LA CRÓNICA

La fantasía de Perafita

El teletrabajo ha mitificado la vida de pueblo en oposición a la de la ciudad, como si se pudiera vivir a la carta

Un cruce de carreteras, a cuatro quilómetros de Perafita, en el Lluçanès.
Un cruce de carreteras, a cuatro quilómetros de Perafita, en el Lluçanès.Carles Ribas / Carles Ribas

Perafita ya no es Perafita. No es que sea distinta sino que me la miro diferente; igual me pasa con el Lluçanès. Yo pensaba que en la vejez me encontraría con el mismo pueblo que abandoné siendo joven y, aunque nunca he dejado de ir y venir mientras crecía, ahora ya no me siento igual de entusiasmado que cuando llegaba deprisa a casa para disfrutar de un descanso reparador después del sinvivir de Barcelona.

Toda mi vida pensé que la jubilación sería una recreación de la infancia y hoy dudo a veces si me conviene vivir en el sitio en que nací cuando cumpla los 65 porque ya no es el lugar que idealicé cuando todavía no se hablaba del país vacío, tal que fuera la tierra prometida que no advirtieron nuestros padres cuando nos mandaron en busca de un título universitario que nos diferenciara de los que se quedaban a cursar Formación Profesional.

La FP significaba trabajar, que no era lo mismo que estudiar, una diferencia capital para apreciar cómo ha cambiado la vida desde que los oficios manuales tienen más salida que muchos grados y ser payés ya no penaliza sino que hasta distingue si se presenta como signo de una actividad sana, alternativa y combativa, nada que ver con el tiempo en que las reivindicaciones se vehiculaban a través de Unió de Pagesos. No es lo mismo descubrir Perafita que regresar a Perafita. Hay un cruce de caminos entre los que van y los que vuelven sin que se sepa si se encontrarán y convivirán a partir de necesidades comunes como son una banda ancha fiable para laborar o entretenerse y una mejor calidad de vida que pasa por disponer de una vivienda, ya sea propia o heredada, o de una oferta inmobiliaria más asequible que la de Barcelona.

Ya me acostumbré a teletrabajar después de leer los periódicos que compro en Olost desde que cerró la tienda de Perafita. Hay rutinas que cambian a la fuerza con el tiempo y se imponen soluciones impensables en épocas de rivalidad entre pueblos de comarcas como la del Lluçanès. No me cuesta conectar con el diario y estar horas con el ordenador y el móvil porque el trabajo de campo periodístico se complicó con la covid-19. Actúo como un recién llegado de la ciudad agradecido por el marco laboral que me permite pausas para descansar y pasear sin necesidad de ponerme una mascarilla que empieza a tener el mismo efecto que un bozal, feliz hasta que recupero mi condición de censado en Perafita.

A partir de entonces me siento un forastero en casa porque no reconozco a mucha de la gente con la que me encuentro y confundo donde vive; no me apetece tanto acercarme cuando me dejan al bar porque no sé con quién echar una partida de butifarra y ya no se juega ni al dominó sino que se bebe y se come cuando no les obligan a cerrar; y las plazas ya no me resultan lugares de encuentro sino de observación.

Así que me recojo relativamente pronto y ocupo los ratos de ocio con la misma programación que si estuviera en Barcelona. Las series se imponen a la televisión y muy de vez en cuando cae una cena con algún amigo que no viva más lejos de Vic. La diferencia más significativa es que duermo mejor, seguramente por el clima y la calma, y me relajo más, a pesar de que empleo las mismas horas de faena o más que si estuviera en la capital de Cataluña. No es extraño que tenga encendida la llama del Lluçanès. Me atrae desde que fui un interno de La Salle de Manlleu. La adrenalina del viaje de ida hacia Perafita nada tiene que ver ahora con la pereza de la vuelta a Barcelona.

Hubo un tiempo en que divagaba en mis caminatas por la ciudad sobre cómo sería mi vida de pueblo cuando ya no dependiera de un horario laboral y pudiera dedicarme a contemplar el Pedraforca. Tan iluso era entonces que estaba convencido de que Perafita continuaría siendo Perafita, la misma postal que recordaba de niño, como si me esperara desde que partí, y tendría a los mismos vecinos y amigos, disfrutaría de las fuentes ya sabidas, presumiría de la mejor colección de pájaros cantores, recorrería el mismo bosque en busca de las hierbas curanderas de mi abuela y me escaparía hasta el río para pescar barbos o carpas en el pantano.

Hoy, todavía sin fecha para el regreso, tengo dificultades para distinguir a los árboles, están prohibidas las jaulas y se me han olvidado las rutas que creía haber memorizado porque las referencias son los cercados de ganado y las casas de turismo rural; solo resisten —-cuestión de fe— las ermitas de Santa Margarita y del Remei. El ruido de las motos y el zumbido de las bicicletas alterna con el relinchar de los caballos por los senderos del Lluçanès.

Me di cuenta de que yo tampoco era el mismo el día en que la picada de un tábano me dolió más que la de una abeja, sin que todavía sepa si obedece al cambio climático, a mi sistema inmunológico o a que los insectos son cada vez más fuertes y yo más débil. Nada que ver con aquel joven que ayudaba a su padre a repartir el estiércol por el campo al tiempo que abatía a los dichosos tábanos con una palmada de payés. El pueblo ha mutado y perdido figuras que le daban personalidad como Ramon Matavera, el exalcalde y juez de paz fallecido hace poco, conversador inagotable con una vocación de servicio única, más pendiente incluso de los vecinos que de su casa, hombre de bien, ocupado siempre por la evolución de Perafita. La última vez que nos vimos debatimos sobre el movimiento de gente en la comarca y la necesidad de organizar el territorio del Lluçanès.

No tuvimos tiempo para comentar que el teletrabajo ha generado una “fantasía campestre” —expresión acuñada por la periodista Laura Serra en El 9 Nou—, una marcada tendencia a mitificar el modus vivendi de los pueblos en oposición al de la ciudad sin reparar en los inconvenientes, ni siquiera el de renunciar al anonimato que concede Barcelona, como si se pudiera vivir a la carta, sin lo que molesta. No es lo mismo el descubrimiento y la llegada que la estancia, despertar con el canto del gallo cada día o el fin de semana, comer carne u oler mierda, descansar que trabajar. Tanto boato ha aumentado mi inquietud sobre la conveniencia de ir sin demora al reencuentro con Perafita, porque no me había enterado hasta ahora de lo que me estaba perdiendo, o por contra es preferible aguardar todavía un tiempo para agrandar el sueño del pueblo que me gustaría encontrar cuando deje de estar a sueldo. Ahora me vale la alternancia, unos días en el pueblo y otros en la ciudad, sin querer ser un teletrabajador ni un retirado, hasta que escampe la epidemia. Aunque no sé qué pueblo me encontraré con los años, ni si sabré estar, mi deseo permanece inalterable: siempre quiero ir a Perafita.

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