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La Olimpiada de la esperanza

Las ideas renovadoras y el perfil profesional del presidente Dvorkóvich presagian un auge del ajedrez

Arkadi Dvorkóvich, nuevo presidente de la FIDE, durante la ceremonia de clausura de la Olimpiada de Ajedrez, el viernes, en Batumi (Georgia). Ampliar foto
Arkadi Dvorkóvich, nuevo presidente de la FIDE, durante la ceremonia de clausura de la Olimpiada de Ajedrez, el viernes, en Batumi (Georgia).

 

Sobrevolar el Cáucaso nevado, con nubes blancas por debajo de las cumbres y el sol por encima sobre un espléndido fondo azul, es una imagen adecuada para lo que siento tras cubrir mi 17ª Olimpiada de Ajedrez, en Batumi (Georgia). Por primera vez en 34 años, regreso con la esperanza sólida de que el ajedrez tendrá por fin el sitio que merece, como deporte y herramienta educativa. Y, al igual que en las 16 anteriores, con la alegría de haber vivido una gran fiesta de dos semanas.

La ceremonia de clausura en el Palacio de la Música produjo mucho material de primera calidad para un artículo como este. El largo, potente y fervoroso aplauso -mucho mayor que la ovación suave y protocolaria, habitual para sus predecesores- que recibió el nuevo presidente de la Federación Internacional (FIDE), el ruso Arkadi Dvorkóvich, simboliza la gran esperanza de muchos ajedrecistas de todos los continentes, reflejada en su clara victoria electoral: 103-78.

Florencio , en 1983.
Florencio , en 1983.

El ajedrez salió mucho en los periódicos de todo el mundo durante la presidencia (1982-1995) del ínclito filipino Florencio Campomanes (1927-2010), una de las personas más inteligentes que he conocido, y también una de las más amorales; el fin justifica los medios parecía ser el lema de su vida. Pero ese eco mediático se debió a los cinco duelos (1984-1990) entre Anatoli Kárpov y Gari Kaspárov, quienes mantuvieron la mayor rivalidad de la historia de todos los deportes, salpimentada por su gran simbolismo político en la Unión Soviética y en el ámbito internacional, dado que el país más grande del mundo se caía a pedazos en ese periodo. Campomanes fue muy hábil para amplificar los escándalos y, de paso, embolsarse sustanciosas comisiones. Pero su aportación personal fue prácticamente nula en dos campos esenciales: la atracción de sólidos patrocinios internacionales y la promoción del ajedrez como herramienta educativa.

El análisis de la gestión (1995-2018) del ex millonario ruso Kirsán Iliumyínov, de 56 años, requiere cabeza fría y un esfuerzo de objetividad para no dejarse llevar por lo más chirriante. De su amor sincero por el ajedrez y convicción de que puede contribuir a la buena educación de los niños no tengo duda alguna porque pude comprobarlo personalmente varias veces. También es innegable que aportó mucho dinero al ajedrez (decenas de millones de euros, probablemente), ya fuera suyo o de oscuras fuentes rusas.

Kirsán Iliumyínov, durante una conferencia hace un año en Chongchín (China). ampliar foto
Kirsán Iliumyínov, durante una conferencia hace un año en Chongchín (China).

Pero la perspectiva de esos 23 años permite afirmar que utilizó su puesto para hacer negocios en buena parte de los 190 países que hoy aglutina la FIDE y, sobre todo, para cumplir misiones especiales y delicadas del presidente Vladímir Putin bajo el disfraz de una especie de Papa del ajedrez muy excéntrico; por ejemplo, asegura que fue secuestrado por unos alienígenas. Algunos expertos rusos creen -y su teoría no me parece nada descabellada- que se inventó esa historia y otras para que todo el mundo lo tomase por “el chalado del ajedrez”, con el fin de enmascarar sus delicados tejemanejes. Entre ellos, fueron muy sonadas sus visitas en momentos muy conflictivos a Sadam Hussein, Gadafi o Bachar El Assad, a quienes denominaba “amigos”. Todo ello se tradujo en su inclusión en la lista negra de sancionados por la Casa Blanca, lo que a su vez provocó que la FIDE apenas pudiera lograr patrocinios internacionales transparentes, más allá de oscuras inversiones de empresas rusas.

