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Una historia de amor

Gyula Grosics no pudo jugar en el Ferencvarós, el club del que siempre fue hincha, hasta poco antes de morir

Grosics, en 2003 en Budapest.
Grosics, en 2003 en Budapest.

En marzo de 2008 el Ferencvarós húngaro disputó un partido amistoso con el Sheffield United. En la alineación titular jugó el portero Gyula Grosics, de 82 años. Pelo abundante, blanquísimo y buena forma física, si bien no llegó a ver peligrar su portería porque a los 35 segundos de partido fue sustituido. Las gradas llenas del estadio casi se caen con la ovación que se llevó Grosics, el legendario guardameta de la Hungría de los años 50, una de las mejores selecciones de la historia. En su homenaje, el Ferencvarós retiró para siempre el número 1 de su camiseta. Algo absolutamente prodigioso, porque la carrera de Grosics en el Ferencvarós se limitó a esos 35 segundos de un partido amistoso, cuando era un anciano.

Su historia aparece en algún momento de un libro de Daniel Entrialgo, Puskas, que Espasa publica dentro de un mes y del cual no voy a decir nada porque aún me tiemblan las piernas: es un libro que no se lee, se sueña. Pero ya en la muerte de Grosics, en 2014, sus obituarios recordaron su fantástica historia con Ferencvarós, el club en el que nunca pudo jugar hasta poco antes de morir; una de las mejores historias de amor del fútbol. Fue el equipo de la infancia de Grosics, el club del que siempre fue hincha. Pero el régimen comunista jamás le permitió jugar en él: los soviéticos no veían con buenos ojos que en el tradicional equipo de los nacionalistas húngaros jugase una leyenda del fútbol magiar como Grosics; la combinación era explosiva para un pueblo que pretendía su emancipación de la URSS. Así fue cómo a Grosics, que fue de los pocos que no desertaron de Hungría cuando se produjo la invasión soviética, y que soportó castigos de la dictadura como tener que jugar en Segunda, le robaron su sueño de la infancia. Después de jugar tres Mundiales (subcampeón en Suiza), ser mejor portero del mundo y campeón olímpico en Helsinki 52.

"Fue el primer guardameta que adelantó su posición para ejercer de algo parecido al líbero y ayudar a sus defensas en los lanzamientos en largo o darles una alternativa en la circulación de la pelota", escribió Juan Carlos Álvarez en Faro de Vigo. También representó un anhelo y un conflicto tabú en el fútbol: qué se hace cuando eres profesional y nunca puedes jugar en tu equipo favorito. Los niños madridistas que terminaron poniéndose la camiseta del Barça, los niños culés que se acabaron poniendo la camiseta del Madrid. O la frustración mayor de Grosics, que pasó toda su vida de acto en acto con escudos y alfileres de corbata de Ferencvarós, el equipo en el que hizo algo aún más importante que jugar en él: no olvidarlo nunca, llevarlo siempre adonde estuviera. No quedaba nadie vivo de su generación irrepetible cuando jugó aquellos 35 segundos, sólo Buzanski. Ya están muertos.

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