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Columna
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La ‘cartuja de Parma’, el Milan y la travesía del desierto

Los ‘rossoneri’ marcaron una época con varios equipos legendarios y cinco Champions, pero su largo tránsito por la mediocridad y su sequía no parecen haber llegado a su fin

Ibrahimovic, con el Milan.
Ibrahimovic, con el Milan.MIGUEL MEDINA (AFP)

Una vez le pidieron a Camilo José Cela que planteara el argumento de una buena novela. Él respondió: “Un hombre y una mujer se aman. Punto final. Con algo de talento le sale La cartuja de Parma”. A Luis Aragonés le preguntaron también algo parecido sobre su oficio y dio aquella definición: “Ganar, ganar, ganar y volver a ganar…”. En la literatura y en el fútbol la mediocridad es una ciénaga de la que se tarda en salir cuando el barro alcanza las rodillas. El Barça mide estos días en el mapa deportivo y anímico cuánto puede durar una travesía en el desierto cómo en la que se ha embarcado. Caer, tocar fondo y reconstruir. “Solo falta volver a ganar”, dijo Laporta en el vestuario. Un pequeño detalle en el fútbol, solo comparable al “talento” de Stendhal para escribir La cartuja de Parma en 1839.

Italia es un pedagógico manual de instrucciones para saber cómo pasar de ser un campeón a un Don Nadie en un brevísimo lapso de tiempo. Sobre todo cuando uno pierde el brillo y deja de ganar. La historia reciente del AC Milan sirve para entender lo largo y asfixiante que puede hacerse ese tránsito entre las dunas deportivas y emocionales de un equipo. Los rossoneri, durante mucho tiempo indiscutibles reyes de Europa, llevan 15 años sin llegar a una final de Champions. Casi el mismo tiempo que emplearon para ganar las últimas cuatro. Todo acaba y empieza siempre con un nombre: un jugador, un entrenador o un presidente. Y el responsable -de lo bueno y de lo malo- fue, en gran medida, Silvio Berlusconi, uno de los personajes surgidos de ese claroscuro entre dos siglos y que ahora pretende volver como Presidente de la República a los 85 años.

Cuando Il Cavaliere se puso la bufanda roja y negra, el club estaba en bancarrota y había pasado por la Serie B. Su anterior propietario, Giussy Farina, alquilaba Milanello para celebrar bodas y bautizos. En 1986 Berlusconi se lo compró a la familia Farina por 20.000 millones de liras (10 millones de euros), ganó cinco Champions -de las siete que tiene- y construyó varios equipos que marcaron una época con Sacchi y Capello de directores de orquesta. Aquel Milan llegó incluso a amenazar la histórica hegemonía en Europa del Real Madrid. Pero el equipo ligó su suerte a la de su presidente, acosado por los escándalos políticos, sexuales y financieros. Y terminó hundido en el barro.

La decadencia de los rossoneri -y la de Berlusconi- marcó una curva descendente en toda Italia (moral y deportiva). Cuando el Milan de Gullit, Rijkaard y Van Basten dominaba Europa, la liga italiana era la meca del fútbol mundial. Pero el calcio se vio arrastrado por aquel lastre y el de un grupo de empresarios que se cansaron de sus juguetes o, directamente, los quebraron. Hoy el Milan se asoma de nuevo, con algo de fatiga, a la élite. Es segundo en la Serie A a un dos puntos del Inter -con un partido menos- e intenta construir un equipo nuevo plagado de jóvenes. Pero el club es hoy propiedad de un fondo buitre, más pendiente de las cuentas que de los resultados, y se agarra a la luz menguante de una vieja estrella como Ibrahimovic.

En el universo de las travesías del desierto está ya casi todo inventado. La norma número uno señala que debe llamarse al máximo número de exponentes de la última era dorada para reverdecer los laureles. Y si puede ser, sentar a uno de ellos en el banquillo. Los rossoneri entregaron el mando del equipo a Leonardo, a Seedorf, a Inzaghi, a Gattuso o a Brocchi. Y también recuperaron a Maldini para los despachos. Los regresos de Koeman, Xavi, Laporta o Alves son poca cosa al lado de lo del intento del Milan por revivir su gloria. Son modelos distintos, pero nada ha funcionado del todo este tiempo. El club lombardo ha levantado solo una Supercoppa italiana en 11 años y sigue solo aspirando a competir y a ser valiente en las grandes citas, como diría Laporta. La travesía para volver a ganar se puede hacer muy larga.

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Sobre la firma

Daniel Verdú

Nació en Barcelona en 1980. Aprendió el oficio en la sección de Local de Madrid de El País. Pasó por las áreas de Cultura y Reportajes, desde donde fue también enviado a diversos atentados islamistas en Francia o a Fukushima. Hoy es corresponsal en Roma y el Vaticano. Cada lunes firma una columna sobre los ritos del 'calcio'.

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