Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Los empates pasajeros

Son una forma de empezar sin sustos. Los inicios exultantes, llenos de goles, a veces llevan a la melancolía

Simeone, el sábado en Valencia.
Simeone, el sábado en Valencia. EFE

Los empates se envuelven en un aire de suave catástrofe que recuerda al día que a uno se le muere un grillo, y tendría que estar triste, pero no sabe cómo. Cuando escampa, siempre queda un factor de consuelo: el mísero punto, casi decorativo. Mi abuela se puso un día a freír pimientos para 20 personas sin campana extractora de gases, que olvidó conectar. Después de una hora friendo salvajemente, se fijó en la jaula de los canarios, que el idiota de mi primo, según dije después para no admitir que fui yo, había dejado en la cocina. Los canarios estaban tan muertos, y con las patas hacia arriba, como despidiéndose, tan graciosos, que a la abuela le entró un triste ataque de risa. Fue uno de esos días en los que cocinar se volvía algo maravilloso porque había peligro de por medio. Ella se pasó la comida diciendo “Ay, que los maté con los pimientos”, que los comensales encontramos buenísimos, mientras le decíamos que no era para tanto. En eso, creo yo, consiste en esencia un empate como los dos que han firmado Madrid y Atlético en sus tres primeros partidos de Liga: una desgracia que no es para tanto, pasajera.

En defensa de los empates pasajeros, cuando ni siquiera hemos abandonado el verano, siempre se podrá decir que son una forma de empezar sin sustos, y que los inicios exultantes, llenos de goles, a veces conducen a la melancolía, porque un final raramente podrá estar a la altura de un comienzo perfecto. El empate no paraliza, simplemente levanta un bisbiseo que, más allá del molesto ruido, no interfiere en la templanza. Con la cabeza fría, más difícil de mantener tras una derrota, cualquier echa cuentas y concluye que dos empates son cuatro puntos perdidos, que vienen muy bien para rebajar tontas euforias. Hay que tener cuidado con hacer las cosas bien. En su última etapa, Julio Camba amenazaba a Luis Calvo, director de ABC, con dejar de escribir columnas porque “la gente me llama por teléfono para felicitarme y me despierta”.

En el empate, cuando acaba el partido, el ánimo del aficionado decae tenuemente, hasta que se fija en el reloj, y se dice que no va a estar todo el día así, alicaído. Por suerte para él, solo han transcurrido dos minutos desde que el árbitro pitó el final, así que recoge el punto del empate —y algo de dinero— y se va a celebrar que no hay nada que celebrar. Pero tal vez no le guste tomarse la vida a la ligera. Fue el caso de un amigo madridista que al consumarse el segundo empate en el Bernabéu proclamó en Twitter que había que admitir “la cruda verdad”, es decir, que se había acabado la temporada y que ahora tocaba “centrarse en ganar la Champions de 2019”. Después de eso, todo sucedió como en los mejores funerales de la juventud, cuando los amigos nos mirábamos con fijeza para ver quién de todos se mantenía más tiempo circunspecto, imitando al muerto, hasta que aquella seriedad impostada se rompía en una risa convulsa en mitad de la iglesia.