_
_
_
_
_

El español Carlos Rodríguez se impone en una etapa espectacular del Tour, con ataques sin tregua entre Pogacar y Vingegaard

El corredor de Almuñécar, debutante de 22 años, se coloca tercero en la general, mientras que el líder aumenta un segundo su ventaja sobre el esloveno

Carlos Rodríguez, celebra, este sábado, la victoria del Tour en Morzine.
Carlos Rodríguez, celebra, este sábado, la victoria del Tour en Morzine.CHRISTOPHE PETIT TESSON (EFE)

En Morzine, la ley es el descenso. Hacia Morzine, las últimas laderas de la Joux Plane, su vertiente norte, Jean Vuarnet descendía con los esquís hecho un huevo, redondo, aerodinámico, volaba casi como vuela Carlos Rodríguez, que no es un huevo, es una flecha, un dardo que alcanza entre un caos de humos y motos, y ruidos, a dos que se miran embobados, dos genios en su luna, uno de blanco, uno de amarillo, y sin mirarles siquiera aprieta más fuerte en los pedales, abre bien los ojos imperturbables detrás de unas gafas que esconden su expresión, los labios finos cerrados, les pasa y les corta en la curva siguiente, la última vez que le ven los sabios sorprendidos, Tadej Pogacar y Jonas Vingegaard, tan ensimismados, tan lejos del sueño humano. Dos pistards en surplace en un velódromo inclinado al 10%, íntimo, particular, en medio de la barahúnda. Tan lejos, de repente, de Carlos Rodríguez, que tiene 22 años y no tiene miedo de nadie, y quiere jugar en el patio de los grandes y ganarles, y les gana.

El granadino, que alcanzó casi los 94 por hora en el descenso, es el español más joven que gana una etapa en el Tour, una marca que pertenecía a José Antonio González Linares, capaz de derrotar, a los 24 años, a Eddy Merckx en una contrarreloj del Tour del 70.

Carlos Rodríguez, de Almuñécar, debutante en el Tour, gana la etapa más dura del Tour. La gana corriendo delante todo el día. La gana y ya es tercero de la general. La gana descendiendo como vive, como respira y como piensa, con audacia y con control, con riesgo pero sin locura, sensato y atrevido. Técnica perfecta, aprendida de niño, en la escuela del BMX. Una fórmula única. Solo él conoce el secreto.

Morzine ha dado a la luz a un grande. Jolgorio y fiesta. El futuro existe.

Salida de Annemasse, casi en Ginebra, al otro lado del río. Siete Tours en dos metros. A un lado de la valla, a la izquierda, la carpa oficial del Tour, Thévenet, dos Tours, y los directivos uniformados, camisa blanca con falsas coderas oscuras, hablan y cuentan sus aventuras a invitados importantes, abrazan cariñosos, sonrientes, a Vasseur, el jefe del Cofidis, el ganador del día; a la derecha, con los cualquieras, camisa de esas indistinguibles, cuadritos azules y marrones, que compran las esposas en H&M, pantalones chinos azules. El último francés de amarillo en París, ya hace 38 años, habla, cuenta anécdotas compartidas, con dos gendarmes de muchos Tours, las manos inquietas, como con necesidad de estar tocando siempre algo, los dedos nerviosos jugueteando con la acreditación colgada del cuello, la mirada curiosa detrás de las gafas. A los viejos que pasan cerca, les infunde respeto, le piden selfies, le saludan admirativos; a los jóvenes desconocidos, indiferencia.

Hinault, un modelo, no habla ese lenguaje cebolleta de en mis tiempos sí que era ciclismo… Hinault, inquieto, se rinde ante los jóvenes. “Su duelo es genial, espectacular, una lucha diaria, verdadera…”, dice Hinault, que no esconde su debilidad por Pogacar, en el que se ve quizás, como él se levantó después de la derrota y dio más duro, el signo del campeón. “Desde que llegó al pelotón no teme atacar en cualquier momento y eso da ganas a todos de imitarle… Y los que vienen son iguales, geniales, Evenepoel, Ayuso…”.

