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Inventario de Otoño

El pentagrama de Federico Moreno Torroba

De lo único que se arrepiente es de ciertos malos negocios en los que le metieron algunos amigos. Se confiesa un enamorado de la vida, con sobradas razones: tiene ya noventa años, llenos de lucidez, de laboriosidad. Ama también el trabajo. «Me descansa». Es Federico Moreno Torroba, castizo de pro, nacido en la calle de la Montera, de Madrid, en el albor de la primavera de 1891. El maestro Moreno cumple con fidelidad el pronóstico del refrán. La casta musical le viene de lejos, de su padre, profesor famoso en el Conservatorio. Creció entre atriles y semifusas. Componer fue para él (empezó a los catorce años), como para otros chicos de su edad jugar al gua. Y desde ahí hasta casi el infinito. Más de cien zarzuelas, decenas de conciertos para guitarra, óperas famosas, obras, Luisa Fernanda es un ejemplo, que han sido representadas más de 15.000 veces. Ahora ejerce, entre otras cosas, la autoridad de su cultura desde serios púlpitos: la Sociedad General de Autores y la Academia de Bellas Artes

De entrada, el maestro Moreno Torroba tiene 91 años y está en condiciones de saltar una zanja con pértiga, de columpiarse como Tarzán en la lámpara del comedor, de hacer sobre sí mismo un nudo de yoga con los zapatos en la frente y el cogote en la rabadilla. Esa es, al menos, la impresión que da. El cuadro médico de su vida se reduce a siete constipados, algunos de ellos fechados en los tiempos de Sagasta. Se ha roto un dedo meñique, tres costillas, un brazo y la clavícula, que ha soldado iodo perfectamente con unos esparadrapos. El maestro Moreno Torroba baja las cuestas de Navarra en bicicleta y ahora se sienta en la arista del sofá taconeando juvenilmente el pie, de tal forma que le darías con un martillo en la rótula y la patada que levanta el reflejo derribaría el florero de la mesa.-Antiguamente Madrid era tan estrecho que la gente iba de veraneo a Aravaca, a Chamartín y a Carabanchel. Un pariente de mis padres, que era interventor del Banco de España, tenía una casita en Carabanchel y allí íbamos con los colchones en un coche de caballos a pasar el verano. Me divertía mucho, porque había un teatro, propiedad de un comerciante, donde se ponían funciones, por ejemplo, La canción de la Lola y El barquillero, aquellas cosas del año de la pera. Allí debutó Juanita Manso, que después estrenó La corte del faraón y fue mujer del maestro Lleó o una de sus favoritas, no recuerdo bien. El teatro estaba en medio de un campo de trigo y tendría yo cuatro años cuando vi por primera vez una amapola encamada, y aquello me sugestionó una barbaridad, hasta el punto de que todavía llevo la amapola clavada en la frente y a veces pienso en ella, es corno si la viera. Le estoy hablando del año 1895, hágase cuenta; en España mandaba Cánovas del Castillo, toreaba Lagartijo y no se había producido aún el desastre de Cuba. Por aquel tiempo empecé a estudiar música, pero luego lo dejé. Mi padre, además de profesor del Conservatorio, era organista titular de la iglesia de la Concepción y de San Millán, en la calle de San Cayetano, allá abajo, por Embajadores. Había luchado mucho y no quería que yo fuera compositor. Después del bachillerato probé a estudiar lo que estudian los chicos, primero aduanas, y me suspendieron; luego, minas, en la Universidad de El Escorial, y lo mismo. También intenté entrar en el Ejército, porque mi padre daba clases de música al director de la banda del alcázar de Toledo, pero afortunadamente me atasqué en la trigonometría y no pude pasar. Entonces estaba lo de Marruecos, e igual me pegan un tiro. Así que me dije: ¿qué voy a hacer; qué va a ser de mí? Como tenía conocimientos de música y de piano, ayudaba a mi padre a tocar el órgano en las iglesias, y ya comencé a agarrar un dinerito. Tenía mi padre un sueldo ridículo, pero entonces se vivía barato. Por la noche ponía un duro sobre la mesa y con eso comíamos todos. Yo le ayudaba en las misas de comunión y me adiestré mucho a improvisar con el órgano. En los bautizos me pagaban seis reales por divagar, mientras echaban el agua al niño y los invitados iban por allí.

