TOUR DE FRANCIA

La balada de Valverde y Colorado Kuss en el Tour de Francia

Victoria en Andorra del escalador del Jumbo con un puñado de segundos sobre el murciano, mientras Pogacar deja hacer a todos

Alejandro Valverde durante la 15ª etapa del Tour de Francia.
Alejandro Valverde durante la 15ª etapa del Tour de Francia.STEPHANE MAHE / Reuters

Tadej Pogacar abre la puerta y se fuga el pelotón. Hay de todo delante, jóvenes lobos, viejos rockeros, clásicos, oportunistas, escaladores y soñadores. Y un soñador gana la etapa, Sepp Kuss, un americano de Durango, Colorado, con mirada de vaquero de western, de Río Bravo, quizás, siempre poniéndose la mano en la frente para mirar hacia el oeste, hacia la puesta del sol que le guía, feliz haciendo relinchar su caballo. Así entra el Tour de Francia en los Pirineos ardientes.

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Para enseñar su mirada a todos, Colorado Kuss se quita las gafas negras unos metros antes de cruzar la meta, y en plena borrachera de alegría, las lanza al público. Luego, solo 23s más tarde, llega Alejandro Valverde, el mejor de los viejos rockeros, segundo en la etapa, y casi le abraza y le felicita como un padre a un hijo que ha aprobado la selectividad, y más contento que él, incluso, o como el veterano que con los ojos encantados lleva el ritmo con una caja mientras el niño con un banjo le canta a su chica una balada. Y por edad, aunque tenga 41 años y 78 días, y nadie tan mayor como él ha quedado nunca segundo ni primero en una etapa del Tour, no podría ser su padre: Kuss, hombre de confianza de Primoz Roglic liberado, y ya ganador en Asturias de una etapa en la Vuelta del 19, no es muy mayor, pero ya tiene 26 años.

A la fuga solo faltan Pogacar, sus amigos y el grupo de amigos/enemigos (el coro de secundarios habituales), tan arrimaditos los siete, tan traviesos, que en las montañas de Andorra, en la interminable Envalira, en la brusca Beixalís, parecen una panda de niños jugando al escondite en el bosque, ahora me ves, ahora me voy, ahora dónde estoy, cuenta hasta 10 y ven a buscarme.

Y mientras ellos se divierten sin apenas hacerse ni un rasguño, el líder, con su maillot amarillo, y ya sin compañeros de equipo, que se han pasado el día tirando, hace de hermano mayor serio (y es más joven que todos ellos, 22 años), que aguanta lo que puede, y controla sin enfadarse demasiado Es una forma de ejercer su poder absoluto. La primera semana fue caótica y salvaje por falta de control; la segunda, previsible y más sosa por exceso de control; la tercera, que empieza el martes con la continuación de la travesía pirenaica, y dos finales en alto, Portet el miércoles, día de la Bastilla, y Luz Ardiden el jueves, será la que permita a los que van a por el segundo pelear por fin en serio, serio, y entre ellos estará Enric Mas, que jugó ayer con todos –con Rigo, quien por primera vez en muchos años, aceleró en cabeza de un grupo; con Carapaz, el más tenaz; con Vingegaard, el más fuerte; con O’Connor, irredento y débil--, y acabó como todos, con barro en las rodillas y cansado.

Una golondrina no hace verano, dice Nairo Quintana cuando está de mal humor, como está en este Tour. El león de Tunja se siente muy solo en el Arkea, que no le mima, se queja, y yo no puedo salvar al equipo, aunque lo intente, y, camino a Andorra la Vella, se cuela en la gran fuga del Tour para pelear por los lunares de la montaña. No los recupera pero se da cuenta de que el verano no lo hacen las golondrinas sino el sol que quema en los Pirineos, abrasa casi la piel fina de los ciclistas que se refrescan el cerebelo regándoselo con agua fresca de los bidones, y el calor asusta a los que leen que si sigue así esto, el calentamiento imparable, dentro de 20 años hará tanto calor en julio en Francia, y habrá tantas tormentas exageradas, que será imposible correr el Tour en julio, que más vale que se piense en un Tour en noviembre. No le disgustaría a Pogacar, quien puede que aún siga en activo y ganando por entonces, el ciclista que solo teme el calor y que se sorprende, eso dice, de no haberlo sufrido tanto como temía. “Era la etapa que más temía por eso, por el calor, y lo he pasado muy bien”, dice el ciclista de Komenda, que ya no sabe de qué asustarse. No de los rivales, por supuesto.

También se da cuenta Nairo, al que el viento en el descenso de Envalira le lleva de lado a lado de la ancha carretera, de que un ataque, o dos, como los que intenta para puntuar primero en el techo del Tour, los 2.408 metros de Envalira (y su casa en Tunja está 400 metros más alta aún), no le convierte en golondrina veraniega siquiera pero, al menos, le alegran el día a Valverde, que se siente fuerte y persigue a todo el que se mueve en Beixalís, donde todo se pelea. Y cuando ataca Kuss, Valverde sabe que es el ataque decisivo. Se le enciende más la mirada, se le afila la barbilla y se lanza de una, con todo, y se pega a la rueda del de Durango. Pero Kuss es fuerte, y vuelve a apretar, y baja un diente, dos, y se va. Valverde se niega a rendirse, aprieta más los dientes, se agarra a su ilusión. Cruza la cima de la última subida a apenas 20s del chaval de Colorado. Quedan 11 kilómetros de descenso. Los que enseñan a bajar en bici, a trazar las curvas, a descender rápido y sin riesgos, dicen que quien tiene miedo baja mal, que para bajar bien lo principal es no pensar, no dudar, dejarse llevar fluido por el instinto. Kuss no es el mejor bajador del mundo, pero Valverde no le puede recortar ni un segundo. “Me he visto en apuros en un par de curvas de la bajada y he pensado que es importante ganar, pero es más importante no caerse. Sencillamente no quería caerme”, dice el murciano, padre de cinco hijo, al que el calor ha devuelto el ánimo, tan bajo desde el inicio del Tour, y más aún el día que casi se congela en los Alpes.

Cuando le felicita a Kuss, este le dice que tenerle a él detrás, tan bueno, tan peligroso, le ha obligado a no relajarse ni un segundo, a dar el máximo, máximo. Y Valverde le dice, ay, pillín, que bien te ha venido vivir en Andorra, que bien te conocías el puerto.

Y todos se ríen porque el día siguiente no hay etapa. Los lunes, descanso.

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