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Reportaje:

Los soviéticos privilegiados consiguen tostarse al sol en el ansiado paraíso del mar Negro

La orquesta del hotel Chenchuchana (en la ciudad soviética de Sochi, a orillas del mar Negro) ejecuta, con todo su brío, una pieza de música disco que es seguida fielmente por un largo centenar de bronceados veraneantes. La indumentaria y la forma de bailar de muchos de ellos podría inducir al equívoco: estos ejemplares de la juventud dorada soviética parecen sacados de la discoteca Xenon, de la calle 43 de Nueva York o, cuando menos, del Eslava madrileño. Sobre la música se logra imponer, intermitentemente, un ruido que comienza siendo seco para transformarse en una especie de crujiente detonación (plof-crac, plof-crac) ... ; son los tapones de plástico de las botellas de champaña soviético que van a Chocar contra el techo de madera.

ENVIADO ESPECIAL, Sochi es, sin duda, la meta más ansiada de cualquier soviético. Llegar aquí no es fácil. El clima suave, la vegetación casi tropical y la relativa abundancia de frutas hacen que esta zona del mar Negro -junto con la península de Crimea- se convierta en una meca estival para aquellos que han vivido largos inviernos con poca luz y bajas temperaturas,

Los habitantes de Sochi completan sus ingresos alquilando camas en sus casas para compensar el déficit de plazas hoteleras. Poco importa,a veces, la distancia que medie entre las playas y las camas alquiladas a última hora.

Desde las primeras horas de la mañana, las babuchki (abuelas) comienzan a desplegar toallas sobre la orilla, reservando para sus familias las mejores posiciones. Cuando el sol comienza a calentar, una apretada multitud llena las playas hasta rebosar.

La indumentaria es uniforme. Viejas y jóvenes comparten el uso del dos piezas, mostrando así las primeras su desinhibición y las segundas su modestia. Un periódico bien doblado -la Pravda, sin ir más lejos- puede servir en todo caso como sombrero.

Al borde de los espigones que limitan las playas, los salvavidas réprimen, a golpe de silbato, a aquellos que tratan de nadar más allá de los límites previstos. El ocio tampoco traspasa aquí los márgenes del orden.

Las colas, una institución soviética

Sochi ofrece -en comparación con el resto de Rusia- una superabundancia de servicios. Sin embargo, la costumbre es la costumbre, y las colas son toda una institución. Los puestos de helados pueden pasarse media hora seguida sin clientela para, misteriosamente, sucumbir después ante una larga fila de ávidos consumidores. Lo mismo sucede con las duchas, los centros de alquiler de. sombrillas y tumbonas, las básculas, las máquinas de bebidas refrescantes y la barraca de tiro al blanco.

Aquí -dentro de una lógica ya sedimentada y casi centenaria-, la demanda no llama a la oferta, sino que provoca más demanda.

El turismo que acude a Sochi es casi exclusivamente nacional. Según datos oficiales, esta ciudad veraniega alberga cada año a tres millones y medio de huéspedes, de los que sólo unos 200.000 son extranjeros.

Los responsables del ocio de los soviéticos admiten que, cada año, de 600.000 a 700.000 personas no puedan obtener plaza en los hoteles, casas de descanso o sanatorios. Sin embargo, las estimaciones occidentales son menos optimistas. Según estos últimos cálculos, más de la mitad de los habitantes de la URSS pasan las vacaciones sin salir de su casa.

Lo cierto es que, en Moscú, el mes de agosto casi no se hace notar. El tráfico sigue su ritmo habitual y las orillas de los ríos y las pequeñas lagunas de la periferia se ven llenas cada día desde el comienzo del buen tiempo.

Pero la dificultad mayor consiste en pasar las vacaciones en familía. A principios de junio -cuando finaliza el, curso escolar- los niños acuden a los campamentos de pioneros. Cada verano, son catorce millones los niños que pasan parte de sus vacaciones en estos centros, en los que rige una disciplina aún mayor que en las escuelas.

Los padres no tienen las cosas tan difíciles; los sanatorios y las casas de descanso son los lugares más asequibles. El año pasado, según afirman las citadas estadísticas, 55 millones de soviéticos encontraron plaza en los sanatorios.