La Gran Vía no existía aún y en la Puerta del Sol las calesas se abrían paso entre señoritos engomados, menestrales con guardapolvo y perros puntiagudos. El pueblo bailaba con acordeón o tamborino en los descampados, los elegantes tomaban el té en salones isabelinos, el aire de Madrid olía a pellejo de vino y los más ilustres caballeros llevaban en la entrepierna una purgación mal curada con la que habían sido obsequiados en la calle de San Marcos. Por una acera de Alcalá se veía bajar a Espartero con tripita cocinera, pero Mazantini ya era un señor con el traje bien cortado y un pañuelo de lunares en el morrillo.

-Yo nací en el número 3 de la calle de la Montera, en una casa estrechita que todavía existe. Y como mi madre tenía la manía de las mudanzas, primero nos trasladamos a la calle de Carretas, 7. Mi abuelo, que era sastre y vestía a toda la aristocracia de Madrid, vivía diez portales más arriba. Fíjese el poco bullicio que había entonces., que yo me asomaba al balcón y gritaba: ¡Mamá Pilar! Y mi abuela desde su casa me contestaba. Un grito que se oía en toda la manzana. Lo más agitado era la Puerta del Sol, donde había tertulias de pie, entre buhoneros y organillos. Por allí me tropezaba a veces con el maestro Chapí, que vivía en la calle del Arenal. Estaban asfaltando la Puerta del Sol y yo lo veía parado, con las manos atrás, contemplando las calderas que amasaban el asfalto. Lo recuerdo con barba. Al maestro Jiménez lo traté en la tertulia de mi padre en el café Comercial, de la glorieta de Bilbao. A Bretón también, llevaba aquellos cuellos tan bajos. Y a Chueca muy poco. En la acera de la Puerta del Sol había, por la mañana, de pie, una tertulia minúscula, que estaba formada por el maestro de capilla de la catedral de Madrid, por mi padre, por Bretón y Chueca. Permanecían allí charlando, y a las doce miraban cómo bajaba la bola del reloj de Gobernación y después de las campanadas se iba todo el mundo a comer. Le estoy hablando del final y principio de siglo. Entonces cruzabas la calle sin mirar y se oían los cascos de los caballos del tranvía. Cuando ya vivíamos en la calle de Santa Engracia, nosotros cogíamos el último tranvía de mulas, a las doce de la noche, para ir a casa de los abuelos; nos conocíamos todos los pasajeros, y el ciego Fidel rifaba muñecas, caramelos y goma de paraguas en los veinte minutos de recorrido.

Las primeras obras

Eran tiempos en que la pechuga de Leocadia Alba y su embocadura de mulata, hilando gorgoritos, levantaba a la gente de la butaca. El maestro Moreno Torroba lo recuerda como si fuera ayer. Había entonces una superpoblación de especialistas del do de pecho, abundaban las matronas del falsete y en cada esquina se levantaba un teatro, donde a base de solos y dúos se espantaba a los chinches. Las criadas por el patio de luces, las muchachas casaderas engatusando novios al piano, los picadores de lomo ensacado con ayes y jipidos en las tabernas y el género lírico para los diputados golfos, todo Madrid era un grito pelado.

