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Ronaldinho: con él empezó todo

Se despide el futbolista que engrandeció al Barça convirtiendo cada partido en una sesión de hechicería

Ronaldinho celebra un gol frente al Deportivo en diciembre de 2007.
Ronaldinho celebra un gol frente al Deportivo en diciembre de 2007. EL PAÍS

Hubo un tiempo en el que el Barça vivía momentos aterradores, sin rascar un título de relumbrón. Eran tiempos de Reiziger, Rochemback o Saviola, aunque también de un joven Xavi, Kluivert o Riquelme. Hubo un tiempo en el que la directiva, presidida, y aún hoy suena a coña, por Joan Gaspart, decidió prescindir de su técnico, Louis van Gaal, quien, hundido, abrió mucho los ojos, arrugó la nariz y frunció el ceño al saberse despedido tras disputarse la primera vuelta. Hubo un tiempo, temporada 2002-2003, en el que la Liga finalizaba con el Barça sexto, a 22 puntos del campeón, el Madrid de, entre otros, Zidane, Figo, Raúl y Ronaldo. Hubo un tiempo en el que al Barça le eliminaba de la Copa en la primera ronda el Novelda, de Segunda B. Hubo un tiempo, hace 15 años, en el que el Barça era, además de más que un club, un club más. Hubo un tiempo, en fin, en el que el Barça estuvo a punto de saltar por los aires, aunque a los más jóvenes del lugar les cueste creerlo.

Pero hubo un tiempo en el que al club azulgrana llegó un presidente nuevo, Joan Laporta. Y un entrenador nuevo, Frank Rijkaard (que existió, palabra). Laporta arrasó en las elecciones y, más chulo que un ocho, quiso poner la guinda a su proyecto con el fichaje de Beckham. Sin embargo, Florentino Pérez le ganó por la mano, lo que a la larga resultó nefasto para el Madrid. Laporta picó más abajo y, a cambio de 27 millones de euros (que es lo que cuesta hoy la comisión de fichaje de un primo lejano y analfabeto de cualquier mindundi), vistió de azulgrana a un brasileño procedente del PSG y campeón del mundo en 2002, que jugaba al fútbol ataviado con camiseta, pantalón, botas, una cinta en el pelo y una sonrisa descomunal. Y el 3 de septiembre de 2003, en un Barça-Sevilla que comenzó a la hora de las brujas, aquel individuo llamado Ronaldinho Gaucho recogió un pase de su portero, cruzó el centro del campo, regateó a cuanto rival intentó frenarle y desde fuera del área lanzó un disparo que no fue tal, que fue una revelación, con los presentes en el Camp Nou echándose las manos a la cabeza e implorando a su vecino de butaca algo así como no digas que fue un sueño.

A partir de ese momento el Barça sufrió una sacudida. Y no porque los resultados acompañaran, pues el equipo quedó segundo en la Liga y fue despedido de la Copa de la UEFA por el Celtic. Ocurrió que el espíritu perdedor y llorón que con tan poco esfuerzo había logrado resucitar Gaspart regresó a sus cuarteles de invierno y una ilusión contagiosa invadió el Camp Nou, donde la parroquia acudía en masa a contemplar en directo aquella impagable sesión de hechicería en la que Ronaldinho transformaba cada partido, convertido el balón en una chistera de la que el chico de la eterna sonrisa sacaba obras de arte.

Ronaldinho dio un meneo al Barça cuyas consecuencias aún disfruta el club. En la siguiente temporada el equipo ganó la Liga, tras seis años sin olerla, y el éxito absoluto llegó en la 2005-2006, donde al título doméstico le acompañó la Champions, el torneo maldito, 14 años después del gol de Koeman. Aquella temporada, su exhibición de talento en el Bernabéu (0-3 con dos goles suyos) empujó al público de la casa blanca a despedirle con una ovación mezcla de admiración y dolor. Pero la vida de Ronaldinho como jugador azulgrana fue corta, cinco años. Ya en aquellos éxitos, un imberbe Messi, a quien precisamente dio el pase del primero de sus 532 goles con el Barça, derribaba la puerta a golpe de exhibiciones. Ronaldinho, que era una juerga sobre el césped, también lo era fuera de él, a poder ser de noche. Llegó Guardiola al banquillo y borró su nombre de la lista de elegidos. Lo que vino después es de sobra conocido. El Barça vivió la mejor época de su historia y Ronaldinho vagó aquí y allá. Hasta la semana pasada, cuando decidió colgar las botas y la chistera con la mejor de sus sonrisas.

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