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El fútbol no expulsa al racismo

Los recientes episodios en España, Portugal e Italia retratan la falta de una respuesta contundente por parte de instituciones, clubes y jugadores

Marega, del Oporto, trata de dejar el campo tras recibir insultas racistas en el partido ante el Vitoria Guimaraes de la liga portuguesa.
Marega, del Oporto, trata de dejar el campo tras recibir insultas racistas en el partido ante el Vitoria Guimaraes de la liga portuguesa. AFP

El fútbol europeo asistió el pasado fin de semana al último incidente racista en un estadio y la respuesta que hubo sobre el césped evidenció, como en otros casos anteriores, que todavía queda trecho por andar para que estos episodios desaparezcan. Ocurrió en el Vitoria de Guimaraes-Oporto de la liga portuguesa. En el minuto 69, harto de todo lo que había tenido que escuchar desde el calentamiento, el delantero visitante Moussa Marega, de 28 años, franco-maliense, decidió marcharse del campo. Todo lo que sucedió en los minutos siguientes empeoró aún más la situación.

Compañeros y rivales, algunos también de raza negra, trataron de convencerlo por todos los medios de que no se fuera. Lo sujetaron, lo agarraron, el portero de su equipo (Augustin Marchesin) se llevó las manos a la sien como gesto de no entender su actitud, el entrenador (Sérgio Conceiçao) se apresuró a pedir el cambio para no quedarse con 10... Todos se emplearon a fondo con la intención de que el encuentro continuara, con o sin Marega, pero nadie en ese instante se solidarizó con él ni propuso medidas de fuerza, como abandonar el terreno de juego o no disputar un minuto más mientras hubiera insultos. La prioridad fue el choque, que había que acabarlo a toda costa, y no el jugador agredido. Sin embargo, el empeño del resto no torció la voluntad del delantero, que enfiló los vestuarios dedicando peinetas a la grada. “Agradezco también a los árbitros que me hayan mostrado amarilla por defender mi color de piel”, se desahogó después en Instagram.

La cuestión en 2020 en este problema global no viene por un gran número de casos ni por un incremento, al menos en España, sino por la respuesta que suelen recibir y la sensación de que aún queda margen de mejora hacia una política de tolerancia cero. “La solución es parar, identificar a los responsables, que la policía se los lleve con una denuncia y reanudar el partido”, afirma el exportero camerunés Carlos Kameni. “Si un partido se detiene cinco minutos para consultar al VAR, ¿por qué no se hace esto con el racismo? Siempre hablamos de este tema cuando ocurre algo, pero mientras no haya sanciones, habrá más casos. Yo no estoy a favor de que se marchen todos del campo porque entonces no habrá fútbol. Que se pare un momento, se detenga a las personas que insultan, se les prohíba el acceso al estadio y continúe el juego”, recalca el africano, que hace unas semanas relató en un documental el infierno que sufrió con 20 años en un encuentro en Zaragoza con la camiseta del Espanyol y otro incidente desagradable en Mestalla en 2014.

Él, entonces, no pensó en irse, aunque reconoce que no tenía la mente en la pelota y que en el descanso en La Romareda, Miguel Ángel Lotina, su entrenador, le dijo que debía seguir. “Los compañeros no me preguntaban nada porque no podían sentir lo que yo estaba pasando, esa rabia y dolor. Era inexplicable. A veces, es peor preguntar. Sus miradas lo decían todo, agachaban la cabeza y sufrían por mí”, recuerda.

LaLiga también vivió lo suyo recientemente en el Espanyol-Athletic del pasado 25 de enero, cuando el rojiblanco Iñaki Williams fue insultado desde uno de los fondos tras ser sustituido. El ariete de 25 años de origen ghanés, nacido en Bilbao y criado en Pamplona, alertó a su capitán, Iker Muniain, que avisó a su vez al colegiado, Sánchez Martínez. El duelo discurrió sin interrupciones y el acta no reflejó nada porque, como puntualizan desde el Comité Técnico de Árbitros, el juez solo puede escribir lo que ha escuchado directamente. La televisión sí lo captó y los delegados del torneo lo incluyeron en su informe que mandan a la Comisión Antiviolencia. El Comité de Competición también está instruyendo el caso y el Espanyol estudia una posible sanción a los 12 identificados, pero no da fechas.

