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El fin del fútbol

Ahora ni siquiera los jugadores, cuando se retiran, consiguen sustraerse a la fuerza de atracción del fútbol de una vez y para siempre, y a menudo mutan en entrenadores o comentaristas

Los primeros asientos colocados en el nuevo estadio Wanda Metropolitano, del Atlético de Madrid.
Los primeros asientos colocados en el nuevo estadio Wanda Metropolitano, del Atlético de Madrid. EFE

Seguramente existió un tiempo en el que podías percibir la ausencia total del fútbol cuando acababa la Liga. La temporada, al terminar, incurría en un silencio que se iba llenando de distracciones. Las hinchadas se desinflaban a propósito, tristes y alegres. Bien podía ser que sin partidos el deporte no existiese temporalmente, al contrario que ahora, cuando el fútbol siempre continúa por otros medios. El negocio depende de que se genere la ficción de que a cada minuto pase algo, haya o no competiciones en juego. Cualquier cosa antes que el vacío.

Acaso hubo una época en la que al concluir la temporada de pronto descubrías una realidad nueva, sin previas, retransmisiones, crónicas, tertulias, columnas. Aquellos días adquirían a la fuerza otra sonoridad. Quizá pasase como en Hasta que llegó su hora, de Sergio Leone, cuando al comienzo de la película, en una remota estación de tren, se impone un silencio tan antiguo y lento que el espectador escucha el viento, un molino que chirría, una tiza en una pizarra, una verja que se abre, un telégrafo, una india que barre el suelo, una mosca, tres hombres esperando.

El fin de la Liga convertía el fútbol en un asunto del pasado; como mucho del futuro. En el presente se abría un hueco que permitía el paso de experiencias hasta entonces difuminadas por el huracán que levantaban meses y meses de competición. Aunque es difícil recordar aquel tiempo y en qué se iban los minutos y el espacio libres que quedaban al acabar la temporada en la prensa y las conversaciones. Hace ya mucho que el fútbol nunca termina. Abre todos los días del año. No hay interrupciones, solo variaciones; vivimos en un 'durante' perpetuo. Al barullo, los nervios, la ofuscación, los rumores, los entusiasmos o los pesares no los suceden sus antónimos cuando las competiciones cesan, sino sus sinónimos. Si piensas en toda esa gente que vive ajena al fútbol, indiferente a su estruendo incesante, algunos días es imposible no envidiarla. La ignorancia también provee, como en aquella viñeta de Castelao en la que un paisano anunciaba que iban a subir los sellos de las cartas, y otro, con habilidad para optimizar las malas noticias, replicaba: “Qué bien hicimos en no saber escribir”.

Ahora ni siquiera los jugadores, cuando se retiran, consiguen sustraerse a la fuerza de atracción del fútbol de una vez y para siempre, y a menudo mutan en entrenadores o comentaristas, incluso en algo menos erudito, al estilo del protagonista de Aquella edad inolvidable, de Ramiro Pinilla. La novela cuenta la vida de Souto Menaya, 'Botas', que pasó de albañil a jugador del Athletic de Bilbao, donde vivió su momento de gloria marcando el gol de la victoria en una final de Copa del Rey contra el Madrid, posiblemente con la mano. Poco después sufrió una lesión que lo dejó cojo, casi inválido. Obligado a trabajar sentado, aceptó un tristísimo empleo como ensobrador de cromos de futbolistas. En una mueca del destino, casi de humor negro, a veces se encontraba con el suyo.

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