PSG-Bayern, el Partido
La ambición desató el fútbol de las ataduras que lo vuelven previsible. Fuera cadenas: a jugar con aspiración atacante, con el deseo de ganar


El balón iba y venía y el resultado también hasta alcanzar la cima de un 5 a 4. El PSG y el Bayern honraron el fútbol en un partido memorable. Dos equipos de gran armonía colectiva, pero las costuras del orden las rompía una y otra vez el orgullo casi amateur de los jugadores: generosos hasta la imprudencia, valientes hasta lo temerario, honestos hasta la emoción.
Atlético y Arsenal fueron un ejemplo más cercano a la norma: un pulso en el que encajaban a la perfección palabras como disciplina, duelo, disputa, lucha. Y, muy de vez en cuando, asomaba un destello, una figura que lograba encontrar medio metro o medio segundo. 1-1 y a esperar la siguiente batalla, que será igual de ardua. Nada que reprochar. Son grandes equipos y es la fórmula al uso.
Pero volvamos a lo excepcional.
La ambición desató el fútbol de las ataduras que lo vuelven previsible. Fuera cadenas: a jugar con aspiración atacante, con el deseo de ganar. La ambición sana de quienes parecían haber recuperado la infancia en su deseo de lucirse y disfrutar. Y también la ambición más salvaje, ese encuentro casi animal con el balón, que disputaban en cada acción como si fuera la última.
Había además una voluntad de agradar, de demostrar atrevimiento. De ofrecer algo distinto para consumo de tipos felices de estar ahí, de ser testigos de algo pocas veces visto. Este es un juego en el que, si estás entregado a un equipo, es que estás dispuesto a sufrir por placer. Como espectador neutral, sin vínculos emocionales ni con el PSG ni con el Bayern, pude disfrutar de cada minuto sin angustia, con la rara tranquilidad del observador.
Lo mismo saboreaba la potencia lanzada en velocidad del georgiano Kvaratskhelia, con su habilidad hecha de frenos y arranques, que la de ese diablo con cuerpo de mimbre del colombiano Luis Díaz, que se comió el campo de principio a fin. Si queríamos pausa y sentido estratégico, ahí estaban Vitinha y Kimmich, dos deslumbrantes estilos de conducción.
En cada rincón del campo había un jugador que pedía protagonismo contribuyendo a la gran obra colectiva. Sobran buenos jugadores, por supuesto, pero lo importante es que todos se animaban a asumir riesgos, a atacar en masa, a correr hasta el agotamiento, sí, pero en busca de la excelencia. Esto es, de jugar por la gloria.
Me avergonzó mi desconfianza. Mi sospecha de que el fútbol se hará mediocre por exceso de previsibilidad. Pero estábamos ante un partido con una seriedad bien entendida: la que fortalece el espectáculo con un método valiente y no mezquino. Con la conciencia de que no hay aventura sin riesgo.
El fútbol puede ser una fiesta gloriosa o una expresión de mediocridad tan vulgar como cualquier rutina de la que deseamos escapar. Como cada vez se analiza más, cada vez se controla mejor, de modo que resulta difícil encontrar exhibiciones de este nivel.
¿Por qué escribir un sábado sobre un partido jugado el martes? Porque se trató de un partido histórico, uno de esos que, en una vida, se cuentan con los dedos de una mano. PSG y el Bayern representan dos formas de poder. Uno emergente, otro consolidado. Y el poder, a veces, produce sospechas. La mejor forma de disiparlas es jugar al fútbol divinamente, deslumbrando al mundo.
Habrá un segundo capítulo y ojalá esté a la altura. Pero si no lo está, ya da igual, porque este partido recordó algo esencial. Que el fútbol solo necesita atreverse para ser lo que fue. Como cada vez que entramos a un estadio, renovaremos la ilusión. Pero dan ganas de decir: jueguen tranquilos muchachos, ustedes ya cumplieron. Ya nos enseñaron.


























