“Después de aquello no hemos extremado la vigilancia porque se trató de algo puntual. Nosotros no somos dudosos, ya expulsamos a varios miembros de la grada de animación por episodios xenófobos”, subrayan fuentes de la entidad. Javier Tebas, el presidente de LaLiga, institución que no respondió a este diario, reconoció que esa mañana se dio "un paso atrás" y anunció que buscarán "dónde está el error". El jugador, por su parte, prefirió no denunciar tras el ofrecimiento habitual del sindicato AFE.

En España nunca se ha suspendido un encuentro por cánticos racistas y la última vez que se detuvo uno por este motivo fue en 2016, en El Molinón de Gijón, y también tuvo como protagonista a Williams. Se debió a “sonidos imitando la onomatopeya de un mono”, según constó en el acta de Clos Gómez. Competición ordenó el cierre parcial de la grada y el Sporting, que en su día condenó los hechos, calificó el castigo de “injusto y desproporcionado”.

Semanas después del trance de Kameni en La Romareda, en 2005, su compatriota Samuel Eto'o pasó por otro parecido en el mismo lugar, aunque su respuesta no fue nada callada. Se pareció mucho a la de Marega y se convirtió en uno de los momentos clave de las últimas décadas relacionados con el racismo en el fútbol español junto a la arenga de Luis Aragonés a José Antonio Reyes en 2004 (“dígale al negro — por Thierry Henry— que usted es mejor que él”). En la capital aragonesa, el árbitro Esquinas Torres frenó al delantero del Barcelona, incluso físicamente, en su intento de abandonar y le pidió que confiara en él. Y se quedó, convencido sobre todo por el zaragocista Ewerthon, también de raza negra.

Los colegiados no escapan de la polémica, como se vio en el episodio de Portugal. En España, su actuación la regulan dos protocolos, de 2005 y 2011, según los cuales deben escribir en el acta todo lo que escuchen y vean referido al racismo, y hablar con el delegado de campo para que la megafonía pida al público que cesen los insultos. Si eso no ocurre, decidirán junto al coordinador de seguridad la conveniencia de desalojar una parte o toda la grada, o suspender el partido. Según fuentes del Comité Técnico de Árbitros, esto solo se ha llevado al extremo una vez, en el Rayo-Albacete del pasado 16 de diciembre por los cánticos vallecanos de “Zozulya eres un nazi”.

—¿Tienen los árbitros las herramientas suficientes para hacer frente a un episodio xenófobo en un estadio?

—"No nos compete responder eso, no somos legisladores", afirma el actual jefe de los colegiados, Carlos Velasco Carballo.

—¿Cómo lo afrontaban antes del primer protocolo?

—"Por sentido común”.

—¿Pero todo el mundo recuerda encuentros con insultos y no se tomó ninguna medida sobre el terreno?

—”Los medios solo hablan de las cosas negativas. Nosotros somos los que más hemos luchado contra el racismo en todas las categorías. Especialmente, porque hemos sido el colectivo que más ha sufrido la discriminación. ¿Qué ha hecho el Gobierno, los policías y los propios compañeros de víctimas que han permitido ciertas conductas? Cuando ocurre algo contra Williams, todos vamos a una. Pero si hay cánticos contra un colegiado, no veo que nadie se acuerde”, descarga Velasco Carballo.

Yanis Rahmani, extremo francés de orígenes argelinos del Lugo, vivió el pasado fin de semana en Fuenlabrada uno de esos incidentes sin más recorrido que una nota en la prensa local y al que el propio afectado resta importancia. “No fue tan grave”, dice. “Una o dos personas me gritaron ‘moro, vete a tu país’. Se lo comenté solo al linier y respondió que estaría atento. Los jugadores del otro equipo se interesaron por mí y se dirigieron a la grada para que no se repitiera”, narra el jugador de 24 años, criado en la cantera del Athletic y que hasta ahora ha hecho la carrera en los campos del norte. “De pequeño me pasó alguna cosa, pero luego he estado, sobre todo, en el País Vasco, y ahí no suele ocurrir esto”.

