TENIS | OPEN DE AUSTRALIA
Columna
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Rafael y la mirada del compromiso

Esta gesta trasciende el mérito deportivo. Es una buena prueba de lo que verdaderamente da sentido a la carrera de mi sobrino

Nadal saluda a los aficionados australianos durante la ceremonia final en Melbourne.Foto: AARON FRANCIS (AFP)

La final del domingo fue uno de los partidos más importantes de la carrera deportiva de Rafael. Si no el que más. En ese encuentro doblegó a su favor, hasta que Roger Federer o Novak Djokovic digan lo contrario, el desempate por el liderazgo en la historia del tenis. Como ya le ocurriera al serbio en el último US Open, creo que los nervios propios de un duelo tan crucial tensaron en exceso a mi sobrino en los primeros compases contra Medvedev. Durante la primera manga y hasta bien entrado el segundo set, sus golpes estuvieron atenazados y le fue imposible desplegar el buen juego que había venido haciendo en sus rondas previas.

Durante todo ese tiempo tuvo un porcentaje muy bajo de primeros saques, su golpe de derecha no hacía daño y el revés, que la ronda anterior había funcionado a la perfección, no era suficientemente ofensivo. Su porcentaje de errores también estuvo muy por encima de lo que es costumbre en él. Y de ahí la clara victoria en este parcial del jugador moscovita, que se mostró muy superior a Rafael. A pesar de conseguir nivelar el juego en el segundo set y de tener muchas opciones de ganarlo, acabó por cederlo en el tie break y por meterse en muy serios problemas.

En toda la última semana mantuve muchas esperanzas de que Rafael consiguiera el título, y así se lo había dicho en varias ocasiones a mis hijos, que me apremian siempre con la misma pregunta, pero en ese momento sentí que prácticamente se habían esfumado nuestras opciones. Teniendo en mente todo lo que ha ocurrido este último medio año, y que ya se ha mencionado suficientemente, uno de mis mayores temores era que el encuentro se alargara más de lo deseado. Y ahí fue cuando mi sobrino me volvió a sorprender por un número de veces del que ya he perdido la cuenta. Cuanto más alejados estábamos de la victoria, con dos sets a cero y 3-2, 0-40 en el tercero, de nuevo me admiró su autocontrol, su fe inquebrantable en la victoria, su capacidad de lucha y su tenacidad.

Nunca me ha gustado hablar públicamente y más de la cuenta de un familiar, y mucho menos ensalzarlo. Sin embargo, hoy me cuesta no hacerlo. Pocas veces he visto una lucha tan titánica y un partido tan épico. Siendo el hecho de ganar el mayor número de Grand Slam de la historia un acontecimiento por sí solo altamente reseñable, lo que más destacaría son las condiciones tan adversas que ha logrado superar para conseguirlo.

He visto en Instagram un vídeo conmemorativo del ATP Tour de esos 21 títulos en el que, curiosamente, la primera imagen era la de Rafael niño en un partido que, además, recuerdo perfectamente. Jugó contra un rival bastante mayor que él y, por tanto, muy superior. Cayó claramente derrotado y, sin embargo, he visto en ese vídeo la misma mirada luchadora y apasionada que fue recuperando en los momentos más adversos de la final. Esa lucha no te garantiza la victoria, de hecho no siempre ha sido así, pero te asegura la satisfacción personal y la tranquilidad de saber que cumpliste con tu compromiso.

En cierta ocasión, un extenista me comentó que se arrepentía de no haber peleado cada partido de su carrera al cien por cien y se lamentó de que se diera cuenta de eso demasiado tarde. Cuando se lo conté a Rafael, intentando que él aprendiera la lección, me contestó: “No te preocupes, que eso no me va a ocurrir. Cuando me retire, me iré con la tranquilidad de haber hecho todo lo que estaba en mi mano”. Y lo que ocurrió en la Rod Laver Arena fue una demostración más de ello. Esa gesta creo que trasciende el mérito deportivo. Es, más bien, una buena prueba de lo que da sentido y mérito a la carrera de Rafael.

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