Al ver que no podía hacer nada de provecho, tomé la música un poco en serio y la ambición me llevó a la cosa sinfónica. Mis primeras obras fueron tres ó cuatro poemas, que entonces se estilaban mucho, sobre todo de la vida de Straus. Los estrené con Arbós, director de la orquesta de Madrid, y también con Pérez Casas, que había creado la orquesta filarmónica y dirigía los conciertos del Price. Al mismo tiempo me metí en la cosa del teatro. En Lara el día de Inocentes se hacían funciones de aficionados, interpretadas por la compañía que era excepcional; allí estaba Leocadia Alba, Balaguer, Clotilde Domos. Para el día de Inocentes hice yo unas obritas. Tendría dieciocho años, de modo que era en 1909, cuando la semana trágica de Barcelona y aquello de Maura sí y Maura no, que la gente llevaba en una chapa en el ojal. Luego ya me ofrecieron algo más importante, que se llamó La mesonera de Tordesillas, y se llevó a la zarzuela. Gustó mucho y me dio un dinerito. Diez duros por acto. Trescientas pesetas toda la obra. Entonces se trabajaba a tres pesetas la butaca. Ahora en Evita te cobran mil. Pero yo tenía muchas dificultades para estrenar, porque había que luchar con Vives, Jiménez, Lleó y Chapí, que estaban en pleno auge. Así que, en un rasgo de locura, dije, pues nada, me voy a hacer empresario. Eso fue después del fracaso rotundo en Barcelona de una obra que era mala y el reparto peor. Me hice empresario y dije, a ver, lo mejor que haya. Siempre he sido precoz para los tratos. Cogí el Calderón y me asocié con el duque del Infantado, que era dueño del local. Y allí primero convertí La Tempranica, de Jiménez, en ópera, y luego estrené Luisa Fernanda. Eso me afianzó. Pero antes había tenido un pateo impresionante con la Caravana de Ambrosio, por culpa de García Al-

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Moreno Torroba

Viene de página 13varez, que era un descuidado. Un empresario, de oficio confitero, nos había encargado la obra, y al ver que pasaba el tiempo y no se la entregábamos, nos quería matar. Nos lo había presentado Antonio Paso y éste nos advertía, diciendo: «Cuidado, no juguéis con ese confitero, que tiene malas pulgas». García Alvarez hizo el libreto en un día, una caravana que va en busca de la Atlántida y se pierde en el desierto, y yo compuse la música en una noche. Dirigiendo -la partitura también me perdí y los de la orquesta se fueron cada uno por un lado, hubo que echar el telón y a mi espalda oía los insultos y los gritos del público como una jauría de fieras. Antes de Luisa Fernanda yo había hecho La Marchenera, que algunos críticos dicen que es mi mejor obra. El empresario que la montó era muy amigo mío. Y me propuso un trato: «Oiga, usted es un gran músico y en vez de trescientas pesetas por noche le voy a dar cuatrocientas, como hay Dios. Usted me au toriza a cobrar sus derechos en la Sociedad -de Autores y yo le entrego cuatrocientas pesetas de mi bolsillo todos los días». Pasó el tiempo y resulta que aquel hombre era un estafador, un falsificador de moneda fantástico. Y me pagaba con pesetas falsas. Yo le daba las buenas y el me entregaba las malas. Tenía el juego de San Sebastián y a un representante suyo de Guadalajara lo mandaba en el tren con una maleta llena de millones. Todo falso, claro. Acabó en la cárcel, pero yo gasté aquel dinero sin saberlo y nunca pasó nada. La gente lo cogía que daba gusto.

Federico Moreno Torroba vive en un piso burgués del barrio de Salamanca. En la sala hay un piano de cola, un millón de veces aporreado, entre una consola con cajitas de terciopelo abiertas como ostras que son las medallas de una vida y la pared llena de diplomas, que van desde el papa de Roma a Franco.

-Para esto de la música Franco era un cero a la izquierda. Dicen que le gustaba Marina. No es cierto. No tenía oído. Tal vez le gustaran las marchas militares, pero ni eso. Y este diploma es de Pablo VI, cuando fui con Luisillo a darle un recital de flamenco en la sala Clementina, durante la concentración de gitanos en el Vaticano. El Papa levantaba el brazo así, haciéndose el gracioso.

Al fondo del pasillo tiene el maestro Moreno Torroba una pequeña habitación de trabajo, una mesa con partituras plagadas de patitas de mosca, otro piano, un archivo, todo en un desorden laborioso. Dos flexos iluminan en el pentagrama unos garabatos de fusas y semifusas, que el día de mañana serán acordes majestuosos, gorgoritos de diva, jaribeques de violín osolosde barítono. El cuchitril es como un rincón de estudiante opositor. El maestro está trabajando en una antología de su obra para el Mundial de Fútbol.

