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Crítica:

El crepúsculo de los 'pieles rojas'

Los indios en el cine han tenido un tratamiento que ha evolucionado mucho. Inicialmente, fueron una masa anónima de caballistas chillones, cuya muerte a pares o en multitudes no resultaba en absoluto dramática porque el espectador no los conocía.Era esta una astuta treta del western primigenio para poner al espectador del lado del teniente del Séptimo de Caballería, persona de la que si conocían a la perfeción las esquemáticas sinuosidades de su alma.

En los westerns crepusculares, en cambio, el indio se ha convertido en el héroe positivo, que reivindica sus derechos nacionales y, en algunos casos, como en El soldado azul, se convierten incluso en la irónica y virulenta metáfora del victimario vietnamita.

El filme de Lloyd Bacon que hoy proyecta la televisión no es ni una cosa ni la otra, pues se trata de una producción modesta, una serie B destinada por los estudios para consumir en programas dobles.

En La última carga... ya aparece la figura del oficial amigo del jefe indio, el pactismo y la insinuación de que los sioux no son tan malos como los pintan.

El reparto es incoloro y la película es una prueba de que la,autoría del musical La calle 42 debe concederse con más propiedad al magnífico Busby Berkeley, que figura como autor de la coreografía y los números musicales, que a su mediano firmante oficial, este Lloyd Bacon.

La última carga de los sioux se emite hoy a las 15.35 horas por la primera cadena.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 4 de septiembre de 1982

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