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CARTAS AL DIRECTOR

Blasfemar

. Llodio (Alava).

Días pasados estaba en la cola de una taquilla, con mi hija y otros dos niños, todos ellos de nueve años.Nos precedían seis mozalbetes que, en los quince minutos que permanecimos en la fila, soltarían aproximadamente cincuenta blasfemias.

Yo comencé a discurrir sobre cuál de los muchos argumentos que hay para recriminarles o disuadirles de su incalificabe actitud debía esgrimir:

Podría decirles que, si eran creyentes, defecar hacia arriba, además de gyotesco, es manchoso para el defecante.

Podría decirles que para evacuar están los retretes; en la vía pública hace feo.

Podría decirles que no tienen derecho a mancillar las creencias de los demás, si no eran creyentes.

Podría decirles que dejaran de contaminarnos con sus cagamentos.

Podría decirles, en fin, que está prohibido por la ley, y punto.

Pero, entre lo que tardé en repasar mentalmente la lista de argumentos y el miedo (sí, el miedo) que me producía la posible neacción de la manada de blasfemos, llegaron a la taquilla, tomaron sus billetes y se perdieron.

Ni yo ni nadie les había corregido, ni tan siquiera rogado que cesaran de blasfemar. Y cuando nos libramos de ellos, yo quedé vacío, pensando en el inmenso. mal que estamos haciendo a la sociedad con nuestras inhibiciones y nuestras precauciones. /

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 7 de octubre de 1981