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Utima fase de la disolución de UCD

Exito y fracaso sin precedentes en la historia de las democracias

La disolución de UCD no es sino la confirmación oficial de la muerte política, ocurrida el pasado 28 de octubre, de este partido que en poco más de cinco años ha protagonizado éxitos y fracasos prácticamente sin precedentes en la historia de las democracias. UCD pilotó el tránsito entre dos regímenes políticos antagónicos, supo cerrar viejas heridas y gobernó con discutible acierto durante más de un lustro. En contrapartida, este grupo que, en palabras de su presidente y fundador, Adolfo Suárez, iba a "durar 107 años", ha protagonizado el proceso más feroz de autodestrucción que conoce la historia de los partidos políticos.La explicación de esta caída quizá radique en que UCD nació y creció a la sombra del poder; perdido éste, apenas ha logrado mantenerse en pie unas semanas. El 28 de octubre pasado, UCD, a pesar de todo, tuvo más de millón y medio de votos; pero a sus desconcertados líderes les ha faltado valor para enfrentarse a una travesía del desierto.

La génesis de UCD fue atípica; al revés de la norma: un presidente del Gobierno convoca elecciones, se pone al frente de un grupo heterogéneo, gana los comicios y finalmente crea un partido. En la madrugada del 3 de mayo de 1977, Leopoldo Calvo Sotelo ultima unas listas electorales en las que logra integrar a quince partidos heterogéneos, catalogables bajo la múltiple etiqueta de socialdemócrata, liberal, democristiano y populista. Aquella misma tarde Calvo Sotelo presentó la coalición Unión de Centro Democrático ante la Junta Electoral Central y esa misma noche Adolfo Suárez anunciaba a través de Televisión Española su presentación como candidato a diputado en calidad de independiente dentro de UCD. La primera comisión ejecutiva de la heterogénea coalición la formaban Pío Cabanillas, Francisco Fernández Ordóñez, Joaquín Garrigues Walker, Ignacio Camuñas, Enrique Sánchez de León y Leopoldo Calvo Sotelo.

Las elecciones del 15 de junio de 1977 fueron un éxito indiscutible de UCD que, con 165 diputados, estuvo a punto de conseguir la mayoría absoluta. El reparto del poder entre las familias de la coalición fue un foco perenne de crisis, relegada a un plano secundario gracias a los aciertos indiscutibles de Adolfo Suárez en los dos primeros años de gestión presidencial, entre los que cabría anotar la redacción de una Constitución con el consenso de todas las fuerzas políticas y la dinámica de paz social derivada de los Pactos de la Moncloa. Todos estos éxitos fueron contabilizados por UCD, que volvió a ganar en las elecciones legislativas de marzo de 1979. El partido de Suárez, convertido en una máquina de poder, parecía afrontar con optimismo el futuro: más de 150.000 afiliados, más de mil sedes, dinero abundante y cargos en cantidad.

Pero los buenos tiempos acabaron pronto. La génesis de la ley del divorcio marcó el comienzo de las guerras civiles ideológicas dentro de la coalición. La lucha fue implacable entre democristianos (Herrero de Miñón, elegido presidente del grupo parlamentario centrista) y socialdemócratas (Fernández Ordóñez, ministro de Justicia, quien acabaría marchándose de UCD con otros nueve diputados, en noviembre de 1981). Comenzó la guerra entre los barones, la lucha entre las familias liberal, azul, democristiana y socialdemócrata. Y UCD, vencedora en las dos primeras elecciones generales, comenzó a perder en diversos comicios: fracaso en el referéndum andaluz (febrero, 1980), derrota en las elecciones autonómicas vasca y catalana (marzo, 1980) y mínima concurrencia en el referéndum gallego (diciembre, 1980).

El partido se había mantenido unido mientras brillaba la estrella política de Suárez, "el mejor patrimonio de UCD", según expresión de Calvo Sotelo. El deterioro de la imagen política de Suárez alentó las luchas intestinas del partido, hasta el punto de que el presidente anunció sorprendentemente su dimisión al frente del Gobierno y de UCD el día 29 de enero de 1981. El proceso de autodestrucción de este partido se aceleró durante la presidencia de Calvo Sotelo, quien en su discurso de investidura había dicho que "la transición ha terminado", pocas horas antes de que Tejero entrara a tiros en el Congreso de los Diputados.

Calvo Sotelo quiso aislarse de los problemas del partido y centrarse en las tareas de Gobierno. Pero la poco feliz gestión de Rodríguez Sahagún como presidente de UCD, los enfrentamientos entre los barones y la marcha de los tránsfugas hacia AP o hacia posiciones próximas a la izquierda socialista sumieron aún más en el caos a UCD. Cuando Calvo Sotelo aceptó (noviembre, 1981) la presidencia del partido, la caída era irreversible. Después vinieron los descalabros en las elecciones autonómicas de Galicia (derrotados por AP) y Andalucía (victoria socialista, prólogo de lo que acontecería en octubre de 1982).

El drama se acerca al final

El último acto del drama ocurre en el verano de 1982. El poder real de UCD, que siempre había estado en el Gobierno, pasa a la presidencia del partido, asumida por Landelino Lavilla, uno de los barones con mayor prestigio. Pero la metástasis desintegradora era irreversible y el partido saltó ya en pedazos cuando el propio fundador, Suárez, se marchó (julio de 1982) para crear un nuevo grupo. Lavilla, a pesar de todos los poderes excepcionales otorgados, no logró imponer su autoridad a la hora de ultimar las listas electorales y así se vio frustrada la colaboración con los liberales de Antonio Garrigues. Lavilla tuvo, sí, el gesto de resistir a los cantos de sirena que le pedían unirse a AP con Fraga a la cabeza. Los defensores de la llamada mayoría natural siguen argumentando que de haber mediado esta coalición antes de los comicios del pasado octubre, el resultado hubiera sido muy distinto.La derrota de UCD el 28 de octubre fue superior a lo imaginable. Como dato representativo está la suerte sufrida por el propio presidente Calvo Sotelo, que no logró su acta de diputado: de la Moncloa a su casa, directamente. Consumada la derrota de UCD no le restaba sino hacer catálogo de los restos del naufragio, extender una relación de acreedores y cerrar la tienda. Un dirigente de la coalición AP-PDP ha advertido apenas hace unos días: "Recogeremos a los barqueros, pero no las barcas".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 19 de febrero de 1983