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Editorial:

Italia: el miedo a la aventura

QUIZA LA Democracia Cristiana italiana haya sentido ese sudor frío de los partidos demasiado ilusionados en un afianzamiento electoral cuando se quedan, simplemente, en lo que eran. Repetir el número de diputados es una sensación agridulce. Supone que va a poder seguir gobernando, pero que no sale de su calvario de pactos, consensos, alianzas, promesas y equilibrios. No es sólo su destino, sino también el de Italia.En cambio, considerando los resultados con la óptica del desafío al segundo partido -el Comunista-, éstos son muy satisfactorios para la DC. El PCI reduce sus votos populares por primera vez desde el final de la guerra, y ve despeñarse a veintiséis de sus diputados (si se confirman las cifras). Los votos comunistas han podido emigrar, por una parte,al centro de los pequeños partidos intermedios, centrales (el Socialista vuelve a ser lo que era), pero sobre todo a los radicales de la izquierda. No son extremistas: son una opción moral. Una izquierda quizá utópica y, por ahora, probablemente por mucho tiempo, imposibilitada no ya de gobernar, sino de pesar en cualquier Gobierno y en el Parlamento. Pero que ofrece un cierto concepto del mundo y de la vida que va más allá de las maniobras, las politiquerías, el magma de un poder insuficiente y neutralizado. Todo lo que, en suma, pueden representar esos espectaculares dieciocho escaños obtenidos por el Partido Radical de Marco Panella.

La disminución de la capacidad electoral del PCI es aleccionadora. Fue este partido el que, desasistiendo el acuerdo de gobierno, provocó las elecciones anticipadas; fue él quien trató de convertir las elecciones en un referéndum imposible, en el que los electores debían decidir si debía o no participar directamente en el Gobierno. Y los electores han decidido que no. Entre otras razones, por realismo. Aceptar sin decidir parece el drama concreto de la fórmula del eurocomunismo, y los colegas de Berlinguer en otros países, que, al mismo tiempo, están recibiendo ya lecciones privadas, no deben dejar de estudiar el caso con la sinceridad que se deben a sí mismos y que muchas veces la venda en los ojos no les deja ver.

Por esta razón, todo parece igual, y todo es esencialmente distinto. La DC y el PCI van a romper el paralelismo relativo de los caminos anteriores. El PCI tendrá que pasar abiertamente a la oposición, lo cual quizá, a la larga, le sea electoralmente beneficioso, pero con una doble mirada: hacia el centrismo de la mayoría de la población, y hacia la aparición de la izquierda moral e intelectual que comienza a surgir. Pero seguirá en el dilema en que él mismo se ha colocado: no puede ser demasiado revolucionario ni puede ser demasiado pactista con la sociedad establecida.

Italia parece haber optado por el centrismo, en una actitud de perplejidad: una salida más que una solución. Un punto entre la idea de que el cambio de la sociedad actual es necesario y la sospecha de que ninguna de las fórmulas que se ofrecen para ello pasa de ser una aventura. Es, precisamente, un miedo a la aventura. Común, en esta etapa histórica, a todos los países de Occidente.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 6 de junio de 1979