TENIS | ROLAND GARROSColumna
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El precio de bajar la guardia

En los primeros juegos del tercer set, a Tsitsipas le faltó agresividad y ese extra de concentración que los más experimentados suelen dar en los momentos importantes

Tsitsipas, durante la final en París contra Djokovic.
Tsitsipas, durante la final en París contra Djokovic.IAN LANGSDON / EFE

Lo único que pudo haber aliviado un poco la decepción por la derrota de Rafael en su partido de semifinales de Roland Garros contra Novak Djokovic hubiera sido que este cayera derrotado en la final ante Stefanos Tsitsipas.

A lo largo de estas dos últimas semanas de competición se lo iba diciendo a mis hijos. El jugador que yo veía más capaz de vencer al serbio sobre tierra batida si se diera la oportunidad, aparte de mi sobrino, claro está, era precisamente el griego. Y durante buena parte del encuentro mantuve esperanzas de que fuera a ocurrir.

Después de una primera manga muy ajustada, que bien hubiera podido anotarse cualquiera de los dos contendientes y que, finalmente, se llevó el griego en el tie-break, Novak acusó la pérdida y entregó el segundo, también, con un contundente 6-2. Fue este el momento en el que Stefanos parecía tener el partido bien encaminado y cercana la posibilidad de su primer Grand Slam. Pero ya se sabe. Cuando quien tienes enfrente es uno de los grandes de la historia de este deporte, hasta que uno se anota el último punto del partido nadie se puede relajar.

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Durante los años que acompañé a mi sobrino en el circuito y, cada vez que a él le llegaba un momento similar —con dos mangas a su favor—, mi prudencia se acentuaba y mi consigna era muy clara: “Rafael, máxima atención ahora”, solía decirle sabiendo que los primeros juegos del tercer set eran determinantes. Le pedía que los jugara como si le fuera la vida en ello, que no perdiera la concentración y que no diera ninguna bola por perdida. Tanto Rafael como yo sabíamos que seguir así, con igual intensidad, solía ser la causa de que el rival perdiera la confianza en sí mismo y en la remontada.

Es común o comprensible, en cambio, que ocurra justo lo contrario. Que cierto alivio se apodere del jugador que se adelanta por dos sets arriba, que baje un poco la guardia y que acabe, finalmente, cediendo la tercera manga. A partir de ahí, los nervios hacen acto de presencia. El jugador teme que el contrincante sea capaz de darle la vuelta al marcador y el tiempo corre en contra del uno y a favor del otro. Y eso es lo que le ocurrió a Tsitsipas no solo en la final de este domingo, sino también en su partido de semifinales contra Alexander Zverev. Contra este último, tuvo la capacidad de rehacerse y acabar llevándose el partido. Pero esta vez fue diferente.

En los primeros juegos del tercer set, a Stefanos le faltó algo de agresividad y ese extra de concentración que los jugadores más experimentados suelen dar en los momentos importantes. Djokovic se percató de la situación, aumentó su ritmo de juego y mantuvo la misma intensidad hasta el final. Pasó de dominado a dominador, y a medida que iban transcurriendo los juegos, creo que todos tuvimos la sensación de que el marcador iba a pronunciarse definitivamente a favor del serbio.

Vimos un buen partido y un desenlace que acerca a Novak peligrosamente a Federer y a Rafael, en la lucha que mantienen por cerrar sus respectivas carreras como el mayor conquistador de títulos del Grand Slam. Los dos siguientes torneos, Wimbledon y el US Open, probablemente serán decisivos para desvelarlo. Yo no me atrevería a aventurar conclusiones, pero sí me atrevo a mantener la confianza en que sea mi sobrino quien levante alguno de los dos.

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