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Un 10.000m para acabar con todos los anteriores

La etíope Almaz Ayana bate por 14s un récord del mundo de 23 años en una final olímpica en la que las cuatro primeras bajan de 30m

Juegos Olímpicos de Río 2016 Almaz Ayana, tras ganar la carrera con récord del mundo.

Cuando Wang Junxia dejó el récord del mundo de los 10.000m en unos aún increíbles 29m 31,78s, Almaz Ayana no había cumplido aún dos años. Ocurrió en septiembre de 1993 en Pekín, y la marca de Junxia dio lugar a millones de habladurías, de rumores y de leyendas en torno a la figura de su tiránico entrenador, que fustigaba a sus atletas mientras fumaba sin parar y las alimentaba con sangre de tortuga. Con la marca, y quizás con las leyendas, acabó el viernes de una manera atronadora Ayana, nacida en noviembre de 1991 en una provincia de Etiopía vecina a Sudán y al valle del Nilo, lejana de la metrópolis, Addis Abeba. Lo hizo rebajándola en 14s (la dejó en 29m 17,45s) en la primera final olímpica del atletismo en el estadio de Engenhao, que se entrena a lo grande.Lo hizo en una carrera táctica, sin liebres, lo que aumenta su carácter extraordinario.

Fue una carrera tan alucinante que la keniana Vivian Cheruiyot, la segunda clasificada, a la que Ayana había dejado corriendo lejana a mitad de carrera y terminó a 15s, lejísimos, batió el récord de su país con la tercera mejor marca de la historia. La tercera, la campeona en Londres, Tirunesh Dibaba, un prodigio intocable hasta que se casó y fue madre, terminó en 29m 42,56s, la mejor marca de su vida a los 30 años. Y, sin embargo, Ayana le sacó casi media pista. Después de tirar de la Carrera durante los primeros 5.000m, la keniana Alice Nawowuna terminó cuarta, pero sus 29m 53,51s habrían sido hasta la fresca mañana de viernes en Río, la segunda mejor marca de todos los tiempos. Si no se hubiera anunciado antes el género de las participantes, podría haberse pensado perfectamente que se trataba de una carrera masculina.

En solo un año, Etiopía ha acabado con el rastro de Ma Junren, y su armada de atletas sospechosas, en los libros de récords de distancias olímpicas. El verano pasado, Genzebe Dibaba, la hermana pequeña de Tirunesh, ya acabó con el de 1.500m.

El récord de Río, alcanzado en la carrera de 10.000m que hará olvidar todos los 10.000m anteriores, certificó no solo la capacidad de Ayana en su sola segunda carrera en la distancia, sino también la teoría de que el negative split (una segunda mitad más rápida que la primera) puede con todo. Después de un primer 5.000 a tren, a ritmo de la espigada Nawowuna, de piernas interminables y finas en 14m46s, Ayana cambió el ritmo y la carrera explotó. Cada una de las contendientes corrió lo que pudo en soledad, adelantando trenes de rivales rezagadas que regaban la pista azul. Ninguna pudo alcanzar a Ayana, que corrió los segundos 5.000m en 14m 31s, la que habría sido la 17ª mejor marca de la historia en la distancia.

Como Kenenisa Bekele asumió la herencia de Haile Gebrselassie derrotándolo con respecto y timidez en los Juegos de Atenas, así se ha producido también el relevo en la cima de la larga distancia femenina también entre atletas etíopes. Ayana ya venció a Dibaba en su estreno en los 10.000m, a finales de junio en Holanda, y en Río aspira a reeditar el doblete 5.000m-10.000m que su antecesora consiguió en Pekín 2008.

La carnicería del 800

Río de Janeiro no es Londres, donde cuando llovía en los Juegos llovía de verdad y el público bailaba en las tribunas llenas a reventar desde bien temprano en las mañanas. En el estadio olímpico sin llama de Engenhao llueve tan fino que el agua parece filtrarse por las tribunas y empapa silenciosamente, como sin querer, los asientos donde poquito público asiste a la gran carnicería del atletismo, su prueba más salvaje. Son las primeras series de 800m: 56 atletas compiten, entre ellos tres españoles; solo 24 pasan, ninguno español. Eliminados todos como víctimas de una maldición.

Kevin López, la figura de la prueba en casa, llegó lesionado y bajo de forma. Terminó cojeando. Una fascitis plantar le ha fastidiado un año olímpico que en Londres, hace cuatro, se había prometido que sería grande. Llegó a Río soñando con un milagro, y sabiendo que no dejaba a nadie sin plaza. A los debutantes Álvaro de Arriba y Daniel Andújar les sobró timidez. Les faltó valentía en la fase caliente de la carrera, del 500 al 600, lo que lamentaron en la última recta, que encararon muy retrasados. Ambos la hicieron magnífica para terminar solo cuartos.

La mañana del 800m fue la del retorno de David Rudisha, el campeón de Londres en una carrera única en la que dejó el récord del mundo en 1m 40,91s. Después de unos años duros, de lesiones y bajas formas y de peleas con su entrenador, el atleta keniano se afirmó en la pista de Río con el mejor tiempo (1m45,10s) en unas series que se corrieron a gran velocidad. Destacaron también la fortaleza del norteamericano Boris Berian y del canadiense Brandon McBride, y la velocidad del yibutí Ayanleh Suleiman, que se entrena en Sabadell con Jama Aden. Musaeb Balla, otro de los atletas del sulfuroso técnico somalí detenido en una redada antidopaje de los Mossos d’Esquadra, estaba anunciado en las listas de salida, pero no corrió. A Balla le encontraron EPO en la habitación, y la IAAF ya había anunciado que no le dejaría participar.

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