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El orgullo de alcanzar París borra las miserias vividas

Además de la inesperada victoria de Geraint Thomas, lo que más me ha sorprendido de este Tour ha sido la belleza de un recorrido en el que los aspectos paisajísticos tienen tanto peso como los deportivos

Geraint Thomas, Tom Dumoulin y Chris Froome, en el podio de los Campos Elíseos
Geraint Thomas, Tom Dumoulin y Chris Froome, en el podio de los Campos Elíseos REUTERS

El tópico no deja de ser cierto por mucho que sea una experiencia mil veces repetida; la intensidad del sentimiento será variable, pero el núcleo de la emoción permanece invariable: cuando el ciclista participante en el Tour divisa en la lejanía la silueta de la Torre Eiffel camino de los Campos Elíseos, el sentimiento de orgullo y satisfacción te abruma con tanta intensidad que hasta olvidas por un momento las miserias vividas en estas tres semanas, y te engañas a ti mismo con el pensamiento de que tampoco ha sido tan complicado.

Ayer por la noche lo recordaba mi compañero en este Tour, Andy Schleck, el ganador de 2010, en una pequeña charla con nuestros invitados. Con cierta nostalgia, el resto de excorredores allí presentes asentíamos, recordando las veces que cada uno de nosotros habíamos estado en París en similar circunstancia. Y nadie pensaba entonces en resultados, clasificaciones, etapas, era tan solo una cuestión sentimental.

Mi Tour 2018, por tercera vez consecutiva, ha sido un Tour avant tal y como lo denomina la propia organización. He participado en un programa recibiendo, guiando, acompañando y entreteniendo a invitados de empresa que tienen la ocasión de vivir una etapa del Tour de Francia sintiéndose parte activa de la carrera.

He realizado todos y cada uno de los kilómetros de este Tour —exceptuando algunos tramos de pavés el día de Roubaix— con una antelación en torno a 15-30 minutos con respecto a los corredores. Suficientemente lejos como para no molestar el desarrollo de la carrera; suficientemente cerca para sentir el ambiente de expectación del público en las cunetas. Este año ligeramente menos numeroso, pero igual de apasionado.

Y al margen del resultado, de la sorprendente victoria de Geraint Thomas —que interpreto más como una victoria del método Sky, el equipo por encima de las individualidades, que del mérito del propio corredor—, lo que más me ha sorprendido de este Tour ha sido la belleza del recorrido, lo atractivo en general de un trazado en el que los aspectos paisajísticos tienen tanto peso como los deportivos. O quizá hasta más. Francia es un país que enamora cuanto más lo conoces. Y pocas fórmulas mejores se me ocurren para conocer este país que realizar el recorrido íntegro de un Tour.

Los paisajes de la Vendée en la isla de Noirmoutier. Las sorprendentes carreteras serpenteantes de la Bretaña en la etapa de Quimper, en el Finisterre bretón. La salida de Brest con aquella luz tan especial. La Bretaña en general, un lugar donde —dicen— que el sol escasea, pero que nos ha recibido con un calor y un orgullo inhóspito, dudo que haya alguien en este Tour que no haya recibido un agradecimiento por parte de algún bretón anónimo por llevar la carrera a su territorio.

Después viramos al Norte y visitamos Arras camino de Roubaix, con una salida y un recorrido neutralizado difícil de mejorar, aunque los corredores no disfrutarían mucho de ello debido a los nervios que se respiraban en el ambiente por la cercanía de los temidos 15 sectores de pavés. Y de allí saltamos a los Alpes en el día de descanso para afrontar la etapa de Le Grand-Bornand, aquella donde Van Avermaet, el líder en aquel entonces, demostró lo que significa en argot la palabra “clase”.

Al día siguiente apareció por sorpresa uno de los paisajes que más recordaré de este Tour, el tramo entre el Col du Pré y el Cornet de Rosselend, atravesando la majestuosa presa del lago de Rosselend. Grandioso es un adjetivo modesto para describir aquello. Ese mismo día fue cuando Geraint Thomas presentó su candidatura a este Tour arrebatándole la victoria a un valiente —y entonces exhausto— Mikel Nieve.

Y así llegó la gran etapa alpina, el día de Alpe D’Huez, un recorrido archiconocido con el pequeño añadido de los Lacets de Montvernier, en el que se ascendía un coloso como el Col de la Croix de Fer, en mi opinión, el puerto más bonito de todos los Alpes por como va variando el paisaje a medida que lo asciendes.

En el tránsito Alpes-Pirineos este año echamos de menos la Provenza, el olor a lavanda, pero volvimos a pasar de nuevo por Vallon-Pont d’Arc —esta vez camino de Mende—, un lugar que huele a canícula, verano y vacaciones, que no sé muy bien por qué motivo invita a recorrer sus carreteras a lomo de una bicicleta.

Y tras pasar por debajo del viaducto de Millau, llegamos a los Pirineos donde esperaba la traca final, el asalto a la fortaleza del Sky que nunca se consumó. Llegamos a Bagnères de-Luchon atravesando la cueva de Mas-d’Azil, un paraje impresionante que apareció por sorpresa tras un rápido viraje a izquierdas. Y al día siguiente, en el experimento de etapa de 65 kilómetros, era surrealista comprobar cómo desde el Alto de Peyragudes, te sentías capaz de tocar con la mano a los espectadores que esperaban en el Col de Val Louron-Azet, justo en la ladera opuesta del valle. Y qué decir del Col du Portet, esa extensión de la conocida subida a Saint-Lary- Soulan en la que Nairo Quintana sacó a relucir esa casta que ha recibido de la madre naturaleza. Una subida impropia de los Pirineos, por pendientes y longitud, que supone un gran descubrimiento para ediciones futuras.

Y quedaron para el final la etapa reina de los Pirineos, con el omnipresente Tourmalet, y el descubrimiento de Col de Bordéres justo antes del Soulor y la carretera excavada en el circo rocoso camino del Aubisque. La visión del mar de nubes en lo alto debió inspirar a Roglic en aquel descenso, porque fue algo grandioso. Y qué decir de la contrarreloj de Iparralde, un recorrido duro, técnico, revirado y precioso. Allí donde Thomas apuntaló el final, donde Froome volvió a pisar el podio, y donde Dumoulin demostró que tras ser segundo en el Giro y en el Tour, es el nuevo nombre del Tour para las próximas ediciones.

Así ha sido mi Tour, duro e intenso para los corredores, relajado y vibrante para mis invitados. Ahora es tan sólo el final, el principio de la vuelta a casa. Entonces, como dijo ayer Andy Schleck, al cruzar la meta de París comenzaba el trabajo para el Tour del año siguiente. Justo allí, casi sin tiempo de disfrutar de lo que se acababa de conseguir.

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