-Yo fui a la primera quinta de cuota, es decir, mi padre pagó quinientas pesetas, y así cumplí un servicio militar limitado. En seis meses me hice soldado, cabo, sargento, brigada y teniente, aunque no llegué a ponerin e uniforme porque me licenciaron. El sable me lo regaló el general Pepe Ungría, que era compañero mío en la tertulia del Palace. Donde hoy está Iberia había entonces un café tremendo con un teatrito, donde yo estrené una cosita que se llamaba Cuidado con la pintura. Aquello era muy honesto.Allí iba mucho el general Primo de Rivera a jugar al billar. El general también se jugaba la pasta en el Liceo de América, un círculo elegante que se había montado en casa de un aristócrata, en la prolongación del Banco de España. Primo de Rivera jugaba mucho. Yo creo que después, cuando fue dictador, prohibió el juego porque perdía siempre. Se conoce que de rabia dijo: «En vista de que estoy gafado, ya no juega ni su padre en España». Yo guardo un grato recuerdo del general, porque gracias a él me quedé por la cara el teatro de la Zarzuela con el maestro Luna. Yo era crítico de Informaciones. Luna y yo pedimos audiencia al dictador en el Ministerio de la Guerra. Y ocurrió una cosa muy rara. Nos citó a la hora de la siesta en agosto, con un calor espantoso. Su secretario, Monís, nos dijo: «Está dormidito, pero esperen ustedes, que los va a recibir». El general dormía en el sillón de la mesa del despacho con el cogote apoyado en el respaldo y la guerrera abierta. Estábamos en la antesala esperando a que despertara, y en esto llegó Calvo Sotelo, con un traje gris claro, dando señales de impaciencia en ser recibido para algo muy urgente. Paseaba nerviosamente por la sala, mirando el reloj. Entonces sale Monís y dice: «Que paséis vosotros primero». Todavía recuerdo la cara de espanto de Calvo Sotelo. Entramos. Y por las buenas le pedimos el teatro de la Zarzuela, que era del Estado. Y él, sin más, contestó: «Os lo doy gratis con tal de que terminéis las funciones antes de las doce». Era muy asequible aquel hombre. Todas las noches iba con capa paseando hasta la Gran Peña. Muchos días comía allí. Yo le veía mucho en el teatro Martín-, siempre del brazo de su amigo, el empresario Paco Torres.

Lo ha visto todo, a la Chelito bu scándose la pulga, a su amigo Bombita del bracete con la Goya, a los aristócratas golfos que iban de tapadillo al Romea, los primeros pasos del cinematógrafo como atracción en barracones de feria, las tertulias del café de Levante, las cuitas de las infantas en los peluches secretos de Lhardy, a Ramón Gómez de la Sema en la nube de caliqueño en Pombo, a Frascuelo en su viaje a París donde perdió una sortija, a Galdós con gabán y las manos detrás husmeando en los garitos de la calle de Echegaray, a Ramón y Cajal en primera fila de un café cantante con la barba histológica apoyada en el puño del bastón y los ojos en la pantorrilla de la mejor chica del coro.

