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Tribuna:

"Desorden o desbarajuste"

Como tantas veces se ha dicho, la noción de orden social implica la de desorden. Una sociedad con un orden absoluto es difícil imaginar, mientras sigamos siendo como somos. Por la razón de que el orden social implica el desorden, éste se corrige y vence. Precisamente en el sistema democrático el convencimiento de que el orden gana por exigencias de la propia convivencia social es uno de los fundamentos de la serenidad personal e intelectual frente al desorden. No es, pues, lo malo el desorden. Es lo malo el desbarajuste. No sé si mis lectores saben que ha habido y hay gran polémica entre los filólogos acerca del origen del vocablo «desbarajuste». Sin entrar ahora en disquisiciones para las que no tengo autoridad, sí creo oportuno decir que desbarajuste equivale, en una de sus acepciones, a una reyerta en la que nada queda en su lugar propio. Es, en cierto modo, lo contrario a una batalla, pues los ejércitos siguen un orden, y también es diferente al desorden. Este puede arreglarse con los medios normales y las instituciones normales, mientras que el desbarajuste pide más que el orden establecido y las instituciones del orden establecido para que el agua revuelta y tormentosa vuelva a su cauce.Hago estas reflexiones pensando, como muchos otros de mis compatriotas, que en España puede llegar el desbarajuste. Por fortuna, aún no ha llegado, pero no está de más prever que ocurra.

Dicho en términos más académicos que los que empleé antes, el desbarajuste consiste fundamentalmente en no racionalizar el proceso arbitrario de los hechos. Algo de eso me parece que está pasando entre nosotros. Los hechos, e incluso los actos, van por un lado , y las instituciones, por impericia o flaqueza, van por otro.

Como el raciocinio claro se apoya en ejemplos y casos concretos, me voy a permitir aludir a algunos, en relación con las instituciones responsables de la amenaza, quizá lejana, del desbarajuste, o lo que es lo mismo, al Gobierno, en cuanto institución política, y a la clase política, en cuanto institución social.

Los problemas más acuciantes, si juzgamos por lo que pudiera decirnos cualquier transeúnte que oyera cotidianamente la radio, son la crisis energética, las autonomías y la incapacidad de gestión administrativa. No menciono la crisis político-económica ni el paro porque son problemas consecuentes, pues si aquellos grandes problemas y sus anejos se racionalizasen, estos otros, de una manera u otra, se empequeñecerían tendiendo a resolverse.

1. Es de suma urgencia optimizar la estructura final del consumo energético de acuerdo con el déficit de cobertura energética que arrastra el país. Por tanto, es indispensable saber qué hemos de hacer para ahorrar energía y, además, ponerlo en práctica. Ni en el famoso debate político televisado que se pierde ya en el olvido y la poca importancia ni en los medios de comunicación más al alcance de cualquier ciudadano se habla con rigor del ahorro energético. Hasta no hace mucho se insistía en el ahorro de la energía empleada para uso doméstico. Pero casi nadie se esfuerza en practicarlo porque, de modo instintivo, el ciudadano se ha percatado de que los sectores industriales son los protagonistas de¡ consumo final directo de energía (50,9%), seguidos por el transporte (27,6%) y quedando los usos domésticos en un modesto tercer lugar (11,4%). A estos datos podríamos añadir que el porcentaje del consumo final de energía gastada en calefacción es en España de tan sólo un 7%, frente al 25% en Italia, el 30% en Bélgica o el 45% en Alemania (cifras correspondientes a 1977). A la vista de estos y otros indicadores, conviene preguntarse acerca del sentido y eficacia que puedan tener las campañas publicitarias de ahorro doméstico y de por qué no se ha discutido a nivel público las estrategias de ahorro industrial y sus correspondientes inversiones, desglosadas por sectores y con datos concretos. He leído algún trabajo del Centro de Estudios de la Energía y me pregunto acerca de la puesta en práctica de sus conclusiones. Si el ahorro de energía va a ser una de las fuentes energéticas más importantes al disminuir nuestra dependencia exterior, hay que pasar sin demora de los planes a la práctica de los tanteos, a la aplicación inmediata de las inversiones necesarias. La situación actual en el sector energético comienza a ser, a mi juicio, de desbarajuste por indecisión.

2. Otro tema al que me he referido son las autonomías. Desde un principio, vimos muchos ciudadanos que el tratamiento radial de las autonomías era un error. Yo diría que un error para todos: para las nacionalidades y para el Gobierno. Se ha llevado este gravísimo asunto con un criterio semejante al de la distribución de nuestros ferrocarriles: desde Madrid a uno u otro punto de la periferia. El Gobierno ha hablado de un criterio global, pero parece que quería decir acogiendo a todos. No se trata de eso, sino de discutir entre todos, y simultáneamente, cómo se van a constituir, en la práctica política y, administrativa, los entes autonómicos. O se hace así o no se progresa, pues los criterios radiales llevan inevitablemente a tejer y destejer de modo casi continuo. Lo que se concede a unos lo quieren para sí otros y la tela no acaba de tejerse por completo. Conversaciones en común e instituciones en común, en otras palabras: racionalizar, De otro modo, se deja entrever, aunque sea a lo lejos, el desbarajuste.