Curiosamente, este tipo de balnearios -que han ido perdiendo vigencia en Occidente desde el período de entre guerras- tiene en la URSS una clientela fiel y ávida, pero en los sanatorios y en las casas de descanso la oferta de plazas se hace a título individual y a través de las empresas, lo que convierte en toda una casualidad que la familia entera se encuentre en el mismo lugar de reposo.

Al margen del ocio organizado también existen otras posíbilidades: alquilar habitaciones en una dacha (casa de campo), ir a visitar a la familia de otras ciudades y -lo que ya es el no va más- viajar al extranjero.

El difícil viaje a Occidente

Encontrar plaza en uno de los viajes que organiza Inturist hacia el exterior de las fronteras de la URSS no es nada tácil, y, menos aún, si este viaje acaba en un país del mundo capitalista.El que trata de ir por su cuenta no encontrará mayores facilidades. Habitualmente, el permiso para pasar las vacaciones en el extranjero se consigue tan sólo si se conservan lazos familiares en Occidente y si, naturalmente, esos familiares no son exiliados políticos.

La obtención de un pasaporte válido para trasladarse a Occidente suele llevar unos tres meses. Ese es el tiempo medio necesario para obtener, entre otros, tres certificados básicos: uno firmado por los médicos; otro, por la milicia (policía), y, lo que es más importante, un tercero en el que sendos responsables del comité local del partido comunista, de los sindicatos y del lugar de trabajo se pronuncian sobre el equilibrado carácter del candidato a turista, su ilustración política, su firme moral y la modestia de su vida privada.

Superados ya estos filtros, el viajero será advertido sobre los peligros de Occidente, donde -según un impreso que tendrá que leer- los servicios secretos pueden tratar de engatusarle a través del alcohol, las mujerés poco virtuosas y otros objetos de deseo.

Ciertamente, los recelos parecen ser mutuos. Hace tres años, el servicio de pasaportes del Departamento de Estado norteamericano editaba un folleto en el que se advertía de peligros semejantes a los estadounidenses que se decidían a visitar el este de Europa.

A pesar de todas las dificultades, las estadísticas oficiales soviéticas afirman que crece sin cesar el número de soviéticos que viaja fuera de sus fronteras. Según los últimos datos, en 1980, cuatro millones y medio de ciudadanos de la URSS pudieron visitar otros países.

Polonia ha sido, hasta el mornento, el país que más soviéticos recibió y también el que más turistas envió a la Unión Soviética. Ahora, en círculos occidentales de Moscú se afirma que el flujo ha ido disminuyendo desde el comienzo de la crisis político-social polaca, y que la presencia de ciudadanos de la URSS en los centros estivales del país vecino ha descendido fuertemente este verano.

Dentro del mundo capitalista, Finlandia es, con mucho, el país de destino de la mayor parte de aquellos que pueden acercarse a ese mundo. Las razones en este caso son dobles. Finlandia es el país occidental más cercano a Rusia y es también el único que no acepta en ningún caso las peticiones de asilo político de los soviéticos, sino que, al contrario, hace volver atrás a aquellos depistados que se atreven a proponer demandas semejantes.

Hacer compras es la actividad favorita de los soviéticos fuera de las fronteras de su país. Los occidentales que han coincidido con soviéticos en los cruceros que organiza por el Mediterráneo la compañía naviera de la URSS dan cuenta de la avidez con que éstos entran en las tiendas de Grecía, Yugoslavia, Italia y España.

Para aquellos moscovitas que han decidido quedarse en casa durante su mes de vacaciones, la ciudad ofrece en esta época del año algunos atractivos insólitos: como último recuerdo de la distensión, aún quedan quioscos en los que se encuentran pepsi-colas -del tiempo, claro está-, unos pintorescos barquitos realizan cruceros sobre el río Moscova, helado todo el invierno, y hasta, con un poco de paciencia y suerte, se puede llegar a tomar un kvas (bebida refrescante tradicional rusa, hecha a base de pan fermentado) sentado en una terraza y viendo pasar a los turistas occidentales, tan curiosos siempre...

Y si, como sucede a veces, se han acabado las pepsi-colas, el barco no admite más pasajeros y el camarero de la terraza ignora al cliente, uno puede hacer gala de la eterna resignación rusa y optar por propinarse un chapuzón en una serie de zonas acotadas y rebosantes de gente, en las que -naturalmente- un salvavidas provisto de un silbato velará por la integridad fisica de los bañistas e impondrá orden en las orillas del río.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 25 de agosto de 1981

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