Cierto es que Dvorkóvich (acaban de decirme en Moscú que la tilde debe ir en la segunda sílaba, aunque los anglohablantes prefieran “Dvórkovich”), de 46 años, es mucho más cercano a Putin que Iliumyínov; no en vano ha sido asesor presidencial y primer ministro adjunto para asuntos económicos, nada menos. Pero su perfil es muy distinto: muy culto e inteligente, con una red de contactos y gran experiencia de gestión al más alto nivel (este año fue director del Mundial de Fútbol), muestra ideas muy claras y convincentes sobre cómo se debe trabajar la mercadotecnia, imagen, comunicación y patrocinio del ajedrez (asegura tener preacuerdos con Renault, Gaszprom y la FIFA), y ha declarado varias veces que el ajedrez educativo es el proyecto más importante de la FIDE.

Una fuente moscovita cercana a la familia de Dvorkóvich me asegura que Putin le asigna tareas importantes porque aprecia su excepcional inteligencia, pero que no goza de su simpatía personal porque no proviene del sector del KGB de San Petersburgo, como otros colaboradores muy cercanos al presidente. Sin embargo, no se puede descartar que Dvorkóvich aproveche su gestión internacional como presidente de la FIDE para cumplir misiones confidenciales de Putin pero, si lo dicho en este párrafo es cierto, al menos lo hará con gran beneficio para el ajedrez.

Georgios Makrópulos, durante la reciente Olimpiada de Batumi (Georgia). ampliar foto
Georgios Makrópulos, durante la reciente Olimpiada de Batumi (Georgia).

¿Ha habido corrupción en la campaña electoral de Dvorkóvich? El británico Malcolm Pein, número dos de la candidatura continuista del griego Georgios Makrópulos, asegura que sí, y que por eso no ha aceptado la oferta del ruso para ocupar un puesto alto en su directiva. Nada que objetar si lo miramos desde la perspectiva de Pein porque su reputación es intachable. Sobre todo, si tenemos en cuenta que la tendencia a la corrupción es muy grande en la gran mayoría de los 190 países que componen la FIDE, y más aún si regalar material de ajedrez o financiar actividades a una federación a cambio de su voto se considera corrupción. Roza lo imposible demostrar que Pein no tiene razón, y también lo contrario. Ahora bien, que Makrópulos, mano derecha de Campomanes e Iliumyínov durante decenios, acuse de corrupción y falta de ética a Dvorkóvich produce ganas de reír o llorar, según el carácter de quien lo oiga o lea.

Lo mismo ocurre con la acusación de que el Gobierno ruso y sus embajadas han presionado en muchos países para pedir el voto. Iliumyínov utilizó ampliamente esa presión en 2014 para derrotar a Gari Kaspárov, exiliado en Nueva York. Y me consta que ahora también se ha ejercido; por ejemplo, en Israel (llamada de Putin al primer ministro Netanyahu) y España (llamada de la Embajada al Comité de Deportes). Por eso no me extrañó que, al inicio de la asamblea electoral, Makrópulos se quejase de que el delegado italiano, Gianpietro Pagnoncelli, hubiese recibido una llamada de la presidencia de la república, y así lo reflejé en mi crónica. Sin embargo, Pagnoncelli me aseguró después que eso era falso y me pidió que corrigiese la información: “Me llamó una persona que yo conozco bien, no el presidente de Italia y tampoco miembro alguno del Gobierno”. ¿Por qué entonces no replicó a Makrópulos de inmediato? “No entiendo el inglés, no tenía los auriculares puestos y mi traductora no estaba conmigo en ese momento”. Intenté preguntar entonces a Makrópulos por qué dijo lo que dijo, pero no quiso hablar conmigo.

