Países Bajos retiene la corona mundial de hockey hierba

El equipo holandés firma su mejor encuentro del torneo en la final y somete a Argentina para revalidar el cetro, su noveno en 15 ediciones

Succi detiene un penalti-córner de Holanda.
Succi detiene un penalti-córner de Holanda.Alejandro Garcia (EFE)

La bola corría por los sticks de Países Bajos como el hockey lo hace por sus venas, selección universal y auténtica capataz del deporte, ya con nueve Mundiales de los 15 que se han disputado. Los tres últimos de carrerilla y este, en Terrassa, frente a una Argentina que hasta la fecha parecía mastodóntica y que tras la final ante Holanda quedó reducida a poca cosa, rival de paja por la enorme superioridad tulipán. Sí que se medían los dos mejores equipos del mundo (sobre todo desde que Australia ya no es lo que era), aspirantes las Leonas tras un torneo excelente, recientes ganadoras de la Pro League; pero a Países Bajos no hay quien lo tosa. Ni siquiera Argentina. Así se lo explicó en la pasada final de los Juegos de Tokio (3-1); así lo ratificó con una nueva corona mundial (3-1).

Como si quisiera hacer honor a las notas de Hans Zimmer de Gladiator que la soprano entonó en el acto de clausura, Argentina pretendió de inicio presentar su candidatura, feroz en la presión, hockey a bocados de pases directos que saltaban líneas de presión para poner en aprietos a los Países Bajos. Así, como aperitivo, llegaron dos penalti-córners, también los dos chutes de Gorzelany, la máxima goleadora del torneo con ocho tantos. El primero, con un rebote, casi sorprende a Josine Koning, una portera que saca manos y pies sin remisión; el segundo, torcido, se fue alto. Y ahí se acabó el ímpetu de Argentina, sometida por la calidad técnica de Holanda, capaz de mover la bola de lado a lado hasta arrinconarla, también física y vigorosa ante los contactos rivales, pues ya en el primer acto se vieron dos cartulinas verdes, una por equipo.

Construido el juego con pases desde la raíz de Koolen, catapultado por Verschoor y dinamizado por Felice Albers en el balcón del área rival, Holanda hizo gala de ese sobrenombre de Naranja Mecánica que Cruyff y sus compañeros se granjearon en el fútbol en la década de los años 70. La bola era suya, el hockey también. Y, de tanto llegar, después de varios penalti-córners y espléndidas paradas de Succi, Yibbi Jansen le pegó -no era la lanzadora principal, porque Matla estaba en el banquillo- y aunque lo paró Succi, el rechazo fue a parar al stick de Verschoors y de ahí a gol. Sin tiempo para reponerse de la bofetada, Sanders leyó el desmarque de Matla, que encaró a la portera y la deshojó como una margarita, remate a la red. Doble hachazo.

No se rindió Argentina, pues se esmeró en darle ritmo al juego, en intentar definirse con carreras individuales. Pero ni con esas hacía daño a Países Bajos, que autografió la jugada del torneo para sellar la final, una contra de arrea para las videotecas. Doble pared para sacar la pelota desde su área, pase vertical de De Goede y un impulso de Moes para la carrera de Albers, que la colocó en la portería ante la salida de Succi. Holanda era demasié, un equipo superlativo que aclaró su liderato en el ranking mundial a la grande, por más que Groszelany dejara su muesca, el gol del honor con un penalti-córner al tiempo que desde la grada se reactivaban los gritos de: “¡Vamo, vamo Argentina!”. Y eso que no había completado un gran partido Países Bajos en el torneo, pues en cuartos superó con sudores a Bélgica (2-1) y en las semifinales batió a Australia -tercera del certamen- por la mínima (1-0). Resulta que se había guardado lo mejor para la final, para contarle a Argentina y al resto del planeta que la corona mundial no se toca.

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