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Un arbitro ‘cornudo’ y el delito de honor

El VAR y los colegiados son inútiles cuando se está convencido de estar del lado justo de la historia. El siciliano Concetto Lo Bello fue el único trencilla cuyas decisiones respetó siempre la afición italiana

Gianluigi Buffon protesta frente al árbitro durante un partido de Champions frente al Real Madrid en el Santiago Bernabeu, el 11 de abril de 2018.
Gianluigi Buffon protesta frente al árbitro durante un partido de Champions frente al Real Madrid en el Santiago Bernabeu, el 11 de abril de 2018.OSCAR DEL POZO / AFP

Italia no derogó hasta 1981 el delito de honor. Una suerte de atenuante para los crímenes nacidos de una supuesta restitución legítima de la dignidad patriarcal tras un adulterio. Una atrocidad legal y cultural. Pero también una pista para entender la dimensión social que entraña recordarle a alguien las posibles grietas en su matrimonio. Pues bien, cornuto es el grave insulto con el que toda Italia se ha referido siempre a los árbitros en el campo. Pero solo un jugador, Antonio Cassano, se atrevió a hacerle el gesto de los cuernos a un colegiado en el campo: fue a Maurizio Rosetti en un Milan-Roma de 2003. Le cayeron varios partidos. Pero, ¿tenía razón? También eso es muy relativo.

La primera cita al llegar a Roma fue con una agente inmobiliaria que apareció 40 minutos tarde. Llovía y hacía un frío del demonio en el Trastevere. Y ante la protesta airada, aquella señora aportó la primera lección. “Sepa que aquí no hay certidumbres, todo se basa en una aproximación”. Italia es el país de las sfumature. Los matices, las famosas sombras de Leonardo. Casi nunca nada es rotundo. Entre otras cosas porque trajo malas experiencias en lo político en 1922 hasta 1943. Pero también porque esa rigidez dialéctica se considera de mala educación en cualquier conversación. La premisa, aplicada al fútbol, convierte las polémicas arbitrales en un debate infinito. Y al VAR, en un artilugio inútil. Especialmente si uno está convencido de estar del lado justo de la historia.

Simone Inzaghi, entrenador de la Lazio, lo explicó de manera muy concisa hace dos jornadas después de que su equipo perdiese con el Inter por culpa de un penalti que, como reconoció él mismo, era penalti. “Si lo revisas 10 o 12 veces, puedes verlo. Pero no puedes pitarlo después de pocos segundos, como ha hecho el árbitro”. Es decir, sucedió, pero nadie lo hubiera podido ver tan rápido. De modo que, para Inzaghi, no debía pitarse.

Algo parecido le sucedió a Buffon hace tres años en la eliminatoria de cuartos de final de Champions contra el Madrid. La Juve había igualado en el Bernabéu el 0-3 de la ida. Un pedazo de gesta hasta el minuto 93, cuando Benatia le dio una patada clara a Lucas Vázquez en el área y Cristiano marcó el gol que dio el pase al Madrid. Buffon, fuera de sí, acusó al árbitro de tener “un cubo de basura en lugar de un corazón”: “Si pitas un penalti así en el 93 no eres un hombre, eres un animal”. Lo interesante es que no discutiese el fondo de la cuestión, sino que lo hubiera pitado tras el gran esfuerzo de su equipo.

La realidad dentro del área es una de esas sfumature. “Penalti es cuando árbitro pita”, decía en su legendaria sentencia Vujadin Boskov, entrenador de la mejor Sampdoria de la historia y convertido hoy en un mito por la ironía de sus frases. Y así deberían ser las decisiones siempre. Excepto con el gol de Turone de cabeza que el colegiado había concedido el 10 de mayo de 1981 y que el juez de línea anuló erróneamente. Para los romanistas fue la madre de todos los robos. El tanto, que la tecnología ha confirmado años después, le hubiera podido dar el segundo scudetto. Hay incluso documentales sobre cómo hubiera sido el mundo si el árbitro no hubiese confiado en aquel maldito asistente.

Los árbitros, en un país dividido entre quienes son de la Juve y quienes la odian, son el único enemigo común. Solo uno —además de Pierluigi Collina— gozó del respeto unánime. Concetto Lo Bello, un siciliano guapo y con un carácter de mil demonios (su hijo continuó la saga), fue en los sesenta una leyenda a la altura de los jugadores de la época. Aquel colegiado no solo se libraba de los insultos en cada partido, sino que apenas necesitaba sacar tarjetas ni acariciar el silbato (cuentan que solo Gianni Rivera osó protestar sus decisiones) para poner orden. La arrolladora personalidad del “tirano de Siracusa” y una mirada como si fuera una suerte de Cocodrilo Dundee sobre la hierba bastaban. Tenía tanta autoridad que terminó siendo diputado en el Parlamento. El único sitio en Italia donde uno puede recibir más insultos que en un estadio.

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