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Crítica:El cine en la pequeña pantalla

Claudio Guerin, un gran cineasta español

Un fin de semana mediano, con algún destello, es el que ofrece esta vez la televisión a los aficionados al cine. Destaca, entre esos destellos, el filme de Raoul Walsh, dentro del ya largo ciclo de homenaje al gran realizador norteamericano. La proyección de esta película ofrece una nueva oportunidad para ver a Errol Flynn, un actor del que siempre cabe esperar alguna sorpresa. Por otra parte, una pareja de Hollywood, la formada por Joanne Woodward y Paul Newman aparecen juntos -uno detrás de la cámara, como director, y la otra. como intérprete- en una película en la que está el sello habitual del famoso actor. Un doble homenaje, el que se rinde al recientemente fallecido Stanley Holloway con la proyección de Pasaporte para Pimlico y el que se tributa el próximo lunes al desaparecido realizador español Claudio Guerín, con la emisión de su último filme, completan esta oferta desigual, sobre todo teniendo en cuenta el excepcional fin de semana pasado.

Nombrar a Claudio Guerin Hill es nombrar una tragedia del cine español. Este joven director sevillano, un cineasta dotado como muy pocos de su generación -que es la de Antonio Drove, Victor Erice, Manuel Gutiérrez Aragón- murió mientras realizaba la película que el lunes pasan en Mis terrores favoritos. Preparaba un plano complicado en la torre de una iglesia gallega. Fue a cruzar un puentecillo de maderos tendido sobre el vacío, veinte o treinta metros encima del cemento del suelo, perdió el equilibrio y se vino abajo.La campana del infierno quedó inconclusa. Otros la acabaron y montaron. El resultado no fue bueno, ni podía serlo. Guerin fue un director enamorado del cine, que dio muestras de incontestable talento, fascinado por la perfección. Tenía dentro un cine propio que hacer, pero murió sin tener ocasión para expulsarlo. Hizo, para sobrevivir profesionalmente, películas que no eran suyas, pero a las que procuró dar un sello de nobleza, una distinción, un signo oculto de creación por debajo del tejido impersonal de la producción de consumo. En esta película ni siquiera le dio tiempo para poner ese sello.

La historia del muchacho huérfano que se ve obligado a internarse en una clínica psiquiátrica y a salir de ella en busca de una dudosa herencia que se le presenta rodeada por la amenaza y el terror, como tal historia, le resbalaba a Guerin. Queda en la película un empuje, una ambición que la aparta de la producción rutinaria española. Queda su buen gusto en el encuadre, su rigor en la planificación. Quedan destellos, pero solo de la sombra de Claudio Guerin, no de su luz. El cineasta nato que fue Guerín se cumplió, más que en el cine, en sus trabajos para la televisión, como su espléndido programa dramático sobre el Ricardo III.

La campana del infierno se emitirá en el programa 'Mis terrores favoritos', a las 22.05 del lunes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 13 de febrero de 1982

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