Juegos Olímpicos

La odisea griega de Anna Tarrés

Infectado de covid, el equipo de sincro de Grecia que entrena la catalana abandona el torneo cuando iba a debutar en unos Juegos

Anna Tarrés, en julio en Barcelona, durante un entrenamiento del dúo de Israel con nadadoras del club Kallípolis.
Anna Tarrés, en julio en Barcelona, durante un entrenamiento del dúo de Israel con nadadoras del club Kallípolis.JUAN BARBOSA

Evangelina Platanioti era Ícaro, hijo de Dédalo, provisto de alas postizas, las desplegaba y emergía del Mediterráneo como un cormorán.

Así comenzaba la coreografía del Ícaro, la rutina libre que permitió al equipo de natación artística de Grecia eliminar a Francia y Estados Unidos, y clasificarse por primera vez en la historia para unos Juegos.

Presentada en el torneo preolímpico el pasado 10 de junio, la sucesión de figuras inéditas y acrobacias de las ocho nadadoras griegas interpretando la tragedia de la Creta minoica, dejó estupefactos a los jueces por la originalidad de la música y la composición. “Evangelina es el icono”, repetía la entrenadora y creadora de la obra, la española Anna Tarrés (Barcelona, 53 años). “Ella es Ícaro, la estrella, el arma más potente que tengo. Las francesas y las americanas ni por casualidad se acercan a su nivel”.

Estados Unidos y Francia no pudieron con Ícaro. La covid, sí. Evangelina Platanioti y cuatro de sus nueve compañeras dieron positivo por coronavirus en las pruebas de PCR que les realizaron diariamente hasta este miércoles en Tokio. Justo cuando comenzaba el torneo la cuenta de infectadas ascendió a cuatro y la organización resolvió retirar a Grecia, tanto de la categoría de dúos como de equipos. Las nadadoras deberán guardar cuarentena en un hotel de Tokio especialmente acondicionado.

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La noticia puso fin a una odisea colectiva y personal. Desde su despido en 2012 de la federación española de natación —despido declarado improcedente por el juez— Anna Tarrés fue contratada como asesora o entrenadora, sucesivamente, por Francia, China, Ucrania e Israel. La clasificación del equipo de Ucrania por primera vez para unos Juegos, en 2016, añadió a su historial de cuatro medallas olímpicas con España una nueva dimensión de constructora de equipos competitivos sin necesidad de muchos recursos.

“El 5 de marzo 2020, justo antes de la pandemia, hubo una competición de la World Series y quedó en evidencia que Grecia estaba de bajada”, recuerda Tarrés. “Me llamaron para que les echara una mano y me enamoré del equipo. Me obsesioné”.

“Planteamos mitología antigua y empezamos a estudiar el mito de Ícaro haciendo que todo el mundo participe de las posibles imágenes que podíamos crear en el agua: Ícaro, Minos, Creta, el Minotauro, Pasífae, el mar Egeo, nadar, volar, caerse… Con esto consigo despertar el espíritu creativo de las nadadoras. Y nos salen figuras muy interesantes”.

Anna Tarrés vivió el invierno de la pandemia yendo y viniendo, de Barcelona a Atenas, entre aviones y aeropuertos vacíos, para intentar arrancar un equipo que carecía de medios. Grecia, país medio intervenido por el BCE, salía de una profunda crisis económica. En la vieja piscina de saltos de la playa se veían las ratas pasar y en la piscina olímpica de Oaka, atestada de gente durante el día, era imposible trabajar de noche porque apagaban la luz. Las nadadoras no disponían ni de médico ni de fisioterapeuta, y varias de ellas eran menores de edad.

“Descubrí un equipo que había sufrido mucho”, dice la entrenadora. “Llevaban 10 años entrenando según el método soviético, con mucha competencia entre ellas, durante horas interminables en las que se insistía en repeticiones para conseguir una automatización. Convertirse en robots era algo que iba contra el carácter griego”.

Es poco probable que Platanioti y sus compañeras se volvieran autómatas. Lo cierto es que sobrevivieron. Sin un centro de alto rendimiento, ni una residencia, como sucede en las grandes potencias, incluida España, a Tarrés le llamaron la atención las suplentes. Cinco niñas menores de edad, originarias de provincias, que se instalaron en un piso de Atenas para preparar el preolímpico. Penélope, Kristalenia, Eleni, Adriana y Georgia, algunas sin las cualidades físicas que demanda la ortodoxia, fueron seleccionadas por la entrenadora para plasmar su idea, porque descubrió en ellas un potencial expresivo, una flexibilidad, y una fuerza invisible. “No elegí a las mejores, elegí a aquellas que podían aportar algo diferente”, dijo. “¿Qué importa si tiene las rodillas dobladas cuando puede hacer un Minotauro?”

Las cinco eran júniors nacidas entre 2001 y 2004 y formarían el núcleo del equipo titular. Pero no solo ignoraban los rudimentos de la máxima competición. Aprendían a vivir. Necesitaban una catarsis. Una ceremonia iniciática.

Madrugada en la piscina

“En mayo nos encerramos todas en el hotel Vitar de Lloret de Mar, que tiene piscina”, contó Tarrés. “Necesitaba trabajar con las personas antes que con las deportistas. Sacarlas de su entorno. Crear algo nuevo. Llevé a la pedagoga Marta Badías. Hicimos los ejercicios de David Berceli de liberación del trauma. Entrenamos de nueve de la noche a dos de la madrugada, para estar totalmente solas y concentradas”.

El resultado fue Ícaro. “Un milagro”, según su creadora. Una obra maestra que no se representará en la final olímpica del sábado por razones sanitarias después de tres semanas de crisis que comenzaron cuando el martes 13 de julio la prensa griega informó de que Platanioti había dado positivo. La estrella del equipo repitió dos PCR entre el 22 y el 26. Dieron negativo. El 27 Platanioti se embarcó hacia Japón. El lunes compitió en dúo. Al terminar se encontró indispuesta. Junto con ella, cuatro nadadoras dieron positivo por covid antes de poner punto final a una aventura que acabó como acabó Ícaro.

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