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El virus más contagioso del mundo

Un viaje de cuatro días a Ruanda, parecía una buena oportunidad para desintoxicarme. Pues no. Imposible huir del fútbol en este mundo

Niños jugando en Libreville (Gabón).
Niños jugando en Libreville (Gabón). Getty

“El fútbol: ¡joder!” Alex Ferguson

Con tanta histeria ante el desenlace de las ligas y las finales de las competiciones europeas un viaje de cuatro días a Ruanda, en el centro geográfico de África, parecía una buena oportunidad para desintoxicarme. Pues no. Imposible huir del fútbol en este mundo.

Llego del aeropuerto al centro de Kigali, la capital ruandesa, y veo carteles por todos lados anunciando la final de la Champions y la cerveza Heineken. El protagonista, José Mourinho, observando una ciudad desde un rascacielos de noche, como si fuera Batman o el Conde Drácula.

Entro en mi hotel y, sentado en un sillón, un señor de unos 40 años, evidentemente, un ruandés, luciendo una camiseta del Arsenal. Incapaz de resistir la tentación, le pregunto si cree que Arsène Wenger seguirá como entrenador de su equipo la temporada que viene. Sacude la cabeza en un gesto de desesperación y me explica por qué sospecha que sí. “Es que ese americano, Stan Kroenkeo, el que tiene la mayoría de las acciones del club: no le interesa cómo nos va con tal de que siga ganando dinero...”.

Por enésima vez constato que vaya por donde uno vaya en África la gente no solo sabe los nombres de todos los jugadores de sus equipos favoritos europeos, no solo están al tanto de todo el cotilleo que les rodea, sino que están enterados de lo que está pasando dentro de las propias directivas. Este señor, que era un médico, me empezó a hablar acto seguido del otro accionista del Arsenal, el ruso Alisher Usmanov, pero solo para acabar concluyendo, con un suspiro, que el caducadísimo Wenger era el sumo pontífice del Arsenal. Él solo decidiría cuándo se iba, igual que un papa.

Un viaje de cuatro días a Ruanda, parecía una buena oportunidad para desintoxicarme del fútbol. Pues no"

Me despido del fan ruandés del Arsenal, subo a mi habitación, pongo el televisor y ¿qué están pasando? El Manchester United de Mourinho (¿qué hacía en un anuncio para la final de la Champions…?) y el Celta de Vigo. Era la semifinal de la Europa League. El Celta jugaba a un nivel a años luz del United, tuvo el 67 por ciento de la posesión pese a que jugaban en Manchester, pero fue el equipo inglés el que pasó a la final. Con los equipos de Mourinho nada nuevo bajo el sol, ni el de aquí en el ecuador.

La noche siguiente, la del viernes, veo el partido entre el Chelsea y West Bromwich Albion en un bar aquí en Kigali. Si el Chelsea gana se proclama campeón de la Premier League. El Chelsea gana y un camarero, que hacía más de hora y media que no servía un trago, celebraba con casi tanta furia como Antonio Conte, el efervescente entrenador del equipo londinense.

Salgo el sábado de madrugada en coche hacia las montañas del noroeste de Ruanda. Dos horas de carretera y me toca un conductor que es del Real Madrid. ¿Bale o Isco? ¿Isco o Bale? ¿Cuál de los dos iba a jugar de titular en la final de la Champions, el galés o el español?

El tipo, que tenía unos 35 años, estaba tan enterado de los entresijos de la cuestión como si leyera el diario As todos los días. “Sí, claro”, me decía, “el Madrid juega mejor con Isco y un 4-4-2, domina más el centro del campo que con Bale y un 4-3-3. Pero por otro lado la final se juega en Cardiff, y Bale es galés… Y, por supuesto, es buenísimo, me encanta, y no olvidemos, además, el gol que marcó para ganarnos la final de la Champions contra el Atlético hace tres años. Ahora, eso sí, a mí me gusta más el Madrid cuando juega Isco, pero ya sabemos que Florentino Pérez está enamorado de Bale, y entonces, pues…”.

Y así estuvo el forofo ruandés del Madrid, blablablá, analizando el gran tema del día, desde todos los ángulos posibles, disponiendo de la misma información o más que el típico forofo madridista de nacimiento español.

Llegamos a nuestro destino, salgo a pasear por un pueblo muy pobre en las laderas de un volcán y, como casi siempre en África, se acercan montones de niños pequeños a saludar. Dos de ellos llevan el mismo chándal con la misma palabra escrita sobre el pecho: Messi.

Y así todo. No hay manera de escaparse del fútbol. Es el virus más tenaz de la tierra. Y qué afortunados que somos los que nos hemos contagiado irremediablemente de él.

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