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Celebración

Hay festejos de un gol de los que no se sale nunca

Mijatovic marca ante la Juventus en 1998.
Mijatovic marca ante la Juventus en 1998.

De los goles más importantes de mi vida, que siempre marcaron otros, guardo el recuerdo de la gente con la que me abracé hasta perder el sentido. Un señor gordito y calvo, sudoroso, al que agarré su cabeza de bombilla cuando Roberto Carlos marcó el tercer gol contra el Recreativo de Huelva en aquella liga de Capello que perdimos más veces de las que la ganamos, aunque cuando la ganamos fue de verdad; la tuve tanto tiempo entre los brazos, mientras gritaba, que cuando terminé de celebrar se zafó como pudo encarnado como un tomate, pues lo había dejado sin respiración un minuto y medio. Luego resultó que no era del Madrid, que sólo quería ir a la barra a pagar la cuenta porque el bar se estaba poniendo imposible.

También fue con un gol, el de Suker en el primer clásico de la Liga de las Estrellas (96-97), cuando me abracé a ciegas con todo aquel que se puso por delante en el bar Lepanto hasta fundirme en un cuerpo grueso y acogedor, en el que me quedé a vivir un buen rato hasta que me separé de él lo suficiente para comprobar que era un malote del instituto que me la tenía jurada por sabe Dios qué razón, como si la necesitase. El Madrid nos unió para siempre; con el segundo gol, de Mijatovic, nos llegamos a buscar con la mirada pero había mucha gente en medio. Ahora que se cumplen 20 años de otro gol de Mijatovic, el de la Séptima, intento recordar en qué bar y en qué brazos me perdí, pero la realidad es tozuda: estaba en casa, en zapatillas, rodeado de radios a todo volumen y postales de jugadores; si me pilla Cárdenas no salgo de ésa.

En su maravilloso Alienación Indebida (no me resisto a ser el primero en escribir bien el título de ese libro), Rafa Cabeleira cuenta cómo la celebración de un gol lo encarriló bajo amenaza al madridismo. Fue cuando su abuelo echó del bar a su propio cuñado por cantar un gol de Calderé con demasiado entusiasmo, y al día siguiente en misa de ocho, el cura de Campelo, su pueblo, alabó públicamente su rectitud y cargó contra el barcelonista por agitador. Cabeleira esperó a que muriese su abuelo para hacerse del Barça y empezar una carrera que, como le dijo Tallón en la presentación, empezó por el final: a los 40 años en EL PAÍS. “A ver si con trabajo y esfuerzo consigue llegar al principio”.

De celebrar un gol no se sale nunca. Lo que no sabía es que un mismo gol puede hacerte de un equipo y su eterno rival a la vez. Claro que había que conocer a Calderé.

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