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Editorial:

España, en el Consejo de Europa ,

ESPAÑA INGRESA hoy en el Consejo de Europa como Estado número veinte de los que integran esta Asamblea Parlamentaria con sede en Estrasburgo, la más amplia y menos comprometida de las numerosas organizaciones; europeas, aunque a ella afluyan de alguna forma las inquietudes de 365 millones de hombres, representados por veinte Parlamentos nacionales y otros tantos Gobiernos. Esta incorporación al circuito europeo, con cuarenta años de retraso, que se hace de la mano de Adolfo Suárez, es el fruto, sin embargo, de una lucha tenaz de la oposición española en tiempos del franquismo. Los hombres de hoy en Estrasburgo son el trabajo de ayer, en los pasillos de la que fue «Casa de Europa» y hoy es ya Palacio, de la oposición democrática de entonces. Nuestro país, de todas formas, llega al Consejo con una cláusula de cautela, impuesta por el Consejo en su reunión del pasado 12 de octubre: la necesidad de que la Constitución que se elabora actualmente por las Cortes tenga el inequívoco carácter democrático que los Estados miembros del Consejo reclaman para sus propios ordenamientos fundamentales.El objetivo inicial de la más antigua de las organizaciones políticas de la Europa occidental contemporánea -fue creada en mayo de 1949, en Londres-, conseguir la unidad política del continente, hasta el punto de que se la quiso dotar de un carácter supranacional, se ha ido quedando con los años en la cuneta de los proyectos. La realidad europea se ha impuesto al carácter ideológico fundacional y la Asamblea de Estrasburgo, compuesta hoy por 154 miembros, cumple una labor eminentemente consultiva, donde se coordinan legislaciones y se redactan y adoptan convenciones y cartas de indudable valor social, pero de escasa trascendencia práctica y parejo compromiso para los Estados firmantes.

Al Consejo de Europa se le han ido escamoteando con los años los temas claves. Las cuestiones militares fueron confiadas a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN); las económicas a la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE). La creación de la Comunidad Económica Europea acabó de recortar sus competencias. Para nuestro país, sin embargo, es importante, tras tan larga espera, su asociación a organismo internacional cuyo telón de fondo desde su mismo nacimiento ha sido la voluntad de reforzar las libertades democráticas y los derechos del individuo. Esa voluntad no se ha debilitado nunca, hasta el punto de que el plan del Consejo para el cuatrienio 1976-1980 concede prioridad absoluta al tema de los Derechos del Hombre, en cuya protección ha jugado un papel decisivo a través de la instrumentación jurídica de un sistema de garantías que puede llegar a amparar al individuo contra los abusos de su propio Estado.

España, sin embargo, no llega tan tarde a la construcción de la Europa política. La CEE avanza en el terreno comercial y, con más dificultades, en el económico. Pero la idea europea, surgida al final de la segunda gran guerra, permanece no muy lejos de donde la situaron Churchill, Schumann y Monet. Este tren es el que nuestro país debe tomar a su tiempo, y a que ello sea así contribuirá, sin duda, la incorporación que hoy se solemniza en Estrasburgo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 24 de noviembre de 1977