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Una pillería (afortunada) de Luis Suárez y nada más

Uruguay se clasifica para los octavos tras derrotar a una tierna Arabia Saudí, en un partido sin emoción

Suárez marca el primer gol de Uruguay.
Suárez marca el primer gol de Uruguay. AP

Uruguay sumó su segunda victoria en el Mundial, ante Arabia Saudí, y selló su pase a los octavos con uno de los partidos menos memorables del campeonato.

Uruguay

4-4-2 (D.P.)

Óscar Tabárez

1

Muslera

2

Giménez

22

Martín Cáceres

3

Godín

4

Guillermo Varela

7

Cambio Sale Diego Laxalt

Cebolla Rodríguez

6

Rodrigo Bentancur

15

Cambio Sale Lucas Torreira

Matias Vecino

5

Cambio Sale Nahitan Nández

Carlos Sánchez

21

Cavani

9

1 goles Gol

Luis Suárez

22

Mohammed Alowais

4

Ali Albulayhi

13

Al-Shahrani

6

Mohammed Alburayk

3

Hawsawi

9

Cambio Sale Mohammed Kanno

Hattan Bahebri

18

Salem Al Dawsari

17

Cambio Sale Al-Mogahwi

Taiseer Al Jassam

14

Abdullah Ateef

7

Salman Al-Faraj

19

Cambio Sale Mohammed Al Sahlawi

Fahad Al-Muwallad

Arabia Saudí

4-2-3-1

Juan Antonio Pizzi

Lo logró con un ritmo cansino, inferior al de cualquier partidillo de entrenamiento, y a partir de un solitario gol de Luis Suárez, con el que se convierte en el único futbolista uruguayo en marcar en tres Mundiales (seis tantos en total). Llegó no en una jugada elaborada o tras un duelo vibrante, sino porque Al Owais, el portero saudí —una de las novedades de Pizzi—, cometió un error grosero con una salida en falso en un córner, que el azulgrana cazó de primeras en el segundo palo. La Celeste cumplió con el guion establecido, eso sí, su interpretación rozó el pragmatismo más gris, emocionante al lado de cualquier trámite burocrático lleno de papeles.

No tiene el equipo que dirige el eterno Tabárez vocación de león, pero la dimensión de sus dientes (Cavani y Suárez suman juntos 71 goles esta temporada, más que ninguna otra pareja en el campeonato) le obligan a morder por contrato, mucho más si tiene enfrente a la presa más tierna del torneo.

Solo Suárez, en su partido 100 con Uruguay, inquietó a la defensa de Arabia Saudí, un equipo que en el primer cuarto de hora demostró un orden táctico desconocido, e incluso por momentos una capacidad para asociarse en corto y con velocidad mucho mayor que la de Uruguay. Con Carlos Sánchez y el Cebolla Rodríguez en las bandas, una de las novedades, todo el peso creativo recayó de nuevo sobre Vecino y Betancur. El segundo, tan técnico, tan elegante y tan lento, convirtió cualquier amago de revolución en un paseo relajado. Todo con mucho gusto, eso sí.

No había forma de mantener conectados a Suárez y Cavani con el juego, de ahí que el nudo creciera en volumen y aislase a sus dos máximas referencias. Tuvo que bajar hasta su campo Cavani para sentir el balón en las botas, y cuando lo logró en territorio rival tampoco demostró que de ellas salgan bocados con la facilidad que se le presupone. Lo más provechoso que hizo el delantero celeste fue colocarle un centro perfecto a Sánchez que este envió fuera con un remate de cabeza ortopédico.

Que a Arabia Saudí se le atraganta el gol resulta evidente cuando sus jugadores se sienten en la obligación de disparar. Solo Al Faraj, con un zurdazo que se marchó por poco, obligó a Muslera a abandonar este estado zen en el que se encontraba ante tanta pasividad. Pero en lo demás, en tocar el balón a partir de los medios —cinco esta vez— y en moverlo con cierto criterio de un lado al otro sí que demostró buenas maneras. Al menos hasta que cualquier entrega requería de un desplazamiento lejano, materia que suspendían sistemáticamente todos sus futbolistas.

Mucho más fiables los uruguayos, no especialmente artísticos pero sí eficaces, con el paso del tiempo y el pesar de las múltiples carreras de los saudíes, llegaron con mayor cotidianeidad al área de Al Owais. No convirtieron ese acercamiento en un bombardeo ni nada que se le pareciera, pero sí le escondieron el balón lo suficiente como para que el desánimo cundiera en el equipo de Pizzi.

Defensa firme

Solo cuando las fuerzas le fallaron, Arabia Saudí asumió su eliminación. A pesar de que todos sus futbolistas se entregaron hasta la extenuación —Al Muwallad lo intentó todo ante Giménez y Godín pero no encontró ni el mínimo premio a su insistencia—, su incapacidad para concretar el juego le convirtió en un azucarillo dentro de un mar gigantesco.

Demuestra Uruguay una confianza enorme en su defensa, una especie de barrera arquitectónica sobre la que se sostiene todo lo demás. Tiene fuerza arriba y atrás, pero es liviana en el centro del campo y esa fragilidad creativa resulta un factor bien visible para cualquiera de sus adversarios.

Si pretendió agarrarse a su superioridad técnica, Uruguay fracasó. Si lo que quiso fue desinflar a Arabia Saudí a partir del tedio, lo logró sobradamente. Las victorias por la mínima, como la que obtuvo también en su debut ante Egipto, ofrecen un enorme premio, pero evidencian multitud de condicionantes. No le han resultado un problema hasta el momento al equipo de Tabárez, pero bien haría en revisar los detalles que refleja su actual hoja de ruta.

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