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El Tour: parece magia

En un mundo en el que todo se parece demasiado a todo, sabes que la prueba francesa siempre será diferente

Tour de Francia
El pelotón, durante la segunda etapa del Tour de Francia. AFP

El Tour equivale a un cambio de aires, o si se quiere, de manías. Te introduce en una bifurcación sin los latazos de la vida diaria. Enciendes la televisión después de comer y es como limpiar la mesa con un gesto brusco, arrojándolo todo a la alfombra. El mundo pasa a un segundo plano; o al suelo. Harto de la dirección que ha seguido el año, comienza la carrera y al fin te desentiendes de lo que no sea aquello que ocurre entre las tres y las cinco y media de la tarde, cuando la vida flota. No te interesa nada más, ni siquiera tus asuntos. Chasqueas un par de veces los dedos pulgar y corazón y apartas de tu vista los temas pendientes. Después te arrojas al sofá diciendo en voz alta, a un secretario que algún día te gustaría tener, que no te pase llamadas, por favor; tienes lío.

La prueba francesa impone su propio orden, y te adaptas encantado. Ahora sí notas la sensación de que empieza el verano en serio, se acabaron los ensayos, y las dudas de si a estas alturas ya puedes entrar al ascensor con las gafas de sol puestas, sin que piensen que eres un fantasma, o debes esperar a pisar la calle. Empezó el Tour y si lo deseas puedes comer, dormir o follar con tus Wayfarer. Parece magia, pero de verdad, como la que hacía aquel mago argentino que no necesitaba adiestrase en laboriosos preparativos, ni usar complejas máquinas para engañar al espectador, sino que hacía magia con espontaneidad, simplemente suspendiendo las leyes del mundo físico, que es lo más sencillo.

El Tour es algo firme. No lo agarras y te quedas con él en la mano, como un paraguas roto, a merced de un día vacío. El Tour no se fabrica en China. Existen tardes que se vuelven especiales sin hacer ni tocar nada, sólo mirando a esa gente subir una montaña o sorprender al maillot amarillo en un llano anodino, como cuando Roger Wolfe aseguraba que en todas partes hay poemas, y “muchas veces los mejores son los que dejas donde están”. Tratamos con un paisaje que nunca se borra, fruto de vivir en círculo. Cada año llega julio y él siempre sigue ahí, aunque cambien los puertos, los maillots, los pódiums, o aparezca un listo nuevo que lo sabe todo de ciclismo. El Tour está en su sitio, como cada año la película de Woody Allen o Amélie Nothomb con su novela en Anagrama.

En un mundo en el que todo se parece demasiado a todo, sabes que el Tour siempre será diferente, sólo igual al Tour, y ante su retransmisión te persuades de que el verano durará toda la vida. La idea de que la vuelta a Francia finalice te resulta una temeridad. Pensarlo es un acto vandálico. No importa si no te gusta demasiado el ciclismo. “No quiero que abandones las matemáticas el año que viene —le escribía por carta Scott Fitzgerald a su hija—. Yo aprendía cosas sobre la escritura haciendo algo que no me gustaba nada”. Además, qué tendrán que ver a estas alturas el Tour y el ciclismo. A mucha gente le aburre el ciclismo, y sin embargo se sienta a ver el Tour, porque le encanta. ¿Qué es lo que no se entiende?

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