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El 28 de octubre, elecciones legislativas

Lavilla trata de convencer a los antiguos votantes de UCD de que la crisis de su partido ha terminado

Landelino Lavilla se ha enfrentado en esta campaña electoral al dramático reto de convencer en cuarenta días a un electorado de más de seis millones de personas, que en 1979 votó centrismo, de que un partido descompuesto hace tan sólo tres meses está ahora cohesionado, unido, "purificado de personalismos" en torno a un proyecto coherente y diferenciado de centro. Cuando el comité electoral de UCD se reunió en los primeros días de septiembre para preparar las elecciones acabó por convenir que el único capital disponible para vender era su presidente.

Se pensó en seguida en hacer una campaña de candidato y no de partido, dejando lo más posible al margen a un Gobierno -con su presidente a la cabeza- desprestigiado, y a sus principales dirigentes con la imagen muy deteriorada. En ese carisma especial de Landelino Lavilla, mezcla de admiración y curiosidad, y de respeto y recelo que provoca su talante serio y distante, debía descansar todo el aparato propagandístico de la campaña.Se acordó presentar a ese candidato en forma dialogante. Lavilla aceptó el reto. Una labor para la que los dirigentes de su partido creen que hacía falta ocho meses, para la que sólo se disponía de cuarenta días. "Acepté ese reto", explica Lavilla, "como acepté el de asumir la presidencia de UCD, a pecho descubierto". En su gira electoral por Aragón, en Huesca, unos joteros le cantaron: "En esta tierra es blasón, mantener tipo y figura; tú lo has hecho, Landelino, lo sabe el alto Aragón".

Se acordó que Lavilla debía presentarse como líder indiscutible de UCD, bajo cuya autoridad el partido estaba ahora unido y cohesionado. Y Lavilla ha ocupado toda la primera parte de cada una de sus intervenciones en dignificar la imagen de su partido. Un líder, ha comentado, que prefiere la fidelidad al partido a las adhesiones inquebrantables a su persona. "Yo respondo", ha repetido parafraseando el lema de la campaña, "de que quienes quedan en UCD seremos fieles al proyecto inicial de centro, y no toleraré intentos de desvirtuarlo desde la autoridad de mi cargo". Afirmaciones que ha completado posteriormente con confidencias a los informadores sobre sus deseos de renovar y mantener con mano dura el partido.

Complicada campaña

A Landelino Lavilla se le ha montado una complicada y a veces demencial campaña electoral que le ha llevado sin interrupción alguna, en aviones, avionetas, helicópteros, coches y autobuses, a recorrer en cuarenta días toda la geografía española, con excepción de Huelva, Santander y Mallorca. Se le ha planteado la necesidad de responder cumplidamente a quienes, fundamentalmente desde la izquierda, aseguraban que carecía de poder de convocatoria, y diariamente ha llenado cines, teatros, pabellones deportivos y, como en el caso de Canarias, la plaza de toros de Santa Cruz de Tenerife y el estadio insular del Las Palmas (15.000), aunque para ello hayan tenido los directivos provinciales centristas que fletar en ocasiones autobuses de simpatizantes de los diversos puntos de la provincia.

Lavilla ha cosechado aplausos y entusiasmo, pero en pocas ocasiones ha logrado hacer vibrar a los auditorios, acaso porque no ha querido abandonar esa imagen seria -que no antipática-, pulcra y moderada que define su talante. Eso sí, ha logrado imprimir un tono de credibilidad a su mensaje y transmitir una notable confianza a quienes han acudido a escucharle.

El equipo de imagen que, dirigido por el cubano Mascarote, inició con él la precampaña abandonó a las primeras de cambio, desesperado, el intento de pulir su fisico, cambiar sus maneras y forma de expresarse; en definitiva, de hacerle un líder populista. "Quiero ser yo; no deseo que manejen mi imagen, que me hagan presentarme como lo que no soy. Yo tengo mi propio estilo y quiero decir mi mensaje a mi manera", declaraba a EL PAIS en una cena con varios periodistas en su viaje a Avila.

