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Tribuna:

Cien años de "Historia de los heterodoxos españoles"

Hace ahora cien años de la publicación de un libro, la Historia de los heterodoxos españoles, de don Marcelino Menéndez y Pelayo, cuyo destino ha sido muy singular: el de una especie de biblia de un cierto sector ideológico español -la derecha- y de la misma Iglesia española. Para un libro erudito es ciertamente extraño un destino como éste, pero así ha sido, y, como si esa Iglesia española no tuviera ya suficiente con la teología barroca y sobre todo decimonónica para abrevar su visión de la historia, que se precipita hacia el desastre a partir, sobre todo, de la Revolución Francesa, la Historia de los heterodoxos españoles la suministró un elemento supletorio de ceguera frente a la modernidad: también España, y sobre todo España, se despeñaba hacia la catástrofe desde una época áurea: la de la unidad religioso-política.La Historia de los heterodoxos españoles está concebida, en efecto, como una historia sacral de España y, desde luego, se instala en la perspectiva de una ecuación del catolicismo y de la españolidad, y viceversa, es decir, de su total identidad, tal y como se había venido configurando desde el triunfo de los españoles de «casta cristiana» sobre los otros españoles que no eran de ella: islámicos y judíos, a quienes se había negado la condición de españolidad. Y esto quiere decir que el catolicismo está en la esencia de esa españolidad, pero también lo contrario: que la españolidad o la condición de español subsume y agota en ella la esencia de la fe, lo que no deja de ser una firmación fundamentalmente herética que pasma que no haya llamado jamás la atención de los ortodoxísimos señores que han bendecido tantas veces ese libro.

Lo religioso funciona, además, en él y en la visión que en él subyace, como un instrumento de unidad política y de grandeza nacional y, en consecuencia, la heterodoxia no sólo es una ausencia de la condición de españolidad, sino una amenaza contra ésta. Así que, desde este punto de vista y arropado además en el talante del catolicismo barroco, que tanto gustaba de «triunfos», «defensas» y «aplastamientos» o «martilleamientos de herejes», don Marcelino se permitió no pocos exabruptos y toda clase de simplificaciones, y fue absolutamente imporoso al pensamiento y a la sensibilidad modernos, pero yo diría que también lo fue ante lo que constituye la esencia de la fe cristiana. Probablemente conocía la Biblia, desde luego, pero el espíritu bíblico está totalmente ausente de su entendimiento de lo cristiano, y por eso no podía entender además ni el drama espiritual judío, ni la espiritualidad árabe, ni la búsqueda o duda de la heterodoxia moderna y, mucho menos, la negación prometeica de Dios del XIX. Y tampoco el fenómeno de la mística, que, como señaló don Miguel de Unamuno, a Menéndez y Pelayo le parecía un género literario: algo así como «Literatura a lo divino», que todavía es lo que se suele seguir diciendo en estos casos.

Pero don Marcelino era una gran cabeza, esto es obvio, y en su análisis de las creencias españolas no dejó de percatarse de que, en gran medida, el catolicismo, español había funcionado y funcionaba como un perfecto materialismo. Lo que no sé si entendió es que no podía ser de otra manera, tratándose de un catolicismo esencialmente socio-político. Muchos años atrás, Pascal y Kierkegaard, -Menéndez y Pelayo creo yo que no sospechó siquiera lo que era el jansenismo- habían puesto en claro que la cristiandad era una especie de defensa y de sistema de seguridad contra el cristianismo, porque lo que hacía era suministrar un conjunto de creencias y actitudes frente al reto radical de la fe y la respuesta radical que a este reto había que dar. Las cristiandades y cristianismos nacionales -decía además Kierkegaard- creían que podían fabricar cristianos como se crían ovejas de una cierta clase por el simple hecho de educar a sus ciudadanos en las «cristianas» tradiciones nacionales. De este modo habían naturalizado la fe y también la habían socializado y banalizado hasta un punto en que la presencia de un ateo en esas sociedades representaba siempre el signo de algo más profundo: el de la toma en serio de la fe y de la incredulidad. Y sólo si esto se tiene en cuenta puede hacerse en verdad una historia de la heterodoxia.

A estas alturas de 1980, la Historia de los heterodoxos, de don Marcelino Menéndez y Pelayo, está muy bien que quede circunscrita a su calidad de libro histórico, de inmenso e imprescindible centón de noticias -aunque necesiten otra relectura y algunas comprobaciones- y acicate dialéctico de reflexión sobre ese hecho de la heterodoxia española y del modo y manera de ser, españoles. Este es su gran valor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 29 de mayo de 1980