Los fontaneros
Soy hijo de un fontanero, pero yo no soy fontanero; y es que, pese a quien pese, en esa profesión, dejando los mitos aparte, apenas se gana para vivir. Por ello yo invito a quien lo desee, y concretamente al señor H. Acevedo, que publicó el artículo Fontaneros, con fecha 6 de los corrientes, en este periódico, a que se haga fontanero, y verá que en lugar de lujos asiáticos se va a encontrar dolor, esfuerzo y frío en los riñones cuando trabaje en la estructura de una futura casa que aún no tiene paredes, pero sí los rigores del invierno; verá que en lugar de confort y molicie se va a encontrar riesgo en los tejados, y, por no cansar más, le diré que en lugar de sentir bajo sus pies el suelo de su país y escuchar el habla de sus mayores, oirá voces extranjeras, pisará tierra extraña y será llamado emigrante.Sé que hay fontaneros sin escrúpulos, como en todas las profesiones; eso no es cuestión de oficios, sino de conciencia. Por tanto, con sidero que hay que tener un poco más de respeto hacia las personas, cuando al hablar o escribir se pretende pasar de lo particular a lo general.
Yo he aceptado alguna vez la broma de los fontaneros y los pelos de punta, pero no soporto la mala fe de quienes sólo ven lo que les parece./


























































