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La delgada línea blanca

La diferencia entre el triunfo y el fracaso depende más de lo que queremos creer de los goles marcados o no marcados en los que la suerte es el factor determinante

Frank de Boer, al final de su último partido como entrenador del Crystal Palace.
Frank de Boer, al final de su último partido como entrenador del Crystal Palace. AFP

“La vida es lo que nos pasa mientras hacemos otros planes.” Allen Saunders, escritor estadounidense.

Esta es la parábola de dos centrales, uno muy bueno, el otro bastante mediocre. El bueno jugó 112 veces para la selección holandesa. El mediocre no sería convocado ni para la selección de Inglaterra. El mediocre acaba de destrozar al bueno.

Ocurrió el domingo pasado en un partido de la Premier League entre el Burnley y el Crystal Palace. Faltaban 90 segundos para que se cumplieran los 90 minutos y el Palace, último en la tabla, perdía por 1 a 0. Un centro suave flotó teledirigido hacia la cabeza de Scott Dann, altísimo defensa central del Palace.

Estaba solo a dos metros de la portería, el portero rival estaba mal colocado. Mi abuela lo hubiera metido. Dann, que suele ir bien de cabeza aunque se hace un lío con los pies, lo hubiera metido 99 veces de 100. Pero esta vez no. La pelota salió fuera y el Palace perdió el cuarto de los cuatro partidos de la Premier que ha disputado esta temporada.

Cuatro partidos fueron los que duró el entrenador holandés del Palace en su cargo. Como consecuencia directa del fallo de Dann, Frank de Boer fue despedido. Si el Palace hubiera empatado aquel partido, De Boer, ilustre central en su día del Barcelona, seguiría donde estaba. Contratado en junio ante el regocijo de la afición, De Boer está en la calle, su reputación como entrenador, en ruinas.

Lo mismo le podría haber pasado hace tres años a Mauricio Pochettino tras su décimo partido como entrenador del Tottenham, pero en este caso la suerte le sonrió. Como él mismo reconoció en una rueda de prensa el viernes, el Tottenham se acercaba en aquel momento a la zona de descenso y si no hubiera sido por un gol absurdamente afortunado en tiempo adicional, desviado a la red por un jugador rival, seguramente lo hubieran echado.

Adorado hoy por los fans del Tottenham y admirado por el mundo del fútbol inglés en general, el argentino volvió a agrandar su leyenda esta semana, pero una vez más por razones que poco tuvieron que ver con él. Fue en un partido entre el Tottenham y el Borussia Dortmund, dos equipos en el grupo del Real Madrid en la fase inicial de la Champions.

El Tottenham ganaba 2 a 1 cuando al Dortmund le anularon un gol por un fuera de juego que clarísimamente no lo fue. A lo largo de casi todo el partido el Dortmund tuvo el control del balón —y eso que acababa de vender al que había sido su mejor jugador, Ousmane Dembélé, al Barcelona—. (Por cierto, ¿cuántos jugadores llamados Dembélé hay hoy en las ligas europeas? ¿Se habrá equivocado de Dembélé el Barça?)

Pero volviendo al partido, tras evitar fortuitamente el gol del empate del Dortmund, el Tottenham acabó ganando por 3 a 1. Con lo cual los expertos ingleses, por lamentable necesidad histórica más proclives al autoengaño que otros, se apresuraron a celebrar la brillantez de Pochettino y la superioridad del Tottenham sobre el equipo alemán cuando tan fácilmente, por ejemplo si el juez de línea hubiera estado medio despierto, podrían haber acabado opinando exactamente lo contrario.

Hoy, mañana, en una semana, los resultados cambiarán y los análisis y los pronósticos, menos fiables que los de los economistas, también. Vean el caso de Manuel Pellegrini, hoy entrenando en China, que en la temporada 2009-10 quedó segundo en la liga española con el Real Madrid tras sumar un récord de 96 puntos. La diferencia entre el triunfo y el fracaso de Pellegrini, como la de cualquier entrenador, es más fina que una delgada línea blanca. Depende mucho más de lo que queremos creer, por la necesidad primaria que tenemos de atribuirle poderes mágicos a nuestros líderes, de aquella mitad de los goles marcados o no marcados en los que la suerte es el factor determinante, de las inevitablemente imperfectas decisiones arbitrales, de cosas que ocurren o no ocurren en milésimas de segundo por Dios sabrá qué razón.

Si Scott Dann hubiese metido aquel gol cantado el domingo pasado, Frank De Boer seguiría hoy en el Palace y quizá hubiese acabado teniendo una trayectoria similar a la de Pochettino en el Tottenham. Ahora el pobre puede que no tenga más remedio que unirse a las legiones de opinadores en la radio o en la televisión. O, mayor humillación aún, escribir una columna como esta.

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