Un gesto y una decisión indican que Dvorkóvich merece al menos el crédito de los cien primeros días: expresó respeto en público por Makrópulos y retrasó las designaciones de presidentes de comisiones hasta que tenga tiempo de pensarlas despacio en su casa de Moscú. Dadas las negociaciones y navajazos dialécticos que vi y escuché por los casillos de la asamblea de la FIDE, es sin duda una prudente manera de asegurarse de que quienes ocupen esos puestos -al menos, los más importantes- sean personas realmente competentes en la materia respectiva, y no simples acreedores de favores electorales.

La medalla de oro individual de Jorge Cori por su altísimo rendimiento en el tercer tablero y el nombramiento de Julio Granda como vicepresidente de Dvorkóvich son dos noticias magníficas que, por otra parte, acentúan todavía más la imagen desastrosa de la Federación Peruana de Ajedrez. Por tercera vez en lo que va de siglo, el delegado que votó en representación de Perú no está reconocido por su propio Gobierno, pero sí protegido por el férreo, sinuoso y retorcido presidente de FIDE América (desde 2002), Jorge Vega, de 83 años. Pero esta vez es aún más grave: Borís Ascue, condenado tres veces por los tribunales de su país por diversos delitos, fue destituido e inhabilitado por tres años el pasado 24 de julio por el Consejo Superior de Justicia del Instituto Peruano del Deporte (IPD), que ahora estudia la posibilidad de aumentar la sanción por desacato; además, no incluyó en la selección femenina a una titular indiscutible, Ingrid Aliaga, por atreverse a denunciar por acoso sexual al entrenador de la federación. Y, sin embargo, Ascue continúa ejerciendo como presidente de la federación. No logro entender por qué el Ministerio de Educación (al que está adscrito el IPD), o el Comité Olímpico Peruano no actúan de manera contundente para que un directivo sancionado deje de dar una pésima imagen de su país.

Jorge Cori, el viernes, nada más recibir la medalla de oro individual, junto a la china Wenjun Ju, campeona del mundo y oro femenino ampliar foto
Jorge Cori, el viernes, nada más recibir la medalla de oro individual, junto a la china Wenjun Ju, campeona del mundo y oro femenino

En contraste con ello, Perú lleva medio siglo produciendo jugadores magníficos. Granda, quien casi nunca se entrenó como un profesional, es uno de los mayores talentos naturales de la historia. Ahora, a los 51 años, y con una imagen de honradez absoluta, es el símbolo de lo que necesita el ajedrez latinoamericano para salir de un largo túnel muy poco iluminado. Pero sería imprescindible que alguien con ideas renovadoras, similares a las de Dvorkóvich, prepare una candidatura alternativa a la de Vega y sus más fieles, que han sido reelegidos sin oposición alguna en FIDE América.

Juga di Prima, el viernes, durante su actuación en la ceremonia de clausura de la Olimpiada de Ajedrez en Batumi (Georgia). ampliar foto
Juga di Prima, el viernes, durante su actuación en la ceremonia de clausura de la Olimpiada de Ajedrez en Batumi (Georgia).

Lo mejor de la ceremonia de clausura en opinión de muchos llegó en el fin de fiesta, después de que chinos y chinas recibieran el oro doble. Primero, con la magnífica actuación de la cantautora chilena Juga di Prima, que interpretó ¡Oh, Capablanca! mientras su reciente videoclip y la letra de la canción se proyectaban en la pared del escenario. Y luego con un vídeo maravilloso, The Art of Chess. Quien no haya estado nunca en una Olimpiada de Ajedrez entenderá al verlo por qué los asiduos nunca nos cansamos de ellas, por muchas que llevemos. Además, tanto Juga di Prima como ese vídeo nos recuerdan que el ajedrez también está conectado con el arte, además de la ciencia y el deporte. Otro aspecto más que Dvorkóvich debería promover, para que la esperanza se convierta en una realidad espléndida.

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