El PSG – Bayern, bestialmente bello
El culto al egoísmo y al becerro de oro, al negocio por el negocio, quedaron seriamente dañados en un partido en el que triunfó la solidaridad y el encanto del fútbol como juego de equipo


La industria del entretenimiento, cada vez más interesada en convertir el deporte en espectáculo, haría bien en visionar repetidamente el partido ofrecido por el PSG y el Bayern de Múnich. No hay mejor manera de explicar en qué consiste el juego del fútbol que el soberbio encuentro del Parque de los Príncipes. El partido fue extraordinario de principio a fin precisamente por su continuidad, hasta el punto de que la intervención del VAR pareció sobrera, más que nada porque los aficionados y espectadores parecían dispuestos a aceptar cualquiera que hubiera sido la decisión del árbitro suizo Schärer.
Los errores de los colegiados pasan a formar parte del juego cuando los futbolistas se baten de manera noble, generosa y nada especulativa y, por tanto, cualquier interrupción resulta contraria a la esencia del relato futbolístico, ejemplarizado en la ida de la semifinal de la Champions de París. Quizá no fue una casualidad que la Copa de Europa fuera impulsada, además de Bernabéu y el Madrid, por el diario francés L’Equipe en 1955. Aunque no hay una receta para ganar un torneo tan espectacular, el PSG es ahora mismo el campeón y el máximo candidato para revalidar el título si no lo impide el Bayern.
Ambos equipos brindaron un partido extraordinario, desde el punto de vista físico y táctico, colectiva e individualmente, único si se atiende a la efectividad y a la incertidumbre, que es la gracia del deporte, como saben los patrocinadores e inversores, siempre dispuestos a regular la competición para limitar los riesgos, como se comprueba en el formato de la Liga de Campeones. El miércoles se vivió una noche de plenitud futbolística por las alternancias de la cita, el ritmo y la intensidad, la audacia y la voracidad de dos contendientes que no se rindieron ni pusieron excusas o reproches al marcador, cualquiera que fuera, incluido el 5-4.
Los goles fueron brillantes por la calidad de los seis delanteros en nómina: Doué, Kvaratskhelia y Dembélé, por parte francesa, y por el bando alemán: Luis Díaz, Olise y Kane. A sus 32 años, Kane se reivindicó como el futbolista extraordinario que ha sido siempre, con más o menos títulos, síntesis de cómo se debe interpretar el juego en un momento de máxima exigencia, decisivo en sus ayudas a una línea de centrocampistas que actuó en inferioridad respecto a la formada por Vitinha, Joao Neves y Zaire-Emery. Kane quiso ser el mejor de los mejores cuando sintió que se celebraba el mejor de los partidos en París.
A partir de su categoría, cada futbolista actuó al servicio del equipo, fieles a la idea de juego inequívoca de sus entrenadores, los dos especialmente ofensivos en el planteamiento, agresivos con la pelota, nada mezquinos, dispuestos a que el partido se decidiera como en el patio del colegio: gana el que mete un gol más, incluso cuando se encajan cuatro, también en la Copa de Europa. El mensaje de París avala la propuesta de Flick siempre que el Barça pueda fichar a jugadores que marquen la diferencia –no pudo contratar a Luis Díaz– e invita a reflexionar sobre el vínculo en el campo de Mbappé con el Madrid. El PSG no extraña al 10.
El culto al egoísmo y al becerro de oro, al negocio por el negocio, quedaron seriamente dañados en un partido en el que triunfó la solidaridad y el encanto del fútbol como juego de equipo, puro y natural, sin interrupciones ni tecnología innecesaria, simplemente respetuoso con el sentir del aficionado, bestialmente bello para los espectadores del Parque de los Príncipes. La continuidad que tuvo el partido, impredecible en el resultado, fue la mejor respuesta a cualquier artificialidad, distracción y anuncio, incluso al intervencionismo exagerado del VAR. Ya tarda en llegar el encuentro de vuelta que se disputará el miércoles en Múnich.


























