Hablando de autonomías, parecería una omisión indebida o un fraude no mencionar a ETA y las consecuencias de la acción de ETA. Yo no oculto mi condena a los asesinatos de esta organización ni a sus frecuentes delitos. Quizá por ser vascófilo, y hace años que lo soy, debo decirlo en voz alta y clara. Para poner límites razonables al pensamiento y a la acción y para que el desorden no tienda al desbarajuste, admitamos que no basta con condenar, emplear voz de trueno, dar golpes en la mesa y hacer aspavientos cuando se condena. Eso ya se ha hecho, se ha hecho más veces y no ha servido para nada. Es menester decir qué ocurriría si todo asesinato o delito concluyese, qué se estaría dispuesto a hacer y hasta dónde llegaríamos todos, puesto que todos, quiérase o no, somos españoles y a España pertenecemos. Precisamente no se habla de lo que se debe hablar, de qué ocurriría si el desorden normal sustituyese a la violencia que mata o destruye. A mi juicio, no basta decir que se aplicará la Constitución, porque ahora lo que importa, como en otra ocasión he dicho, es el tratamiento.

3. Mencionaré también la incapacidad gestora de nuestra Administración, que es un tema de la mayor gravedad, que tampoco se trató en la sesión parlamentaria que he citado antes. En la mayor parte de los países que calificamos de desarrollados, la Administración, sin ser ajena a la política, funciona independientemente de ella. Lo venimos diciendo los españoles desde hace muchos años. Envidiamos el sistema francés en que la Administración puede continuar por sí misma, sin pararse o entorpecerse en demasía por los cambios y transformaciones políticas. Algo semejante se puede decir de Inglaterra, Alemania y otros muchos países europeos. Entre nosotros, los directores generales y, por consecuencia, las direcciones generales abundan cada vez mas; hay subsecretarios y secretarios de Estado; se multiplican organismos y secciones que, en cierto modo, dependen de que este presente en la actividad administrativa una personalidad política o un partido. Así, cuando hay una marejada o una tormenta en el mar de la política, la Administración sufre intensamente, y su capacidad de resolver y de hacer disminuye casi hasta la parálisis. Si no se ponen los medios para corregir este mal, se entrevé muy próximo el desbarajuste.

4. Para no alargar en exceso este artículo, mencionaré una cuestión que está en candelero, que es un buen ejemplo, y no he citado al principio por no provocar el cansancio previo acumulando en la enunciación los temas. Me refiero al tan traído y llevado posible ingreso en la OTAN. El planteamiento más racional a este problema, para no acabar creyendo que se defiende una u otra actitud por puro partidismo o cerrazón, consiste, a mi juicio, en preguntarse s¡ hay alguna razón muy honda que, pese a la claridad con que aparece la necesidad de mantenernos en relativa independencia y holgura de movimientos en la política internacional, nos obligue a entrar en la OTAN. Que yo sepa, nadie se decide a plantear tan nítidamente la cuestión. ¿Es la OTAN una garantía imprescindible para evitar en España el predominio excluyente del poder ejecutivo? Si no es así, que se diga también. Por otra parte, no es tan falsa, como algunos creen, la relación entre Mercado Común y OTAN, pues si los observadores europeos mejor informados vislumbrasen el desbarajuste, la OTAN podría verse como una garantía de que la corrección al desbarajuste no va a ser la dictadura. Si la OTAN es esta garantía, frente a los observadores asustados por el detonar de las bombas y petardos en Euskadi y algunas ciudades del sur, que se diga también. Así sabremos a qué atenernos y podremos replicar que es inadmisible que la última garantía contra el desbarajuste implique la pérdida de nuestras posibilidades de independencia, limitada, pero independencia, en el orden internacional. Es también inadmisible, a mi juicio, el menosprecio moral y olvido de nuestros deberes respecto de Hispanoamérica, que supondría entrar en la OTAN. Sea dicho de paso, no me veo como hispanoamericano de España obedeciendo a una organización atlántica de predominio norteamericano.

En resumen, que hay que precaver el desbarajuste encauzando los hechos a través de las Instituciones, estableciendo a la par con rigor qué se puede hacer y qué no se debe hacer, aunque a veces el camino más fácil pase por esto último. Quizá una de las grandes ventajas de un partido radical, y quede claro que no me apunto, fuese el poder decir estas y otras cosas, sin ánimo de ocupar el poder y sin miramiento a las ventajas personales o de grupo.

Enrique Tierno Galván es catedrático de la Universidad Autónoma, diputado del PSOE y alcalde de Madrid.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de julio de 1980