¿Será así también dentro de 40 años con Pogacar, con Vingegaard? ¿Será alguno alguna vez tan grande como Hinault, cinco Tours, tres Giros, dos Vueltas, un Mundial, dos Liejas, dos Lombardías, una París-Roubaix, tres Dauphinés, y muchas más victorias? ¿Serán quizás, incluso tan generosos con la gente del futuro como el bretón tozudo, victorias ensangrentadas, la cólera como combustible después de la derrota, épica bajo la nieve, y un puñetazo a un huelguista que le cerraba el paso? ¿Por qué no habla Hinault de Carlos Rodríguez que unas horas después se infiltra en el duelo de todo el Tour?

Habla de Pogacar y Vingegaard que después de que los Jumbo cocieran al pelotón en el horno de La Ramaz, 14 kilómetros al 7% que se ascienden ya a 22 por hora, no a 20 como en los tiempos de Hinault, y después de que los grandes secundarios de uno y de otro, Majka, Yates, Kuss, Van Aert, despejaran el cuadrilátero en la vertiente sur de la Joux Plane, 11,6 kilómetros al 8,5%, lo más duro del Tour hasta ahora, sol que aplana, ni una sombra de los árboles que la racanean en las cunetas, solo un jolgorio ensordecedor de masas y motos, se enfrentan, un día más, una montaña más, cara a cara. Rodríguez, Hindley, los Yates, Pello, Kuss, todos se han desvanecido. Suben detrás, a su ritmo.

Ahí están. Nunca faltan a su cita. En un rincón, manos desnudas, ojos desnudos también, mirada clara, Pogacar, y el mechón rebelde por las rendijas del casco de guerra, la aleta del tiburón amenazante; en el otro, guantes, gafas, amarillo, Vingegaard. El aire pesado se carga de electricidad. El relámpago es inevitable. Es Pogacar el primero, es Vingegaard que pierde su rueda pero, como en el Puy de Dôme no le pierde de vista, y el esloveno se vuelve y ve su sombra que se alarga, que se acerca, que se mantienen a la distancia como para seguir cocinándolo a fuego lento, matándole con la duda. Nunca más lejos de cuatro segundos, 20 metros, en los dos kilómetros de pulso a distancia. A 1.700 metros Pogacar se rinde. Se deja alcanzar. Solo le interesa ya ganar los 8 segundos de bonificación en la cima. Quedan 500m de suplicio en el infierno cuando Pogacar, el rayo, golpea de nuevo. Las motos le cierran el paso cuando Vingegaard tarda en alcanzarlo. Dos esfuerzos sin recompensa. El tercero lo hace Vingegaard, que le levanta la bonificación.

Más tarde, en el falso llano de Ranfolly, siempre sol que quema, les alcanza, les paraliza, un relámpago de Almuñécar, que desciende loco y cuerdo, que no perdona, que, certero, gana. Que hará, seguramente, que Bernard Hinault conozca ya y cite su nombre como un grande que llega.

Los españoles sueñan. Carlos Rodríguez analiza y piensa. Los genios toman aire y hacen cuentas. Las pueden hacer con los dedos de la mano. Ocho segundos por aquí, cuatro por allá y uno allí: en total, a Vingegaard todo el esfuerzo del día, la destrucción cocinada por su equipo, le renta 1s. Le llevaba 9s al esloveno, le lleva 10s antes del Mont Blanc.

Así ha quedado la clasificación de la etapa:

PosiciónCorredorEquipoTiempo
1C. RodríguezIneos Grenadiers3:58:45
2T. PogacarUAE Team Emirates+5s
3J. VingegaardJumbo-Visma+5s
4A. YatesUAE Team Emirates+10s
5S. KussJumbo-Visma+57s

Clasificación general:

PosiciónCorredorEquipoTiempo
1J. VingegaardJumbo-Visma57:47:28
2T. PogacarUAE Team Emirates+10s
3C. RodríguezIneos Grenadiers+4:43s
4J. HindleyBora-Hansgrohe+4:44
5A. YatesUAE Team Emirates+5:20

Puedes seguir a EL PAÍS Deportes en Facebook y Twitter, o apuntarte aquí para recibir nuestra newsletter semanal.

Regístrate gratis para seguir leyendo

Si tienes cuenta en EL PAÍS, puedes utilizarla para identificarte
_

Sobre la firma

Carlos Arribas
Periodista de EL PAÍS desde 1990. Cubre regularmente los Juegos Olímpicos, las principales competiciones de ciclismo y atletismo y las noticias de dopaje.

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_