Landelino Lavilla, asesor

Y es que Landelino Lavilla está convencido, y así lo atestiguan sus colaboradores, de que él es su mejor asesor de imagen. Piensa que debe lograr un equilibrio entre su imagen respetable de hombre de Estado, ganada desde la presidencia del Congreso, y la del candidato electoral que sonríe, levanta los brazos en alto, pone los dedos en forma de uve, aplaude al público, abraza y besa. Lavilla ha hecho muy pocas concesiones a la galería en la campaña, y los redactores gráficos que le siguen han sudado para captar imágenes insólitas de un hombre de quien la mayoría del electorado conoce sólo el rostro. Detalles como el de quitarse la chaqueta y la corbata en un mitin, marcarse un baile o irse de mercados los ha ¡do adaptando a su manera, haciendo caso omiso, en la mayoría de las ocasiones, a sus asesores, que le animan a mostrarse más abierto. Lavilla, que ha evidenciado en esta campaña su timidez, antes que distanciamiento, parece que pretende marcar distancias con respecto a un Fraga o a un Suárez.

Algo parecido sucede con sus intervenciones en los, mítines, en los que habla sin papeles delante. En ellos, el Lavilla reposado y aparentemente frío se transforma súbitamente en un mitinero vehemente y apasionado. Un tono exaltado en la forma, que no en el fondo, donde mantiene una moderación notable. Insistentemente, machaconamente, repite cada día en los actos políticos, con pocas variaciones, sus mensajes políticos desprovistos de exabruptos, anécdotas, frases fáciles, refranes, actitudes demagógicas o ataques personales en busca del aplauso fácil. "Yo me encuentro más cómodo en la expresión de mi planteamiento que en el ataque".

Lavilla arranca los aplausos más entusiastas cuando se ha puesto en hombre de Estado y ha hecho llamamientos a la concordia y convivencia en. libertad de los españoles o a votar con libertad el día 28, dejando al margen las siglas. Su lenguaje, que al principio de campaña era excesivamente culto, técnico y hasta retórico, ha variado notablemente, y es hoy algo más directo y simple, por lo que conecta mejor con los auditorios, en los que ha sido frecuente la presencia de personas que ni siquiera eran simpatizantes de UCD.

Rechazo de los gestos populistas

"Mamá, mira, ese es el hombre que sale en la tele y dice 'el señor Felipe González tiene la palabra". El comentario de un niño en el País Vasco al inicio de la campaña servía para definir el bagaje de popularidad con que partía Lavilla. A unos días del final de la campaña, al presidente de UCD se le recibe en las calles y teatros con los gritos de "Landelino, Landelino" o "Landelino presidente".

Lavilla viaja sin aparato policial y prefiere prescindir en cada provincia de la existencia de cualquier protocolo o de la presencia de las fuerzas vivas de la provincia. El equipo de viaje de Lavilla está integrado por una docena de personas, de las que entre cuatro y seis son sus escoltas habituales, tres son los asesores: Daniel García Pita, militante de UCD, amigo personal de Lavilla y el jefe de su gabinete; Ramón Gardarias, diplomático y jefe de la secretaría del despacho del presidente del Congreso -que no milita en UCD pero se califica de landelinista-, y Tomás Gaytán de Ayala, encargado de la coordinación de la campaña en provincias. Este equipo está conectado con un grupo en la sombra que efectúa seguimientos de la campaña con dos sondeos de imagen por semana. Parte importante del equipo de viaje de Lavilla es su mujer, Juanita, pendiente de cada gesto, reacción o deseo de Lande, como le denomina. Juntos prepararon hace veintitrés años las oposiciones de censores letrados del Tribunal de Cuentas. Ella le sigue allá por donde va y en sus mítines se muestra como la más encendida admiradora de un Miguel Bosé.

Con la docena de periodistas que le acompañan, Lavilla ha hecho confidencias y se ha mostrado como un hombre afable y buen conversador. "Yo no soy ni serio ni seco personalmente. Ustedes los periodistas están acostumbrados averme en el Congreso, en un papel que por su naturaleza exigía mantenerse en una posición suficientemente distanciada de todo lo que es la lucha en la arena política, y sobre todo de las comidillas y guerras de los pasillos de las Cortes. No obstante , Landelino Lavilla reconoce que "muchas veces me han entrado unas enormes ganas de bajarme del sillón de presidente y fajarme en la lucha política de escaños. No saben qué envidia he pasado desde allí arriba durante todo este tiempo".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 24 de octubre de 1982

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