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Muere Perico Fernández, excampeón mundial de boxeo

El referente del boxeo español, que ha fallecido a los 64 años en Zaragoza, padecía alzhéimer y diabetes

Perico Fernandez
Perico Fernández, cuando se proclamó campeón de España del peso welter, en 1983. G EFE

Perico Fernández, mítico boxeador en la década de los 70, ha muerto a los 63 años, olvidado por muchos que le adoraron. Sus últimos tiempos transcurrieron en un psiquiátrico de Zaragoza, la ciudad donde nació el 19 de octubre de 1952.

Su vida fue un folletín trágico con algunos destellos de gran esplendor. Conoció a fondo los bajos fondos. Su madre era una prostituta que, al nacer, lo abandonó en un hospicio zaragozano. Sufrió una infancia atroz pero sus fantásticas facultades para el boxeo le permitieron vivir días de gloria.

Sus años dorados fueron pocos pero muy intensos: en 1973 se proclamó campeón de España de los pesos superligeros, en julio de 1974 campeón de Europa al tumbar a Tony Ortiz y el 21 de septiembre de 1974 campeón del mundo ante Fukuyama en un combate heroico, en el que Perico Fernández aguantó varios asaltos con una costilla rota. A los 22 años, el 19 de abril de 1975, en su defensa de la corona mundial, logró su obra maestra: una pelea en la que dejó KO a Joao Enrique tras una exhibición de baile, clase y pegada. Era un boxeador con duende.

Hoy el boxeo es un deporte maldito pero entonces disfrutaba de una enorme presencia en la sociedad española. Los combates se retransmitían por TVE y Legrá, Urtain, Pedro Carrasco o Perico Fernández eran ídolos de masas, a los que Franco recibía en audiencia. Perico acumulaba, además, algunos rasgos que dispararon hacia él la simpatía de la gente. Era tartamudo y sólo dejaba de serlo cuando cantaba canciones como las que grabó con Tony Ronald; en las entrevistas resultaba muy gracioso e imprevisible y tenía ocurrencias geniales, que brillaban a menudo en los programas de José María García, Mercedes Milá, Isabel Tenaille, José María Iñigo o Pedro Ruiz.

Pero Perico Fernández también era un superdotado para decepcionar a sus millones de seguidores. El 15 de julio de 1975, en Bangkok, en una noche de calor espantoso, perdió el título mundial cuando, de manera súbita e incomprensible, abandonó en el octavo asalto frente a Muansuring. La excusa que repentizó forma parte de su leyenda: “la puta calor”. Nada volvió a ser lo mismo, aunque aún dio algunas alegrías: en 1976 ganó el campeonato de Europa de los ligeros y en 1983 el título nacional del peso Welter. En 1984 fracasó en su intento de volver a ser campeón de Europa y la cuesta abajo se precipitó. El 30 de agosto 1987, con 34 años, disputó su último combate.

Al colgar los guantes, cogió el pincel y se reveló como un pintor estimable. La venta de sus cuadros alivió algo sus apuros económicos. Como cabía esperar, era un manirroto de manual y fue engañado y exprimido por toda clase de desaprensivos. Tuvo dos hijas y tres hijos, de mujeres distintas, y, en un gesto muy suyo, a los tres chicos les llamó Pedro. Tras su retirada, el alcalde de Zaragoza, Triviño, le ofreció ser bedel del ayuntamiento. Perico Fernández lo rechazó: “Si quieren a un portero, que fichen a Zubizarreta”.

En 2011 se supo que vivía de la bondad de los desconocidos y de la caridad de algunos amigos, como el dueño de un burdel en el que le dejaba dormir. En 2012 se le rindió un homenaje en Zaragoza, al que acudieron Legrá, Ángel Nieto y José María García. Luego, el gobierno aragonés asumió su tutela. Ha acabado sus días como su madre, en un sanatorio mental. Ahora aumentará, aunque sea un poco, el valor de sus pinturas, reflejo de una extraña sensibilidad en alguien que había tocado fondo nada más nacer.

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