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No olvidemos a Rod Laver

Aunque Djokovic, Federer y Rafael son los que más grandes atesoran, creo que sería un grave error no incluir en la cúspide de nuestro deporte al mítico jugador australiano

Rod Laver saluda a los aficionados de la Arthur Ashe durante la final entre Djokovic y Medvedev.
Rod Laver saluda a los aficionados de la Arthur Ashe durante la final entre Djokovic y Medvedev.MATTHEW STOCKMAN / AFP

Incluso a los grandes campeones, a veces, lo nervios les traicionan y les impiden soportar la presión que en un momento dado deben asumir. Esto es lo que le sucedió en la final del domingo a Novak Djokovic. Él sabía que estaba ante el partido más crucial de su vida, el encuentro que iba a determinar el debate del que se ha hablado tanto en el ámbito tenístico: quién es el mejor jugador de la historia de nuestro deporte. El serbio, Roger Federer o Rafael. Es verdad que ellos tres son los que atesoran en sus vitrinas más torneos del Grand Slam, 20 cada uno, pero también lo es que tanto los aficionados como los expertos tenemos la memoria más bien corta y tenemos en consideración solo a los jugadores actuales. A lo sumo, a los más recientes. Pasa en otros deportes, también.

Yo creo que sería un grave error no incluir dentro de los situados en la cúspide histórica del tenis a Rod Laver. Hoy día, nadie ha logrado igualarlo en el hecho de completar el Grand Slam en un mismo año. Él lo hizo dos veces, en 1962 y en 1969 y, entre una y la otra, transcurrieron siete años en los que no pudo competir porque los profesionales no podían participar en los majors.

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Es verdad que es muy difícil establecer comparaciones de distintas épocas, pero hay una cuestión que, sin duda, nos acerca a poder hacerlas. Determinar quién ha conseguido alejarse más de sus perseguidores. En este sentido, el mítico jugador australiano lo logró en la misma medida que los tres actuales jugadores que, a pesar de haber tenido que coexistir, se constituyeron en un trío en un estrato superior al resto.

Volviendo a la final, podríamos argumentar que el break inicial que le hizo Medvedev a Djokovic hizo mella en el jugador serbio, quien vio rápidamente que la táctica que él se había planteado con peloteos largos desde atrás no le iba a funcionar ya que el ruso estaba dispuesto a sufrir. O que el nuevo campeón logró sacar muy bien durante todo el partido y que es merecedor del título y firme candidato a otros por venir. Pero no podemos obviar esa traición de la que hablaba, bien patente en esas lágrimas del gran campeón serbio jugando uno de los últimos juegos del tercer set. La enorme losa que le supuso todo lo que estaba en juego para él le impidió oponer resistencia al implacable juego de Daniil. Y he de reconocer que me sorprendió verlo tan afectado. En los últimos tiempos, quizás se ha mostrado algo menos resistente, pero de todos es conocida su enorme capacidad para soportar los momentos de máxima tensión con fortaleza y concentración.

Por mucho que los entrenadores preparemos a nuestros jugadores intentando abarcar todos los aspectos del juego, las distintas estrategias para encarar un partido, mejorar la técnica, pulir los golpes y la resistencia física, hay algo que no siempre se puede controlar: el dominio de las emociones en momentos determinados de un partido o, en este caso, en el momento decisivo de toda una trayectoria deportiva.

Yo creo que tanto Roger como Rafael habrán respirado aliviados (y supongo que Rod Laver también) y que deben sentirse ahora con algo más de fuerza para seguir con la carrera el curso que viene. Djokovic acusará un tiempo tan dolorosa derrota pero levantará cabeza para afrontar la próxima temporada. Federer y Rafael verán sus ánimos renovados para luchar por su recuperación. Y los tres van a seguir dando motivos a sus millones de seguidores, aún en vilo, para seguirlos y apoyarlos por un tiempo más.

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