Copenhague, para visitar el castillo de Kromborg, la morada de Hamlet. No es, desde luego, la misma fortaleza en que situara a su príncipe Shakespeare (la actual es renacentista), pero el escenario natural se conserva. La imaginación hará el resto.

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