Un cigarrillo de Alfonso XIII

El día del estreno de La Virgen de Mayo en el teatro Real, vino Alfonso XIII y me recibió arriba, en su palco. Me ofreció un cigarrillo largo con embocadura de oro, de esos que fumaban ellos. Yo no sabía qué hacer con aquello en las manos. Yo no fumo, claro, y dudé. Pero Luis París, director escénico, me dio con el codo y dijo: «Enciende el pitillo en seguida, que -eso no se puede despreciar. Lo mismo Se te cabrea el rey». Ha sido el único cigarrillo de mi vida, si se descuenta el puro que me fumé en el retrete del colegio a los ocho años. Siempre he tenido actividades de orden. Y nunca me he metido en política. No sé, yo creo que sería más comunista que nadie si me dejaran organizarlo a mi manera. Pero de política, nada. Estaba yo con Luisa Fernanda en el Calderón y comenzaron a pasar por delante camiones llenos de gente gritando hacia la Puerta del Sol. La proclamación de la República me dejó sin frío ni calor. Con aquello del libertinaje se vieron escenas muy pintorescas, con las mujeres dedicándose a sus quehaceres en la calle. Luego, otro día, fui a El Escorial a entregarle un asunto a Arniches, y quedamos para pasado mañana. Y pasado mañana comenzó la guerra. Estuve catorce meses en Madrid, con los naturales sustos. Me metieron en la cárcel quince días, en la Dirección General de Seguridad, pero allí nadie me hizo caso. No hubo declaraciones, ni acusaciones, ni nada. Dos semanas echado en un camastro de madera y oyendo de noche que los carceleros gritaban: ¡fulano de tal! Y ese pobre ya no lo contaba. A mí no me dijeron ni ahí te pudras, hasta que vino Gisbert, el de los anuncios, que entonces era periodista del Heraldo, y como tenía influencias, me sacó. Me fui en seguida a San Sebastián disfrazado de cubano, con una guayabera y un pañuelo rojo en el cuello. Me puse eso y salí corriendo.

Federico Moreno Torroba es presidente de la Sociedad de Autores, y a los 91 años habla de coger el avión para América como quien va a tomar el tren de cercanías hacia El Escorial. Se levanta a las ocho, se arrea un campanazo de agua fría, trabaja antes de acudir al despacho, lo que hace todos los días. de diez a doce canturreando fragmentos de zarzuela-rock, el pecho frotado con lavanda y saltando charcos cuando llueve. El tiempo transcurrido desde Cánovas del Castillo hasta hoy le ha dejado una naricilla de pájaro carpintero entre los mofletes algo descolgados bajo unos ojos que te miran con perfecta actualidad.

-Ahora dicen los chicos que se divierten mucho, pero en aquella época nos divertíamos más. Ahora lo único que hacen es empujarte por la calle. Imagínese, entonces te pasabas el día de tertulia en tertulia y cruzabas la calle de Alcalá sin mirar a los lados. Primero iba al café de Levante, donde tenía una peña que se llamaba el Senado, y allí acudían políticos, cantantes, escritores... Enfrente estaba el Congreso, y esa la aglutinaba Benavente. Luego te pasabas al café de Puerto Rico y encontrabas a los pintores. Después te echabas un garbeo por la calle de Sevilla con los toreros. Bombita, Machaquito, Vicente Pastor, Fuentes y Bejarano eran Amigos míos. Yo también he toreado. Fue un día, en El Escorial, y por poco no corté orejas y rabo. Como verá, he hecho de todo. Después de la guerra tuve compañía propia, pero la cosa económica estaba ya muy mal. Desde 1934, en que, por primera vez, fui al teatro Colón, de Buenos Aires, no he parado de viajar. Este año me voy a Punta del Este a estrenar un concierto para piano y orquesta. Y todos los días me encontrará usted en el despacho de la Sociedad de Autores. Hace poco estaba en Nueva York, y por una confidencia me enteré de la ley de Propiedad Intelectual que iban a metemos malamente, sin avisar. Le escribí una carta a Calvo Sotelo que ardió el candil. Era un abuso. Resulta que con esa ley el autor prácticamente quedaba desposeído del derecho moral sobre su obra. Hemos logrado pararla. Y. así vamos. El otro día, en Nueva York, vi un musical fantástico que se llama Calle 42. Desde aquellos sábados blancos del María Guerrero, donde las muchachas de sociedad se ponían de largo, hasta los más detonantes de Broadway, me gusta todo.

Y así sucesivamente. Moreno Torroba hace proyectos para dentro de diez años. Mientras tanto, a los noventa tacos de almanaque, puede saltar una zanja o echarte un pulso. Al menos, a mí me gana.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 14 de noviembre de 1981

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