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No, a Maverick Viñales no se le había olvidado ganar

El español, excelso, gana en Australia y pone un punto y aparte a la crisis de Yamaha 25 carreras después

GP Australia MotoGP Ampliar foto
Maverick Viñales, en el podio del GP de Australia. AFP

Cruzó la meta y empezó a gritar. Y lloró. La temporada estaba siendo tan dura.

Se había cansado de lanzar mensajes. De explicar sus problemas en carrera. A sus mecánicos, a los ingenieros de Yamaha, a los periodistas, a los amigos. Había repetido una y otra vez qué problemas encontraba en su moto, por qué le costaba entrar a las curvas, por qué la ausencia de tracción le restaba confianza, por qué esa falta de aceleración a la salida de las curvas le impedía pelear los domingos por ganar. Maverick Viñales intentaba no dudar de sí mismo, a pesar de los malos resultados, de las críticas, de las decisiones polémicas, como esa de prescindir de su ingeniero de pista, Ramon Forcada, a partir del próximo año. El mismo mecánico al que se abrazó una y otra vez al acabar la carrera. “No se me ha olvidado pilotar”, concedía el chaval, de vez en cuando, después de una buena jornada con su M1, como si tratara de autoconvencerse además de convencer a la audiencia. Porque no acababa nunca de confirmar esas buenas sensaciones que aparecían esporádicamente, como por arte de magia, sin saber por qué.

Y así, sin entender muy bien qué ha cambiado –la moto lleva una configuración de pesos distinta desde el gran premio de Tailandia y un sillín más estrecho desde el de Japón, la semana pasada–, el piloto español dio 27 vueltas al circuito de Phillip Island con una consistencia nunca vista este curso. Y puso punto y aparte a la crisis de Yamaha, que ha acumulado 25 carreras sin ganar hasta que el de Roses dijo basta. Cuando cruzó la meta le sacaba 1,5 segundos a Iannone, pero llegó a  tener más de cuatro segundos de ventaja. Después de una mala salida, como siempre –formó en segunda posición en la parrilla, pero cruzó la meta por primera vez en la novena–, después también de una excelente remontada –adelantamientos agresivos, convencido como estaba, toques incluidos, como el que tuvo con Rins– y de una vuelta, la séptima, en la que pasó del quinto al segundo puesto. Al cabo de ocho giros, recuperadas las sensaciones que le habían hecho fluir durante todo el fin de semana, adelantó a Dovizioso y se puso en cabeza. En apenas dos giros más ya le sacaba al italiano un segundo. Por fin, Maverick se sentía Viñales. El Viñales que llegó al Mundial para frenar a Márquez. Para ganar no tuvo más que fluir durante unos cuantos minutos más.

Yamaha no ha inventado nada novedoso en estos meses, ni ha proporcionado a sus pilotos más que algún cambio menor, además de la comprensión y la paciencia necesarias para que no perdieran los papeles, empresa compleja cuando uno pasa de pelear regularmente por el título a rezar para subirse al podio. Los jefes de la fábrica japonesa entonaron el mea culpa sin que nadie les preguntara, hace ya unos meses, y después de una jornada de clasificación catastrófica en Austria (Viñales acabó 11º, Rossi, 14º). Solo entonces, cuando tocaron fondo, parecieron entender que había que reaccionar. Y no a la japonesa. Con algo de brío, más bien. Ficharon un experto en electrónica y reforzaron el equipo técnico para desarrollar y conocer mejor el sistema de Magneti Marelli que, aplicada la norma de un software único hace ya más de dos años, han sido los últimos en comprender. Desde entonces, al parecer, se han ido dando pasos, aunque cortitos, en la dirección correcta. Con los motores sellados, intocables, no hay más que trabajar en los elementos que ayudan a endulzar su comportamiento vuelta a vuelta.

El resto, este domingo, lo puso el piloto. Viñales adora este trazado de curvas rápidas, con cambios de dirección de vértigo, peligroso y fascinante a la vez. Un circuito que siempre encajó con las características de la Yamaha. Por eso se le adapta maravillosamente la Suzuki, tan parecida a la mejor M1. Una pista que hoy le sienta perfectamente también a la Ducati, que se sigue confirmando como la moto más completa de la parrilla, competitiva en pistas como Motegi en las que hay que tirar de estabilidad en frenada y motor, pero también en otras como esta de Phillip Island, por mucho que Dovizioso siguiera echando de menos un mejor drive en los virajes largos.

Miller, en cabeza, al inicio de la prueba. ampliar foto
Miller, en cabeza, al inicio de la prueba. Getty Images

Todo eso se vio este domingo. Además de una prueba dura y difícil, como lo han sido los entrenamientos todo el fin de semana. Por el frío, el viento, por la complicada gestión de los neumáticos. De las frenadas. Por eso es meritoria la victoria de Viñales. Como lo es el segundo puesto de Iannone, tan rápido durante todo el fin de semana que solo podría lamentarse por no haber sido capaz de seguir al español; o el podio de Dovizioso, que tras el cero en Japón volvió al lugar del que apenas se ha bajado una vez en las últimas siete carreras.

Más que meritorio fue el cuarto puesto de Bautista, que llegó a rodar segundo y peleó hasta los últimos minutos por terminar entre los tres primeros con una Ducati cedida, a la que se subía por vez primera este fin de semana. Sí, si Bautista acabó cuarto fue también porque no estaba Lorenzo, de baja, porque Crutchlow está en el hospital desde que sufriera un accidente tremendo hace unos días en esta misma pista, porque se cayó Zarco al cabo de cinco giros y tras chocar con Márquez, a quien le dejó una moto inservible después de que el juego de rebufos les pasara factura al final de la curva uno, cuando rodaban a más de 300 km/h. Sí, si Bautista acabó cuarto fue también por el abandono del campeón del mundo, que terminó con la Honda prácticamente partida en dos. Pero todo eso no le resta ningún mérito. En una carrera para supervivientes, el toledano, a quien se le ha negado un sillín el año próximo en el paddock de MotoGP, por poco se hace la foto con el ganador en un fin de semana de prestado en el que se puso los colores de otro.

Viñales: “Quiero que Yamaha confíe en mí y en mi pilotaje”

Maverick Viñales necesitaba una inyección de optimismo, de buen rollo, una de risas, que se sirvió este jueves, recién llegado a Phillip Island, cuando invitó a cenar a la prensa española en la casita con vistas al mar que tenía alquilada en la coqueta isla australiana. La velada, entrañable, solo fue el inicio de un fin de semana que le salió a pedir de boca. Porque ganó después de una mala época en la que, confiesa, “es fácil perder la confianza en uno mismo”.

No tiene claro el español si esta victoria la necesitaba más él o la fábrica, sumida en una crisis desde hace más de año y medio. Pero, sin duda, le servirá de altavoz. “El mensaje que quiero darle a Yamaha es que confíen en mí, en mi pilotaje, porque eso es lo que me ha llevado a ganar carreras, a ganar con la Suzuki antes que con la Yamaha. Eso es lo que necesito: una moto que se adapte a mi pilotaje. Ha sido difícil convencerlos estos meses, es una gran fábrica y es difícil que hagan movimientos extremos como el que hicimos en Tailandia”, explicó.

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