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Tribuna:TRIBUNA LIBRE

La promesa de acatar la Constitución

MARCOS VIZCAYALos diputados del Partido Nacionalista Vasco -dice Marcos Vizcaya- prestarán el próximo martes su promesa de acatamiento a la Constitución. Pero ese acatamiento -dice el autor- no lo es tanto a un texto criticable, cambiable y utilizable con buena o mala fe, como el compromiso con la libertad, la democracia y la justicia que en ella y en el Estatuto de Guernica se ha materializado.

"¿Jura o promete acatar la Constitución?" "Sí, prometo". Está será la respuesta que darán los diputados del Partido Nacionalista Vasco el 9 de marzo, cuando el presidente del Congreso, Landelino Lavilla, formule la mencionada pregunta.Supondrá un acto de total y absoluta coherencia con lo que siempre ha manifestado este partido: que el desacuerdo profundo con importantes aspectos de la norma fundamental, que la abstención en su refrendo el 6 de diciembre de 1978 y que la voluntad de reformarla democráticamente por los cauces apropiados y legítimos no es obstáculo para acatarla. Así lo expresaba el presidente del Euskadi Buru Batzar, del Partido Nacionalista Vasco, Xabier Arzallus, en los debates constitucionales: "Trabajaremos -y no digo lucharemospara que no haya ni siquiera un matiz de violencia física- para que se pueda, a partir de lo que ofrece la Constitución, llegar a una foralidad plena. Nuestra voluntad democrática es de paz, de seguir con el respeto y la verdad dentro de las reglas del juego", así lo ha mantenido en repetidas ocasiones el presidente del Gobierno vasco, Carlos Garaikoetxea, y así lo ha venido demostrando día a día el PNV con sus hechos y con su conducta en las instituciones democráticas.

A nadie se le oculta que el texto constitucional no es de nuestro entero agrado y que durante su debate en las Cortes, el nacionalismo vasco sufrió una gran decepción al ver caer sus postulados en la más absoluta de las incomprensiones. Quizá el rumbo de los acontecimientos en Euskadi hubiese sido otro si en aquel verano de 1978, la intransigencia y desconocimiento respecto al llamado problema vasco se hubiera tornado en flexibilidad y visión histórica haciendo con ello viable uno de los principales objetos de los que nos llevaron en 1977 a Madrid: que la Constitución consagrase en una disposición adicional, la ya famosa del reconocimiento de los derechos históricos o también llamada de "reintegración foral plena", la total reconciliación con el pueblo vasco, después de más de un siglo de incomprensiones, recelos, conflictos e incluso guerras.

Pero no fue así, pues la cerrazón se impuso a la cordura, los árboles no dejaron ver el bosque a los, cortos de miras y no fue posible el pacto, aquel pacto con la Corona tan denostado por quienes ahora se deshacen en alabanzas para con el titular de la misma. Para el PNV, ya entonces, la clave de todo el proceso de reforma democrática era la Corona, el Rey y a él quisimos acudir, sin que nos lo permitiesen los que sólo el 23-F se acordaron de que existía. ¡Qué paradoja!

Aquella Constitución, debidamente interpretada y tras no pocos obstáculos y sacrificios, dejando todos muchos pelos en la gatera, hizo posible un aceptable nivel de autogobierno a través de un texto, el Estatuto, que suponía un compromiso de indudable valor histórico. Aceptándolo, el PNV estaba ya dando pruebas inequívocas de acatamiento a las reglas del juego democrático, a la Constitución.

Pero el tiempo pasa, los compromisos se olvidan y los pactos se incumplen y así el espíritu de conciliación que animó la discusión y aprobación del Estatuto hoy se ha convertido, por parte de algunos, en espíritu de revancha frente a lo que nunca llegaron a aceptar de buena gana: la auténtica autonomía política.

Las innumerables lecturas de la Constitución son instrumento hábilmente manejado por quienes en forma de arma arrojadiza usan de la Constitución con Fines meramente partidistas. En el PNV somos perfectamente conscientes de que la ley de leyes está sujeta a un auténtico proceso de desnaturalización a través de ciertas normas de desarrollo que, sin respetarla en muchas ocasiones, la modifican, revisan y traicionan, en su espíritu o en su letra lo mismo da, acudiendo incluso al fraude de ley, al fraude de la ley fundamental. Me pregunto qué sentido tendrá el acto del próximo día para quienes queriendo reformarla, pero careciendo del valor necesario para hacerlo por el procedimiento en ella establecido, utilizan alevosamente vías indirectas que de hecho la conculcan.

Hoy resulta, paradójicamente, que el PNV manteniendo abierta y honradamente sus discrepancias, y siendo uno de sus principales críticos, tiene que constituirse repetidas veces en valedor del espíritu de libertad y democracia que la insufló y en censor de acciones u omisiones que de frente o por la espalda la amenazan. El acatamiento del Partido Nacionalista Vasco a la Constitución no lo es tanto, o al menos no lo es sólo a un texto criticable, interpretable, cambiante, utilizable con buena o mala fe, sino que lo es sobre todo al compromiso con la libertad, la democracia, la justicia y el progreso que en ella y en el Estatuto se materializó con más o menos fortuna. Si algo despreciamos, en política, los vascos por encima de todo es el fariseismo, la traición a la palabra; y es el respeto a la palabra dada, el cumplimiento del compromiso contraído nuestro principal aval en los avatares de la política. La historia así lo ha demostrado y lo demostrará.

Marcos Vizcaya es diputado del PNV por Vizcaya.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 9 de marzo de 1982