Tour de Francia

Tadej Pogacar abrasa el Tour de Francia en la contrarreloj

Van der Poel mantiene el amarillo por 8s el día en el que el ganador de 2020 castiga duro a sus rivales por la general, a los que ya tiene a más de un minuto

Pogacar, durante la contrarreloj.
Pogacar, durante la contrarreloj.STEPHANE MAHE / Reuters

Terminada la contrarreloj los sabios contrastan sus previsiones con los resultados y se dan una palmada en la espalda unos a otros, justo lo que habíamos calculado, se dicen, sonríen y siguen con la mirada fija en la pantalla de sus ordenadores.

A 51 por hora, en 32 minutos, lo hemos clavado, dicen los técnicos de Tadej Pogacar, que abrasa el Tour y a los cinco días ya tiene a más de un minuto a los principales rivales por la victoria final (Rigo, a 1m 29s; Carapaz, a 1m 44s; Roglic, la momia sin vendas, a 1m 48s; Thomas, el descoyuntado, a 1m 54s; Enric Mas, a 1m 58s) y estos dan gracias al señor que traza el Tour por haber limitado las contrarrelojes a distancias moderadas, 27 kilómetros el quinto día, 30 kilómetros el penúltimo, porque, dicen los viejos con memoria, si fueran como en los tiempos de Indurain, de hasta 65 kilómetros, adiós ya, bienvenido al Tour, que es tu reino, Pogacar. Y aun no siendo los tiempos de Indurain, tampoco la esperanza tiene mucho que decir, ni la ilusión tan atractiva de que el Tour sería al menos un diálogo de eslovenos. Mudo Primoz Roglic por la heridas, el Tour de Francia de 2021 será el monólogo de un chaval, el prodigio esloveno de Komenda, que, probablemente, alcanzará la hazaña única de ganarlo dos veces con la misma edad, 22 añitos, en un plazo de 10 meses, gentileza del retraso a que la pandemia de covid obligó a la edición de 2020.

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Olvidada la sangre, y la detención por la policía de la nietecita del Opi-Omi que originó la primera gran caída no ocupa ya sino una nota a pie de página, el Tour está en su terreno, el de la tecnología y el bigdata, y se crecen los sabios que han aprendido tan bien a traducir vatios en kilómetros por hora, como Patxi Vila, que se felicita porque funcionó perfectamente la App diseñada por Telefónica Tech y pudo aplicarle a Enric Mas, el mejor español, que partió después, las referencias de Superman, los objetivos que debía alcanzar con cada pedalada, y que todo había ido muy bien. “Estamos en el buen camino”, dice el técnico del Movistar. Y los corredores les siguen la corriente.

Pogacar y Mathieu van der Poel se llevan muy bien. El nieto de Poulidor dice que el rubito esloveno es supersimpático, que se mensajea por Instagram muchas veces con él y que está muy contento de su victoria. “Ha hecho algo enorme”, dice Van der Poel, aún de amarillo por 8s gracias a lo que él considera uno de sus mejores días sobre la bicicleta, un miércoles que nunca olvidará (terminó quinto la contrarreloj a solo 31s del fenómeno), lo que hace tan feliz a Pogacar (entre otras cosas porque será el Alpecin del holandés el equipo que tendrá que trabajar en las dos etapas que quedan antes de llegar, el sábado, a los Alpes) que le lleva a decir que está supercontento por su amigo Mathieu, que se lo merece, que es una gran persona. Y tampoco ninguno de los dos se olvida de decir que, en el fondo, no habían sido ellos los responsables de su rendimiento, sino los técnicos que les habían hecho cambiar de posición para ser más aerodinámicos y sacar más kilómetros por hora de cada vatio.

Como si todo fueran ellos, los sabios, como si los 49,8 kilómetros por hora de media que alcanza Roglic dolorido fueran solo fruto de los vatios y la posición de la bicicleta, y no de su viaje más allá del umbral de dolor de una persona sin tramadol o morfina por medio, de su capacidad para mantener las manos en el manillar mientras la gota insolente se balancea en la punta de su nariz haciéndole unas cosquillitas insoportables, y aguanta, como si su corazón no palpitara. Como si Mas no hubiera clavado las mejores expectativas tras un comienzo titubeante porque le venía detrás Pogacar, partido dos minutos después, y simplemente lograr no ser doblado era un éxito, y así el esloveno fue la liebre que le empujaba. Como si Thomas no corriera con los hombros machacados en una caída hace tres días, como si a Van der Poel no le acelerara el deseo de no ceder el amarillo a Wout van Aert,

Como si nada, y quizás, porque lo dan por descontado los nuevos dueños del ciclismo, los responsables de rendimiento, siguen con sus fórmulas y solo si les zumba un poco admiten que quizás a ellos también les ha sorprendido alguna cosa. Lo acaba diciendo Pogacar y lo dice su gente, que sabía que estaba muy bien físicamente, mejor que en el Tour pasado incluso, con mejores números en el valor fetiche de estos tiempos, el umbral funcional de potencia (FTP), que son los vatios que puede alcanzar un deportista después de una hora de esfuerzo máximo, medido durante las tres semanas de concentración en altura, en Sestriere, entre mayo y junio, pero que dudaba de su contrarreloj, un ejercicio en el que aún tiene capacidad de mejora. Y los rivales que lo oyen, lloran. Abrasa el Tour y aún puede mejorar, ¡no! ¡Socorro!

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