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Curro Romero, o el arte 'que-no-se-pue-aguantá'

"¡Esgrasiao, esgrasiao!", cuentan taurinos, para reírse, que le gritaba a Curro Romero su mozo de espadas, amagado detrás de la barrera, en una de tantas tardes borrascosas del diestro. Es mentira, naturalmente. Gonzalito jamás incurriría en semejante deslealtad, y tampoco hay en el orbe taurino mozo de espadas, que se identifique hasta tal punto con el público en contra de su jefe.

A favor, sí. Al propio Gonzalito, su mozo de espadas, se le saltan las lágrimas cuando Curro está inspirado e interpreta su toreo exclusivo e inimitable con un arte que-no-se-pue-aguantá. El arte es su gloria. Pero el miedo también lo es. Y cuando Curro no tiene destapado el frasco de las esencias lo que se espera de él es que pase miedo, y se note, y ponga cara de espanto, y se inhiba de la lidia. Para la bronca, naturalmente. Las tardes de Curro, en la cumbre o en la cloaca, hay que contarlas, o no son tardes.Uno de los mayores escándalos que se recuerdan lo protagonizó Curro durante la pasada feria de San Isidro, y alcanzó tales proporciones que la autoridad competente lo quiso mandar a galeras. Fue excesivo y así lo ha dicho la justicia, por sentencia, a demanda del diestro, que recurrió contra aquella sanción desorbitada. Pero este es el caso: de toda la feria -casi un mes en los toros- ese escándalo era lo más sustancioso para contar, como en la feria anterior lo fue la faena cumbre que cuajó a un toro de Garzón, la cual "detuvo el tiempo".

En Madrid hay un currismo visionario y paralelamente un anticurrismo despreciativo que lo quiere expulsar: "¡Fuera, fuera, a Sevilla!", le gritan. Se sabe bien que en Sevilla está la cuna del currísmo y forma parte de la trilogía popular de la tierra: Curro, la Macarena, er Beti. Hay que ver a Curro Romero en la Maestranza. Se viste de durse, acaricia más que pisa el rubio albero, camina lento o ni camina, es el más acabado intérprete de la ley del mínimo esfuerzo. Puede pasar Curro una tarde y otra en la feria sin descomponer la figura, sin distanciarse del burladero, sin pegar un pase, y lo mismo alcanzará gloria. Uno de tantos días de inhibición y miedo, cuando abandonaba la plaza con su habitual estoicismo, bajo un diluvio de almohadillas, oíamos comentar a un emocionado currista: "No se lo pierda; mire usted qué bien se sabe marchar mi Curro".

Para estos menesteres no necesita entrenarse y, naturalmente, no se entrena. A diferencia de todos los demás toreros, que frecuentan tientas, hacen ejercicio en el campo, ensayan suertes, la puesta a punto de Curro consiste en descansar y adelgazar. Ahora mismo lo ha hecho en una clínica de la Costa del Sol y le bastará reaparecer en Bollullos del Condado, con algún festivalito más, para afrontar el compromiso máximo de la feria de Sevilla.

El currismo tiene fe ciega en el arte de Curro, y el titular de la causa, también.

La paradoja es que tan conservador torero esté cosido a cornadas. La temporada última sufrió una muy grave en el Puerto de Santa María. La anterior, otra en Almería. A diestros que se arriman, en cambio, apenas les castigan los toros. Un experto en tauromaquia podría explicar este aparente despropósito: en la lidia, no determina el peligro la proximidad al toro sino la posición en que se le cita. La forma más arriesgada de torear es la ortodoxa y por eso casi ningún espada actual la practica. Sí Curro. Curro, a despecho de la fantasía, del pellizco y del duende que le atribuyen es, fundamentalmente, un ortodoxo, que aromatiza con pinturerías de la escuela sevillana un profundo toreo rondeño.

Torero en la calle, se trajea sin mácula, va hecho un pinsé. Su popularidad es enorme. Le piropean. "¡Hele la grasia, Curro! Responde: "¡Con Dió, mi arma!". Imperturbable, esconde la expresión bajo gafas de sol graduadas, porque es miope. Para torear lleva lentillas. Sus amigos dicen que es más bueno que el pan y Gonzalito lo ratifica. Elude entrevistas, escapa del bullicio y si alguna vez se mete en una fiesta ha de ser en pequeño grupo, con los cabales, degustando el buen cante -que sabe decir-, apurando la mística de la manzanilla y el fino, en catavino, y siguiendo un orden. Está divorciado de Conchita Márquez Piquer y ahora vive amores con una guapa dama de la alta sociedad sevillana. Van a Málaga.

Torear poco, cobrar seguro y bien, exigir el toro de su estilo, crear arte cuando sea posible, son los condicionamientos esenciales en la profesionalidad de Curro Romero, hoy, aunque así lleva cuatro lustros y los que te rondaré. Nació hace 47 años en Camas, donde tiene calle, y ha rebasado el centenar de actuaciones en la Maestranza, donde tiene placa. Debutó el año 1954 en la famosa "Pañoleta" sevillana, tomó la alternativa en marzo de 1959 y dos meses después la confirmó en Madrid, de manos de Pepe Luis Vázquez, con Manolo Vázquez de testigo y ganado de Galache. La corrida se suspendió en el tercer toro, por lluvia, que le da suerte. Uno de los apoderados que tuvo entiende así a Curro: "La lluvia le va, porque la humedad le produce por dentro un cortocircuíto y se le acelera el corazón". Cuando detuvo el tiempo con aquella faena prodigiosa en Las Ventas, diluviaba.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 14 de febrero de 1983

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