Campando por sus fueros
Paseaba el otro día por el barrio de Salamanca cuando me topé con un grupo de chicos vendiendo libros en la calle. Me paré a contemplar su tenderete y al rato, uno de ellos me increpó duramente sobre por qué llevaba uno de esos botoncitos amarillos que dicen no a la energía nuclear. Acabo de volver de Estados Unidos y allí nadie se preocupa de increparte por cosas tan nimias. Al poco se le unió otro, que empezó a insultarme, subiendo gradualmente de tono. Primero me llamó rojo: luego, mal español. Luego me dijo que me fuera, para añadir acto seguido que no, que no me fuera, que a la gente como yo les reservaba un tratamiento especial.Me asombró la rapidez con que había llegado a conocerme. Desde luego su aspecto se hacía más amenazador proporcionalmente al número de peatones que se paraban ante su irritado tono de voz. Siguieron en esa guisa unos pocos minutos más, algo asombrados de mi falta de reacción.
Finalmente uno de ellos hizo una alusión a mi madre. Era excesivo que en mi segundo día en Madrid, después de cinco años en la bendita California, un mozalbete que no sabía ni hablar se metiera con mi madre, que en paz descanse y a la que apenas llegué a conocer. Así que le propiné una patada en los testículos y luego le incrusté mi puño en todos los morros. Un segundo después, corría hacia cualquier sitio para alejarme de allí. He hecho siempre mucha gimnasia y en la Universidad de Los Angeles me enseñaron a correr. En un momento dado. uno de ellos gritaba desaforadamente a mis espaldas pidiendo mi vida. Me escurrí por una calle lateral y les perdí de vista. Aquella noche dormí muy bien.
Algunos amigos me explicaron qué tipo de gente eran aquéllos y cómo se las gastan. Cuando salí de España en 1975 solían darse paseos por la facultad, llamando rojo a todo el mundo y pegando palizas en nombre de «su» España. Sólo puedo decir que es triste que sigan campando por sus fueros.
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