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Gloria y fracaso

Ves un partido, una final del Mundial, un Francia-Croacia, sabiendo lo maravilloso y aterrador que es jugar algo así. Muchachos cuyas vidas quedarán marcadas para siempre

Belgíca recoge la medalla mientras los ingleses se lamentan.
Belgíca recoge la medalla mientras los ingleses se lamentan. REUTERS

La victoria sólo tiene un relato: cómo se conquistó. La derrota tiene infinitos relatos: todo lo que pudimos hacer para vencer y no hicimos. Los errores, las malas decisiones, la parálisis, el miedo, las limitaciones o la mala suerte. Todas esas novelas. La victoria no dice casi nada del héroe mientras que la derrota dice casi todo de nosotros. Acaba un partido y los vencedores son poseídos por dioses locos, la euforia, el desenfreno mientras que el equipo rival cae fulminado sobre el césped, cáscaras vacías, miradas al infinito, como figuras de barro a los que se les hubiera privado del aliento vital. El vencedor no aprende nada de la victoria y casi nada de sí mismo. Al perder aprendemos tanto que duele. Cosas como que no basta con querer algo para conseguirlo. Que no hay justicia en donde no hay civilización —la vida, el amor, morirse—. Que, si quieres tener alguna posibilidad de ganar, Dios es opinable pero no la fe.

Al acabar el partido quizás nuestro equipo haya vencido y nos dejemos llevar por la orgía. Gritamos, gesticulamos, nos vanagloriamos, rezamos o nos burlamos. Enseguida reparamos en él: el adversario al que odiábamos, al que queríamos ganar casi de cualquier manera, al que no soportabas ni imaginar en esa, tu victoria. Le ves y te ves. Te compadeces. Le entiendes. Te apiadas. Y hasta es posible que te gustaría que no hubiera perdido, no haberle inoculado tú esa tristeza, no ser tú la causa de su desdicha. Querer que ganara Croacia pero al ganar desear de inmediato que, a continuación, ganara Inglaterra. Que al perder el buen juego de Bélgica se volviera a empezar y que fueron ellos los que ganaran a Francia.

El deporte, el fútbol, te regala el éxtasis loco de ganar pero lo importante es que te enseña a perder y a hacernos a la idea de que estamos capacitados para desear pero no sabemos qué hacer cuando tenemos lo que deseamos salvo enloquecer y añorar el deseo. La derrota nos permite imaginar cómo serían todas las otras posibilidades que no elegimos y por eso ahí están las mil y una noches de nuestras vidas, los caminos que erramos, los sitios en los que no debimos quedarnos y las casas de las que no debimos marchar. La derrota es humana porque el partido final siempre lo perdemos. La victoria es heroica, divina, cruel al ser increíble. Soñamos que es mentira, que nos han engañado, que nos la quitan.

Ves un partido, una final del Mundial, un Francia-Croacia, sabiendo lo maravilloso y aterrador que es jugar algo así. Muchachos cuyas vidas quedarán marcadas para siempre. La gloria y el fracaso. Ser alguien distinto de los demás o ser uno más, indistinguible. Un Mundial éste que se ha burlado de los tramposos, que ha enterrado a héroes avejentados, que ha instaurado la victoria de lo mestizo y la bella rutina de motores, atletas y turbinas.

La final del Mundial, ese último partido, siempre adolece de una carga aplastante de melancolía. Los humanos futboleros nos contamos a nosotros mismos en tramos de ligas, finales y periodos de cuatro años hacia la muerte. La lección es que perder o ganar no deja de ser cosa de suerte. Para lo que se necesita coraje es para vivir y jugar.

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