“Llevo 16 años en España y siempre me dicen lo mismo: que estos episodios no son relevantes, que no es para tanto”, se arranca el profesor de Antropología Social y Psicología Social de la Universidad Complutense de Madrid Ricardo Zúñiga. “Existe mucha permisividad. España no tiene un problema de racismo en el fútbol. Tiene un problema de racismo. Punto. Las manifestaciones xenófobas nunca han desaparecido de espacios como los estadios, y ahora también se ven más en la esfera política”, añade.

También se ha avanzado. Ahora resulta inimaginable escuchar al presidente de un club, por muy heterodoxo que sea, como lo era Jesús Gil, exclamar “a ver si lo matan de verdad”, en referencia al colombiano Adolfo Tren Valencia en la temporada 94/95, que no tardó en perdonarlo. “Era una buena persona. Vino a mi casa y me dio 10.000 pesetas. Me dijo: ‘Adolfo, quédate tranquilo, yo soy así”, lo justificaba en una entrevista reciente. Y, por otro lado, el número de denuncias que llegan a la Comisión Antiviolencia no es excesivo. No más de 30 por curso esta década y siete (menos del 1% del total) en la campaña 2017/18, la última de la que se ha publicado la memoria.

Moise Kean celebra un gol con la Juventus ante el Cagliari. ampliar foto
Moise Kean celebra un gol con la Juventus ante el Cagliari. Getty

Dentro de las grandes competiciones europeas, la italiana es la que presenta un peor escenario. Se producen más casos y la respuesta es más tibia. La temporada pasada, por ejemplo, el piamontés hijo de marfileños Moise Kean, entonces en la Juventus, se encaró en la celebración de un gol a aficionados del Cagliari por sus insultos racistas. Al terminar el partido, su técnico, Massimiliano Allegri, y el veterano Leonardo Bonucci le afearon el gesto. Hace unos meses, el ministro de Deportes, Vincenzo Spadafora, admitió el problema en una entrevista a este periódico y prometió medidas, incluso impopulares. Mejor está Inglaterra, como reconoció el entrenador italiano Antonio Conte. “He trabajado en la Premier y, si sucede algo así, meten en la cárcel a dos o tres responsables”, aseguró.

Como escribió el británico Nick Hornby en su libro Fiebre en las gradas sobre el hecho de que el fútbol ni siquiera parara tras las tragedias de Heysel y Hillsborough, donde hubo 39 y 96 muertos, respectivamente, “las pasiones que desata lo consumen todo, incluyendo el tacto y el sentido común”.

Sanciones administrativas en España

En España dos organismos se ocupan de sancionar los insultos racistas: la Comisión Antiviolencia, dependiente del Ministerio de Interior y el Consejo Superior de Deportes (CSD), y el Comité de Competición de la Federación. La primera se encarga de los aficionados y clubes; y la segunda, de los jugadores, cuerpos técnicos y entidades. A la Comisión, vigilante de lo que pasa en las gradas, llegan los informes del coordinador de seguridad, el delegado de LaLiga, la Guardia Civil en los partidos de categoría regional y el acta arbitral. Sus miembros (un representante de la policía, la Guardia Civil, la Federación, el CSD, LaLiga e Interior) elevan las propuestas de sanción a la delegación del Gobierno correspondiente siguiendo la Ley del Deporte de 2007.

La norma, que califica estas infracciones como muy graves y las tramita por la vía administrativa y no penal, contempla una multa que va de 60.000 a 650.000 euros, y la clausura del estadio por un periodo de hasta dos años. En Portugal, hay previstas penas de cárcel de hasta tres años. La UEFA, que contempla dar el partido por perdido,se muestra en general mucho más expeditiva en sus torneos para atajar estos comportamientos.

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